27 AÑOS DE SOLEDAD

Regresó de Macondo, un poco más viejo en edad, pero joven en vida. Con los párpados cargados de las miradas que se encontró durante su estancia en aquel poblado mágico. También cargado con muestras de amor gratuito, de ese que no se marchita a la hora con un mal gesto, envidia o rencor mundano. No. Un amor de esos que calan hondo, que te abrazan hasta los huesos. Guardando recuerdos en su corazón, ansiosos por recordarle lo simple y a la vez tan bello que resulta existir.

Macondo guardaba una mística en su simplicidad: la calle principal no estaba pavimentada, la pequeñísima capilla construida con láminas funcionaba a la vez como caleidoscopio gracias a la luz del sol matinal, los perros invadían cada rincón y montones de platanales bailaban con el viento. Como no había campanario, la campana fue colocada en las ramas de un árbol de guaya, a unos pasos de la casa de Tomasa. Comadrona y animadora comunitaria. Mujer férrea atrapada en el cuerpo de una frágil anciana. Le dolían los pies, por lo que caminaba descalza. Vendía plátanos para sobrevivir. Preparaba el café con leche y azúcar, pero a la tercera visita ya sabía cómo le gustaba: tan caliente como para quemarse la lengua; tan negro como su alma.

“Había aprendido a pensar en frío,

para que los recuerdos ineludibles

no le lastimaran ningún sentimiento”

Los gallos cantaban al unísono exactamente a las seis de la mañana, y para las cinco de la tarde, más cercano el anochecer, tucanes y monos tomaban posesión de árboles frutales. Loros surcaban el cielo como estrellas fugaces. La vida era sencilla, hasta el día que enfermó. Los espasmos lo despertaron de madrugada. “Mal del viajero”, pensó, al caer en cuenta de la tierra desconocida sobre la que dormía. El dolor era tan agudo que le doblaba el cuerpo. A la mañana siguiente tuvieron que llamar al cura, quien a su vez llamó a una curandera. Ésta le dio un masaje de energía, “por aquello de las malas vibras”, posteriormente, una limpia. Huevo remojado en agua con albahaca. Se lo frotó por todo el cuerpo, especialmente en la frente y al lado de los párpados. “Es mal de ojo”, concluyó al terminar su ritual. Instantes después, estaba curado.

“Lo que me choca de ti –sonrío–

es que siempre dices

precisamente lo que no se debe”

Toda la comunidad se acercó a preguntar cómo se encontraba y lo animaban diciendo: “¡Ánimo hermano! No esté triste”. No hay nada tan reconfortante como el calor humano ante la debilidad. Eso. La gente. Con sus luchas, complejos y heridas; con su alegría, espiritualidad y esperanza. Recordaba con profunda nostalgia cada atención recibida, plato de comida servido en la mesa, cada tortilla hecha a mano; se conmovía al escuchar a Andrés, un niño, cantar en las celebraciones. Juana, Aurelia, Magdalena y Jocellyn, todas mujeres, todas jóvenes, oprimidas bajo el yugo de un patriarca que decidía su destino según le llegaran al precio. A Elizabeth y Alfredo, que lo llevaron al río y hasta le prestaron traje de baño. Que colgaban una hamaca bajo un árbol de mango todas las tardes para que disfrutara de la brisa y el calor de marzo. Porque qué irónico que mientras menos tienes más fácil es compartir.

“Pensaba en su gente sin sentimentalismos,

en un severo ajuste de cuentas con la vida,

empezando a comprender cuánto quería en realidad a las personas que más había odiado”

De igual manera, venían a su mente las conversaciones legendarias con Rubén y Eduardo. Sobre la vida, la vocación, el trabajo, el estudio, los sueños y viajes, los destinos y encuentros. Palabras que se graban porque le sumaban a un imaginario de metas por cumplir: tomar café en Coatepec, conocer las costas de Oaxaca o participar comunitariamente en Bachacón.

“Lo que más me duele

–reía–

es tanto tiempo que perdimos”

El olor a leña quemada y aquel que venía de una planta que crece junto al maíz lo transportaban de un lugar a otro a través de un mar de recuerdos. Pensaba en cuánto había cambiado desde la última vez que metió los pies descalzos a un río. “La soledad, esa vieja cabrona”, le decía a Eduardo durante las largas caminatas por los pastizales. Éste contestaba: “perdónate y repítete que mereces ser feliz”. Hablaban de todo, y en ese todo animaban el paso para caminar la vida. Cayó en la cuenta de que, cuando uno se descubre a sí mismo, nunca está solo, porque descubrirse a sí mismo es descubrir a Dios.

“A veces,  crecer

es abrazar nuestras

contradicciones 

y dejar de combatirlas” 

Salió de Macondo únicamente en una ocasión para conocer el mar, donde se encontraba el pueblo natal de Eduardo, que le contaba sobre la pesca y añoraba su casa, la sal en el viento y a su perro, Nebin, el más fiel que alguien haya conocido. Viajaron de montaña a selva, y de selva a costa. Caminó a la orilla de un violento océano, a través de la melodía del aire, y supo entonces quién era y qué hacía en este mundo.

“Un minuto

de reconciliación

tiene más mérito

que toda una vida de amistad”

Regresó de Macondo a cumplir 27 años. Oró su vida rememorando las últimas palabras de Eduardo, su hermano del camino: “Dicen los náhuatl que cuando uno muere, su alma recorre todos los pasos que dio en vida, y solo cuando termina puede descansar en paz”. Y recordó todos los parajes andados, las ciudades exploradas, las personas con las que se topó en el camino y que, a veces, caminaron junto a él, pero que tuvieron que tomar otras direcciones. Volvió con la cara curtida, la piel quemada y las piernas cansadas, pero con el corazón ensanchado. Porque aprendió en su soledad lo que nadie pudo explicarle en compañía: uno es el amor de la certeza de su propia historia.

 

Gallo Molina

Nos leemos en Twitter: gallo_molina

 

 

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