NUESTRO LADO MÁS OSCURO

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Es martes. Otra final. La tercera en dos años. Nuestro equipo de Fútbol 7 ansía (por fin) poder levantar ese trofeo. Lo merecemos.

Nos encontramos empatando 2-2. El capi me ordena entrar al campo. He visualizado tantas veces la ocasión de al fin tocar la gloria: el gol ganador, ese que gritas con todas tus fuerzas y por el que el equipo te levanta en hombros. Esta noche, como otras tantas, no sucedió. Apenas unos tres minutos después de ingresar y, siguiendo el consejo que me dio el capi: “así tienes que jugar, con intensidad”, fui a disputar un balón. De pronto, como si alguna fuerza externa se hubiera apoderado de mí, le metí una plancha artera al contrario, lo cual me adjudicó una tarjeta amarilla que debió ser roja, y desencadenó los gritos desde la banca para que saliera inmediatamente.

Era la oportunidad de reivindicar mi titularidad durante la temporada y sumar algo positivo al partido. Lamentablemente, ni una ni la otra. En los segundos finales, uno de los rivales bordeó el área y metió un tiro raso en medio de un mar de piernas a la esquina inferior izquierda. Habíamos caído, de nuevo.

Minutos antes de la debacle, cuando salí de cambio, me sentía totalmente fuera de mí. Los compañeros me preguntaban “¿Qué te pasó? Nunca te había visto hacer eso”. La verdad es que no lo sé. Algo en mi interior me traicionó de la manera más siniestra. Mi mente se saboteó buscando evadir la presión que significaba jugarnos un título, y la manera más sencilla de evitar el error es no afrontar la posibilidad. Acto seguido, patada, tarjeta y afuera.

Esto lo sé perfectamente, soy muy malo manejando la presión ante cosas que no domino por completo. Si bien en la reta puedo jugar como crack, durante un partido oficial me pierdo, bloqueo y asusto. Definitivamente no soy un gran jugador de futbol, pero sé que puedo aportar y me cargo unos cuantos goles esta temporada. El problema es no poder demostrar tu verdadero “yo” que disfruta del juego en el partido más importante.

Aquello que tomó posesión de mí en el encuentro antes descrito es a lo que llamo “mi lado oscuro”. Todos tenemos el propio. Es el cúmulo de tus heridas, temores, errores, fobias, vergüenzas, fracasos, maldad… Todo lo que busca hacer de tu vida un infierno. En ocasiones lo logra. Terminando el juego me sentía sumamente molesto, cabreado, frustrado, triste, derrotado en todo sentido. Me fui directo al coche, sin acompañar al resto de mis compañeros por el trofeo de segundo lugar. No ha sido un año fácil ni placentero en muchos aspectos, por lo que el “lado oscuro” se  asomó ante mi fragilidad derrotada y me susurró al oído: “¿Lo ves? Nada te sale bien. Eres un fracaso total, ¿para qué lo intentas? Ríndete, es más fácil sufrir. Sé una víctima”.

Aunado a esta reciente anécdota futbolística, sumo otra, las recientes declaraciones del jugador profesional del Barcelona: el odiado e incomprendido André Gomes. El portugués llegó al Barça en verano de 2016 precedido de una gran Eurocopa y muy buenas actuaciones en el Valencia. Aunque en lo personal no se me hacía del perfil para el equipo, los números y el talento lo avalaban. Sin embargo, partido tras partido, no lograba transmitir buenas sensaciones ni participaciones vistosas. La acumulación de desaciertos, pérdidas de balón, goles errados, etc. le supuso una muy mala fama entre los aficionados (me incluyo), los cuales no nos explicábamos cómo podían seguir convocándolo o si quiera considerándolo. Es decir, no aportaba absolutamente nada al juego. A parte, se le veía demasiado serio, como si no estuviera disfrutando, presionado, ansioso, temeroso. Todo lo que un futbolista de alto rendimiento no debe ser.

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La gota que derramó el vaso fue el enfrentamiento de hace unas semanas frente al Atlético de Madrid. Gomes entró de cambio. Unos minutos después, cada balón que tocaba se convertía en un hervidero del público que se deshacía en silbidos hacia el jugador. No, no eran los aficionados del Atleti… sino los del propio Barcelona. Impensable.

Esta semana, el periódico deportivo Panenka hizo pública una entrevista en la que André Gomes se desnudaba sentimentalmente. De manera sumamente transparente, el futbolista se despojó de todo ego, orgullo o temor y explicó lo que ha sentido interiormente desde que es parte del Barcelona. Les comparto unos extractos:

La percepción, desde fuera, coincide con su propio diagnóstico: no disfruta en el campo. “Pensar demasiado me hace daño. Porque pienso en las cosas malas y, después, en lo que tengo que hacer, y voy siempre a remolque. Aunque mis compañeros me apoyan bastante, las cosas no me salen como ellos quieren que salgan“. Esta autoexigencia impide a André Gomes poner remedio a su inseguridad. De hecho, en ocasiones ocurre todo lo contrario. “Me encierro. No me permito sacar la frustración que tengo. Entonces, lo que hago es no hablar con nadie, no molestar a nadie. Es como si me sintiera avergonzado“. Y en lugar de aligerarla, la mochila sigue pesando cada vez más. “Me ha pasado en más de una ocasión eso de no querer salir de casa. Eso de que la gente te pueda mirar, tener miedo de salir a la calle por vergüenza…“.

Confiesa que se guarda las cosas “hasta que estallo” y, precisamente por eso, sus amigos son los primeros en hacerle ver que su problema habita en la cabeza. “Me dicen que voy con el freno de mano. Y lo que más cuesta es tener consciencia de todo“. Porque una de las cosas que más le duele es comprobar lo mucho que se espera de él. “Me molesta que me digan que puedo hacer muchas cosas buenas. Yo me pregunto a mí mismo: ¿y por qué no las hago?

Las palabras de Gomes me hicieron eco. Su testimonio me tocó. No solo por haber sido en muchas ocasiones de los que lo crucificaron, sino porque, para un futbolista de ese nivel, no debe de ser nada fácil salir de su “clóset” personal: mostrarse débil, vulnerable y falible.

Comparto su idea: “Pensar demasiado me hace daño”. Nuestro lado más oscuro se basa en los fantasmas que nos habitan, y que esperan ansiosos la ocasión para llevar nuestra vulnerabilidad al límite del pesimismo. Aceptar que tenemos tantas limitantes es incluso más sencillo que definir lo buenos que somos para ciertas cosas. Luego asecha la crítica, el “qué dirán” o la opinión ajena. Terminamos por convertirnos en nuestros jueces más severos, encerrándonos en nosotros mismos para, como dice Gomes, “no molestar” a nadie. Nuestras capacidades se reducen y dejamos de disfrutar aquello para lo que somos mejores o eso que tanto nos gusta, aun no siendo tan buenos.

Decidí escribir este elefante porque André escribió el suyo sin saberlo a través de la entrevista. Los tiempos se empalmaron de manera tan perfecta respecto a nuestras circunstancias que necesitaba realizar esta comparación, y más por tener al fútbol de por medio. Es por ello que, si tuviera la oportunidad, le diría Gomes lo siguiente:

Ambos sabemos que el talento está ahí. Aquello que te amarra, rebasa, atora, es tu “yo” supeditado a una expectativa imposible: nunca equivocarte. ¿Y sabes algo André? Es imposible. Estamos destinados a fallar y vivir en el imperfeccionismo. Pero es precisamente gracias a eso que podemos ser libres. Despréndete del juicio a ti mismo y vive de tal manera que errar sea una posibilidad constante en lugar de la cruz que te cargas cada que pisas el césped. Hay dos clases de futbolistas: los que pierden un balón y van a lucharlo, determinándose a enmendar el error y los que simplemente se quedan estáticos lamentándose. ¿Cuál quieres ser?

Lo mejor es contactar con esa pesadumbre. Hacerle frente y asumir que sí, que somos más humanos de lo que nos gustaría, que la vida consiste en: arriesgarse, fallar, levantarse, salir herido, seguir, insistir, pensar en rendirte, continuar, aprender, lograr, descubrir, caer otra vez, levantarte mil veces, sonreír, creer, sentir, expresar, gritar, triunfar, vencer, adolecer, crecer… vivir.

Tal vez André pase sin pena ni gloria por el Barcelona, o tal vez anote el gol más decisivo del equipo esta temporada en lo que sería el cierre de una oda perfecta. Posiblemente yo nunca marque una diferencia total a favor de mi equipo, o puede que este nuevo torneo seamos (por fin) campeones.

No lo sé. Lo que sí sé es que eso que le diría a André Gomes es exactamente lo que otra voz, una más amigable, me dice al oído en este instante.

 

Gallo Molina

Nos leemos en Twitter: @gallo_molina

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