Epistolario con Nelly Josefina (parte 1)

11 de noviembre 2017

Vamos a escribirnos, Nelly, ¿te parece? Hace unos días, en un largo y sinuoso camino de la escuela a mi departamento, pensaba en que me gusta mucho recibir correos electrónicos. La lentitud de una carta de papel me provocaría demasiada ansiedad, y la velocidad de los whatsapps me resultaría abrumadora. Vamos a escribir, releer y luego hacer click en “enviar”.
Quise hacer esto específicamente contigo por dos motivos principales: el primero es que no me dirías que no; el segundo reside en que me conoces bien. A pesar de habitar otras altitudes topográficas y de que podemos pasar muchas semanas sin comunicarnos, me conoces. Sabrías, al leer un poema, si me haría o no llorar.
Estoy cansado, lo sé. Lo sé desde hace tiempo. Estoy exhausto sin muchas razones para estarlo. Se me ha cansado, creo, el coraje. A veces, el agotamiento es insoportable. Todas las veces, la cabeza. Llevo semanas con un dolor extraño, con un mareo indescriptible, con un noséqué que no se va, que llegó para quedarse. Esta nueva relación, con el dolor, me hizo tomar una decisión cervical (las decisiones, ahora lo sé, pueden ser cervicales, dorsales, lumbares): me inscribí a clases de ballet. El profesor, quien bailó con la compañía de danza nacional durante 15 años, dice que mi elasticidad es increíble y que esta disciplina puede hacer muchas cosas por mi cuerpo. Por este cuerpo que lleva más de un mes (re)conociéndose, de cara a sus debilidades y sus fortalezas.
Estoy exhausto, también, de la gente que le tiene miedo a sentir. Conocí a alguien a quien le pondremos M. Arquitecto-Urbanista, con una maestría en Harvard, 37 años. Muy guapo. Las palabras, como los besos, fluyeron. En dos semanas, nos vimos unas 5 ó 6 veces, perdí la cuenta de lo mucho que disfruté. Le gusta sentarse a escuchar música y compartirla, le gusta hablar profundamente de lo que le apasiona, le gusta coleccionar experiencias sensoriales. A mí, como sabes, me gusta todo eso. Pero hablé, NellyJosefina, hablé. Esta boca que no puede quedarse sin la transparencia. Quise saber qué se estaba construyendo y todo se vino abajo. Así fue: lo miré a los ojos y me salió de la garganta: ¿qué buscas? Esa franqueza. Ese desatino, tan mío. Eso, lo de siempre.
Estoy escribiendo un poema. Sólo una parte me gusta de él. Lo demás, está rayado. La parte dice: “Cuando pongo mi mano en tu sexo, ¿a cuál de tus recuerdos, en realidad, estoy tocando?”; Es un fragmento malo, pero me gusta cómo suena en mi voz. Tal vez puedas continuarlo, en una especie de cadáver exquisito.
Me voy, porque la batería de mi computadora se acaba y dejé el cable en el departamento.
David.

20 de noviembre 2017

Acabo de leer tu mail y pensé en Anais Nin ¿tiene sentido? Hace unas semanas me invitaron a hacer una lectura de sus cartas, no pude ir, me dio bronquitis. Hoy tengo bronquitis de nuevo y me duelen los dientes. Esto va a terminar convirtiéndose en un relato de mis dolencias ¿debería parar? ¿Alguna vez te han dolido los dientes? No dolor de muelas ni esas cosas, los dientes, todos, la dentadura completa. No sé si es la fibromialgia o mi estrés, pero me duele la cabeza, los dientes y la quijada. Reconociendo este dolor estaba cuando me llegó tu mail. Hace  como dos años que no escribo un correo ajeno al trabajo. Hace como dos años que no le escribo una carta a nadie.  Ya no me acuerdo cómo comenzar, ni cómo terminar. Probablemente te sonaré robótica; tenme paciencia, seguramente en un par de cartas fluiré y me sentiré más yo. Empiezo:

“Pero hablé, Nelly, hablé” Hablar es parte de quienes somos, al menos de quienes somos tú y yo. Tenías que hablar. Tenemos que enunciar para saber que existimos y tenemos que preguntar ¿qué buscas? Para entender. No es desatino. No lo lamentes. ¿Es definitivo? ¿Ya no hay esperanza? Harvard (me gusta más Harvard que Arquitecto/Urbanista) quizá necesita espacio para reordenar(se). En el siguiente correo platícame más, espero que vuelvan a fluir las palabras y los besos. 

Lo que me cuentas del ballet me tiene muy emocionada, te imagino perfecto, disciplinado, dedicado. ¿Sí sabes que te pediré verte bailar? La última vez que nos vimos te dije que yo también bailaría, todavía no lo hago. Sigo con esta terrible turbación de mi cuerpo. ¿Te ha ayudado con el dolor? ¿Cómo van las migrañas?

Me gusta tu poema, me gusta el fragmento. ¿Me dejas continuarlo en la siguiente entrega? Todo lo que se me ocurre hoy es tristísimo: “Cuando pongo mi mano sobre tu sexo, ¿trepidas de dolor o de deseo?”

¿Ves? Mejor seguimos en la otra.

Te quiero, te extraño. Nada es igual al ayer.

Nelly.

22 de noviembre 2017

Me invitaron a participar en una mesa sobre la narrativa de Elena Garro en la FILEY 2018. Como siempre, tengo pánico escénico. ¿Algún día se me quitará?

¿Qué ha pasado con Harvard? ¿Cómo estás? ¿Te llegó mi correo anterior? ¿Estoy muy ansiosita? Espero leerte pronto. Mientras tuitearé y me comeré mi paquete de emergencias de galletas Oreo.

Desde aquí,

Te abraza

Nelly.

27 de noviembre 2017

Es tarde, lo sé. Poco o nada breve ha sido el tiempo que me he tomado antes de contestar tus dos correos anteriores, consecutivos. Discúlpame, de todo corazón y ansiedad. He tenido un par de visitas en el departamento, entre ellas Tatiana (mi prima que es tu hermana, en un verso sin esfuerzo) y, además, pasé por una graciosa desgracia (en un oxímoron con esfuerzo): el miércoles, en medio de una clase, mi computadora comenzó a quedarse sin batería. Enchufé el cable a la corriente eléctrica y… explotó. Con todo y fuego. Menos mal que mi laptop no estaba conectada.

Ay, la literatura de Elena Garro, tan ninguneada antes y tan manoseada últimamente, a favor de los intereses políticos (en ambas ocasiones) y tan mal leída, tan poco celebrada con, por y para sus palabras. Tienes que hablarles de la luz. ¿Recuerdas? Hablarles de la luz blanca blanca, que se parte en mil pedazos “hasta convertirse en miles de puntitos” y hace que todo gire (como quien voltea una tarjeta postal, dice Elena) y se fracture. Tu correo anterior tuvo, como esa tarjeta, un lado B. 

Te pongo al día, mientras me sirvo un tazón de cereal y agrego leche deslactosada en calidad de desayuno (en ese orden, que no al revés): Harvard se fue, desde el jueves pasado, a una boda en Costa Rica. Debe regresar el lunes, es decir hoy, pero no me encontrará igual que cuando se fue, a pesar de lo mucho que yo lo intente: no me ha escrito en todo el transcurso de su viaje. Y eso, que me perdonen dios y todos los psicólogos en contra de la dependencia emocional, me afecta. Esa ansiedad, ¿recuerdas?, esa promesa. Esa costumbre mal aprendida de creer que soy un poquito más importante. En otras (y pocas) palabras: no han fluido ni las palabras ni los besos. Si me escribe hoy, a la vuelta de su viaje, ¿qué hago?

El ballet, te cuento, me sigue enseñando cosas mías de mí. He vuelto a creer en mi cuerpo, por ejemplo. En mi capacidad de escuchar, de sentir. Hoy tengo clase. De hecho, llegaré una hora antes, para tener el salón vacío y practicar unas vueltas que todavía no me salen como deberían. Un paso al frente, luego de perfil y por último, un giro y cerrar los codos. ¿Y el dolor? Ese va y viene, como esas personas que nunca terminan de salir de tu vida. No recuerdo que los dientes me hayan dolido, pero sí sé cómo es dolerse sin zonificación, sin punto fijo al cual apuntar los síntomas. ¿Compartiremos eso, también, Nelly Josefina?

“¿Cuando pongo mi mano sobre tu sexo, ¿cuántos segundos tardas en arrepentirte?” suena mucho mejor el día de hoy.

Besos.

David. 

[Continuará]

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