¿Segurx que quieres ir al hospital?

El derecho a la salud en México no existe. Y lo sabemos. Tan es así que preferimos auto medicarnos y  pasar una semana “pariendo chayotes” a ir directamente a un hospital o consultorio médico.

Aunque el miedo no es injustificado. Los hospitales, públicos  y privados, dejan mucho que desear en términos de disponibilidad, accesibilidad y sobre todo, calidad.

Mi abuela tuvo un infarto el fin de semana. La mamá Carmita de todo Peto y la mitad de Mérida no estaba teniendo un ataque de pánico ni de ansiedad: era un infarto.

No sé si gracias a algún dios, a los ángeles, al sol y la luna…pero mamá Carmita hoy está bien a pesar de las horas, mala atención e incertidumbre que nos dejaron más de un médico en un hospital con nombre de capital.

Resulta que en México ni tener los recursos ahorrados en el colchón como para pagar un hospital privado te garantiza la atención inmediata, responsable y adecuada. Tras una noche y medio día en Urgencias, dos médicos revisaron a mi abuela sin poder determinar si había sufrido un infarto o el problema era derivado del pulmón.

¡Ah sí! Y el encargado de Urgencias no apareció hasta el mediodía. Después de todo, ustedes sabrán: ¿por qué sería necesario contar siempre con un doctar a cargo de las emergencias?

Por si no fuera poco, se practicaron más de tres exámenes, de los cuáles la mitad se volvían inútiles con el último. Posteriormente, a pesar de su estabilidad, en el lapso de unas dos horas, estuvieron a punto de llevarla a terapia intensiva y ponerle un catéter cardíaco. Sin embargo, dicha intervención no sólo es agresiva para cualquiera – básicamente te abren el corazón para ponerte el dispositivo– sino que se vuelve doblemente peligrosa e inviable para una persona mayor de más de 70 años y con sobrepeso.

Todo parecía una cuestión de dinero, no una centrada en la mejoría del estado de la paciente.

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Al final, mi abuela fue trasladada a un hospital donde había un médico interesado en su salud y no la cantidad de procedimientos o estudios que podía cobrarle, en un profesional comprometido por saber qué le había ocurrido y cómo podía sanar.

Pero, ¿y si mi abuela no hubiera podido pagar por un hospital privado, podría haber esperado peor o mejor atención?

La respuesta es dolorosamente incierta: hay casos de éxito con médicos amables y preocupados por sus pacientes, y también, historias de miedo con personas enfermas muriendo en las salas de espera o quirófanos sin equipo o personal médico suficiente y capacitado.

Al parecer, la salud es una moneda con dos caras. No importa si es de cincuenta centavos o diez pesos, parece casi imposible descifrar qué destino final te presentará.

¿Será que los doctores y doctoras* no están informados de su Código de Ética o de las recomendaciones que han hecho la Organización Mundial de la Salud, el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales o la Organización Panamericana de la Salud (entre otras)?

 

-Monse.

*Es indudable que no podemos generalizar, siempre habrán profesionales dispuestxs a realizar hasta lo imposible con tal de salvar a sus pacientes o al menos, proveerles la mejor atención médica, información y actitud.

 

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