Esfumados

No creo que escribir poesía me haga poeta, pero haber nacido poeta me ha estado llevando a escribir poesía y querer sacarla ahí afuera.

I
He visto esos duendes,
los que bailan en el viento, casi invisibles.

Tienen a muchísimos colores, casi a todos,
y a la vez son transparentes como el agua.

A veces les imagino música y ellos la bailan,
como si pudieran escuchar lo que les canto en silencio.

Me pregunto si sabrán que pienso en ellos,
y que es recurrente.
¿Bailarán a eso también?

II
¿Será que la poesía se escribe sola?
Pues se escribe sin ver,
sin estar tocando o mirando otro modelo más que el propio,
y es quizás el más avergonzado.

Mi poesía no necesita ya de rimas,
basta con que extienda la mano un poco.

III
Mundo hipersensible vuelto frívolo.

Ya no hay mística en la luna,
cuales sus estrellas con su luz.
La pradera empañada con un árbol medio chueco.

¿A dónde se fue el aroma exótico,
estará escondido en la misma lápida que aquellos desdichados?

Nuestro cielo hoy es más gris,
más sobrio, más neutro.

Lo briago de la carne está en el recuerdo de un cadaver.

III
Habiendo navegado todas las aguas
con cien atardeceres en la memoria,
te repito que no hay contraste más bello
que el de tu piel, y las horas que la frotan.

Si el tiempo se volviera carne,
¿no sería igual de invisible?
Se sentiría lejano como siempre,
envuelto en un invierno blanco y permanente.

Con los árboles muertos y las luces aguardando,
el tiempo preferiría la oscuridad de la noche cien veces a la luz de la mañana.
Si ni el tiempo le huye al miedo de sí mismo,
no esperes tú tampoco huir de otra cosa.

Si pudiera agitar esta varita,
recitando el verbo hecho conjuro,
Tú serías tú, yo sería yo,
y no existiría otra cosa más
que nuestros ojos bailando
en el hueco de la inmensidad.

Sabes que las cosas,
contadas de par en par son más felices.
Lo sabes porque has sido contado solo,
y solo te has quedado varios ratos.
¿No es poesía sentirse mitad del otro?

Tampoco si el polvo pudiera hablar lo haría,
su lenguaje es el silencio.
No hay nada más sublime que el infinito cielo,
y el polvo es la herencia que tenemos de lo eterno.

Hoy en el aire se respira muerte,
muerte de espíritu,
cadáveres de sueños.
Bultos oníricos hechos trizas y escondidos en el centro del cementerio.

Tiempo, ¿cómo le reclamas al polvo,
no es él tu mitad perdida?
Es ese destiempo que dispara la noche,
al que debes de gritarle.

Gritarle al pasado que aplasta
y al futuro que ríe desmedido.
Pero sobre todo, grítarle al presente,
que es el que empuña la daga envenenada.

Y cuando termines de gritarle a todo,
mirándote al espejo te darás cuenta que le gritas a tu silueta disuelta en polvo.

Es solo tu piel invisible, y las horas que la acarician dorada.

IV
No te diré que soñé contigo.
Menos, que no ha sido sueño estar dormido.

Que esperaría años por ver tus ojos,
aunque rara vez lleguen a mirar los míos.

Ni creas por un segundo
que te hablaré de cómo extraño sentirme ahorcado en tu mirada,
o hechizado con tu voz,
o en transe con tu piel dorada.

No te hablaré de cómo te extraño a ti siendo tú,
o a tu cabello volando,
o a tu sonrisa vibrando.

No te hablaré de esas pequeñas cositas
que le dan densidad a mis lágrimas.

No te hablaré de los cientos de versos que ya deseché
ni de lo imperfecto que te envuelve bello,
o del accidente más poético
que alguna vez vislumbraron los moretones de mi cuello.

Todavía no te diré cuánto te quise,
ni cuánto te quiero,
ni cuánto te voy a querer.

Jamás de mi boca saldrá palabra queriendo
ser canción de un amor sincero y petrificado.

Pero voy a decir que de ti escribo,
y que de ese amor fundido mis letras no susurran otro camino.

Porque al menos mi pluma sigue escribiendo,
aunque mi corazón se va deshaciendo con las estaciones.

Tal vez es necesario dormir más
para en sueño verte otra vez.

Estar juntos
y no hablarte de nada,
pero sentirnos todo en el hechizo de lo imposible.

V
Yo no maldeciré a la serpiente,
pues hasta el horror habría nacido entonces de lo bello.

Mejor alabaré la flor, contemplaré las nubes,
y amaneceré eternamente en primavera.

Dejaré el frío para las noches de vigilo,
para que me cuide la espalda,
y seamos compañeros, yo y el frío.

VI
Tendrá que ser hechizo el sueño de mi hermano,
vil maleficio vuelto drogadicción.
Aliados desgraciados, y nutrición propia.

El monstruo moderno camina ahí afuera,
saluda diciendo buenos días mientras sujeta su cartera.

VII
La encontré en un cajón, austada.
–“¿Quién eres?” pregunté.
–“Soy la magia” respondió.

“Llevo aquí varias semanas,
por eso no hay nubes en el cielo
ni sirenas en la playa.

Se me ha perdido,
o al menos no he encontrado,
a la escurridiza esperanza.”

–“¿Dónde está?” Pregunté.
–“Se perdió hace días” respondió.

VII
No sabe la ola que desprende la marea que es bella,
ni la orquídea tambalea una danza ferviente y presuntuosa.

Pero tus ojos parece que saben,
parece que bailan así y saben de su belleza.

VIII
¿Y si la flor tuviera filo,
nos sangrarían las narices por placer,
no se pondría de moda el dolor?
Debe ser filosísima la aurora.

IX
No debe ser menester el vacío,
a menos que esté ahí para llenarse.

Por eso aunque es motivo de mis lágrimas taciturnas,
por las mañanas me da un cobijo irrenunciable.

¿No es emocionante la expectativa de lo amargo?
Necesitaría muchísimas nubes para voltear hacia lo dulce.

 

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