Dilución jóven

I
¿Será advertencia anunciada escapar de la soledad?
He pensado que la palabra solo se escribe también en plural.

A un lado, mi pluma traza caminos rectilíneos,
un sollozo desahogado de paralelos destinos.

Sin ser contradicción el desamor en singular,
es preciso así,

es tortura de uno solo.

Narciso, mar de nubes rosas,
dichoso eres de que el motor de tus anhelos
nace y se moldea en voluntad propia.

Aquí, en las historias del amor mundano
hay solo relatos de víctimas y victimarios:

de quien empuña la espada,
y de quien lleva la herida el resto de sus años.

Solas, las horas que la mente huye por el espacio como la gacela hambrienta.
Solos, los días que pasaré en compañía de mis suspiros funestos.
Solos, los atardeceres que derraman las lágrimas ardientes
que queman a las memorias que quedan solas, caída la noche.

Es cuando se sufre por la ausencia ajena
cuando la esencia de su significado
brilla con intensidad punzante.

Puede que ahora, cuando escribo la palabra solo,
hará más sentido hacerlo en plural.
Pues ya no pienso de mí solo en la penumbra,
¿no brillamos más los juntados por este dolor salvaje?

Sin que nuestro llorar forme océanos de desesperanza,
o que nuestras olas aterren a aquellos que no lo están.
Sin que la felicidad de la compañía sea una isla desierta,
o que los mapas de la vida se vuelvan a perder.

Nos pondré de meta la compañía de nuestras almas solitarias,
y veré esas líneas cruzarse en los arcoíris que se han construido sobre nuestras lágrimas.

Porque algún día todos estaremos solos.

Y prefiero pensar, que cuando ese día llegue todos estaremos juntos.

II
Superficie primera de las letras,
¿serás de verdad más advenediza que las capas que estás cubriendo?

Piel bronceada,
que la luz del sol ha acariciado por varios años.
Piel dorada,
que comienza a hacerse broma después de algunos años.

Bailamos silenciosos,
y terminada la pieza indicada
te irás lejos a donde nunca más te pueda encontrar.

Yo me quedaré en la noche,
donde las olas se escuchan pero no se dejan ver.
Donde tus capas son el fondo del mar,
y yo habito esa virgen y dormida inmensidad.

III
A veces sé que hablamos sin decir lo que decimos.

Me pregunto a diario,
en cada náusea ahogada que deviene de tu mirada:

¿Entonamos las mismas notas que pienso que hacemos,
coloreamos los mismos cielos que mis pensamientos susurran,
en verdad armonizamos como acorde bendito,
somos como esas nubes perfumadas que bailan en el cielo?

A veces siento que canto sólo, en dueto.
Que te diviertes riendo detrás del telón de tu propia obra.

IV
A veces nos miento a los dos
para que mis dedos lleguen a rozar tu mano.

Tal vez es lo primitivo de mi razón,
o la parte más cuerda de mi alma.

V
Mi memoria está ya partida en tantas partes
que aturde más que todos mis malos hábitos.

Mi cerebro no computa las señales cruzadas,
lanzadas por mi corazón despedazado en trizas.

No hay canción que no arrastre tu recuerdo,
o verso que no rime con la cicatriz que dejaste aquí olvidada.

¿Serás consciente del caos que desata tu aliento?
Yo creo que no, y eso es veneno de ensueño vuelto carne perdida.

VI
La amnesia de la sangre,
la adicción tétrica de nuestros pares.

Sentirnos colgados en el aroma púrpura de una selva que devora,
ahorcados por la soga del corazón
que dispara sin apuntar,
colgando del mismo látigo con el que atormentó.

Ahí la maldición antiquísima,
¿No es el amor el origen del vicio y la virtud?

Es al miedo al amor, la madre sin hijos
al que deberíamos arrodillar todos los mares,
al que deberíamos someter todos los cantares.

El motor de nuestros sueños más pesados,
y la cura a nuestro eterno perecer, asesinados.

V
Un poquito de azúcar
para curar la amargura de mi tierra.

Un pañuelo,
para secar las lágrimas de las madres.
Un cofrecito,
para guardar las memorias de los padres.

Un pequeño grito de auxilio,
correr dispuesto a recibirlo.

Un catálogo de sueños,
e irlos repartiendo por las calles.
Para que seamos niños de nuevo,
y nuestros corazones estén regalando besos en el aire.

Ver más colores en el arcoíris,
y que todo sea posible por un instante.

Darle juventud a los ancianos,
sabiduría a los más jóvenes,
y volver pintura al lejano paisaje.

A veces quisiera que lo romántico,
trascienda las líneas de mis palabras.

Volver divino lo ordinario,
y que de felicidad sean todas las lágrimas.

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