Sexting vs. Pornovenganza

Hay temas de los cuales tenemos que hablar, y creo que no hay mejor momento que este. Abramos los ojos para poder mirar más ampliamente, por nuestra integridad y la de los demás.

Les voy a compartir una historia que no es fácil de contar.

Mis amigas y yo estábamos sentadas en la banca a la hora de la salida cuando él se acercó. Cuando vi que venía para hablar con nosotras me sentí muy nerviosa, a pesar de estudiar en una escuela mixta no tenía muchos amigos hombres.
Al principio la plática fue muy amena, todo parecía ir bien, hasta que casi de golpe surgió la amenaza. Él nos dijo que lo había estado pensando y nos planteó dos opciones, la primera era mandarle nudes de nosotras y nos prometía que nadie se iba a enterar. La segunda opción era que si decidíamos no mandarlas iba a decirles a todos que se las mandamos voluntariamente y divulgaría la historia por todas partes.
No podía creer lo que estaba pasando, me sentí atrapada. El miedo me congeló, no quería pensar en lo que dirían de mí, lo que los demás pensarían. Jamás me volverían a ver de la misma manera.
Al final todas le mandamos las fotos. Era peor que todos pensaran que lo hicimos a en realidad hacerlo sin que nadie lo sepa. A pesar de eso, no hay un día que no piense en ellas y en lo que podría pasar.

*Nota aclaratoria: esta historia está basada en un testimonio real, no es mía pero bien podría haber sido. Si es tuya, tranquila. No es tu culpa.

Vivimos en una sociedad construida con base en la confianza, todas las acciones que realizamos cotidianamente, consciente o inconscientemente implican un voto de confianza y un factor de riesgo. Confío en que voy a despertar por la mañana, confío en que camino al trabajo voy a estar segura y voy a llegar sin sufrir un accidente. Confío sin siquiera darme cuenta.

Si de esta manera estamos programados los individuos es de esperarse que toda relación de pareja implícitamente implique también cierto grado de confianza, independientemente de cómo cada uno elige ejercerla y los acuerdos a los que ésta pueda estar sujeta. Actualmente, con el incremento del uso de la tecnología dentro de las relaciones interpersonales, se comienzan a dar nuevas maneras de interactuar.

El sexting es una actividad erótica común entre parejas, en la cual las personas intercambian comentarios y, en muchos casos, imágenes consensuadas y destinadas a ser de carácter privado. Paralelo a esto surge la pornovenganza, acción dada por un individuo que comparte imágenes de otro sin su consentimiento y las hacen de dominio público. Este acto es realizado con la intención de infringir daño, esa es su finalidad.
Cuando hablamos de estos temas es común que los términos se confundan, después de todo ambas acciones implican el compartir fotografías con contenido sexual. Sin embargo, la gran diferencia reside en dos palabras: intención y consentimiento.

Actualmente, Yucatán es el primer estado de la República en legislar la pornovenganza como un delito. Esto gracias a la lucha constante de la causa, a la cual Ana Baquedano ha dado un rostro empático y cercano con el movimiento “La niña de la foto”, pero sobre todo, ha traído a la mesa el tema abordado desde una voz feminista. La joven estudiante de psicología ha dedicado gran parte de su vida a esta causa, luchando por los procesos de correcta legislación, protección y apoyo a las víctimas luego de haber pasado personalmente por este tipo de violencia. Afortunadamente después de procesos personales y emocionales, hoy en día es una mujer orgullosa de su cuerpo y de su historia. En sus propias palabras ella le “quitó el poder a esa foto haciéndola suya”, una vez que se apropió de ella, la foto no podía lastimarla más, ya no tenía ese poder. El miedo se fue, dejando a su paso empoderamiento.

No hay que tener miedo de la pobreza ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo. – Epicteto

A veces es más sencillo tratar de resolver un problema evitándolo, muchas veces le dijeron a Ana que lo mejor era evitar el sexting, que lo tomara como un error del cual aprender. Sin embargo, ese discurso no parecía correcto, le causaba conflicto.
Podríamos hablar del sexting como si este fuera el problema, podríamos prohibirlo, desaprobarlo, pero eso no resolvería la situación. El discurso estaba mal dirigido.
Por ejemplo, si una mujer sufre violencia por usar un bikini, la solución no sería prohibir los bikinis, sino sancionar los actos de violencia, pero sobre todo generar conciencia en los individuos acerca de que esas acciones son consideradas violencia.
La sociedad ha ido avanzando, los logros y cambios que se han generado son de suma relevancia y dignos de ser aplaudidos, pero no suficientes.

Seguimos siendo testigos de historias como la mencionada anteriormente, en las cuales el miedo y la presión de no ser estigmatizados socialmente pueden llegar a ser más importantes que la propia integridad. Historias donde vemos individuos que buscan hacer daño y víctimas que son juzgadas más que los propios agresores.

Hace unas semanas me di a la tarea de encuestar a varias personas acerca del tema y obtuve resultados alarmantes. De una muestra de aproximadamente 15 personas, el 100% se sentía indignada o molesta por la situación, pero únicamente el 20% consideraba a la víctima “inocente”. El discurso se repetía… “debió de haber sido más prudente”, “fue un error pero a cualquiera le puede pasar”, “pobre pero eso le pasa por estar mandando esas cosas”, “ni modo, conocía el riesgo y aun así lo hizo, que tonta”. La culpa recaía en los dos. Uno por el acto de violencia y la otra persona por “exponerse y arriesgarse a eso”.

Tenemos que madurar como sociedad, evolucionar en nuestra moralidad y dejar de culpar y estigmatizar a las víctimas. Cuando hablamos de delitos contra la integridad de los individuos, la culpa nunca será de la víctima. La culpa es de la persona que violenta y, en el caso de la pornovenganza, también es de todo aquel sujeto pasivo que recibe la foto y la redistribuye.

En lugar de seguir culpando a las víctimas por imprudentes, ¿por qué no mejor preguntarnos cuántas veces han llegado estas imágenes a nuestras manos?, ¿qué hemos hecho con ellas?, ¿acaso hemos sido cómplices y ni siquiera fuimos conscientes del daño causado o simplemente fuimos indiferentes ante el dolor ajeno? Es muy fácil deslindarnos de la culpa cuando todos son igual de culpables, es verdad que la culpa compartida siempre pesa menos, pero bastaría con una persona que nos confronte al respecto para sentir vergüenza por nuestras acciones.

Algunas veces solo con hacernos conscientes de que recibir estas imágenes, verlas o enviarlas nos hace cómplices en el daño a la dignidad y privacidad de un individuo, hemos empezado a contribuir a solucionar el problema, ahí es cuando nuestra voz, nuestro discurso tiene que comenzar a pesar más. Somos más los que queremos ayudar que los que quieren causar daño, es solo cuestión de abrir los ojos y mirarnos a nosotros mismos para decidir de qué lado queremos estar.

 

Laura Bates.

Mérida, Yucatán a 30 de mayo de 2018.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s