No es personal, es cultural

Muchos han sido los aprendizajes que he obtenido viviendo en la ciudad de Nueva York,  por ejemplo: cuando ves un aguacate a un dólar tienes que comprarlo, no importa si vas camino a una cita romántica porque hombres hay miles en Tinder, pero los aguacates de dólar, esos son una verdadera rareza; o el hecho de que nunca hay “un ratón” en tu depa, créeme, aunque no los veas está la familia completa; a que la salsa valentina en el cine es algo que solo pasa en México.

Dejando a un lado lo relacionado con la logística de la ciudad, creo que el aprendizaje más valioso ha sido descubrir día con día, las presunciones y los prejuicios que hay en mi mente, que creía la más abierta del mundo (supongo que creerse “open mind” en Mérida no es ningún logro).

Esta ciudad ha probado los límites de mi supuesta tolerancia. Y debo decir que me he sorprendido juzgando, suponiendo, y asumiendo que mis razonamientos, ideas y concepciones del mundo son universales.

Una noche estaba sentada en la cocina de la casa que compartía con cinco personas y dos gatos, escuchando a mi roomate Zach hablar sobre el arco que había encargado por Amazon para irse de cacería. “Típico gringo, ¿puede haber algo más vil que salir a matar animales?” pensé, mientras le hincaba el diente a mi deliciosa hamburguesa.

Después de conocerlo y platicar con él, me enteré de que su familia sale a cazar y aprovecha toda la carne de los animales cazados,  que le enseñaron a dar gracias al animal por su vida y el proceso de limpiarlo para usar todas sus partes,  me di cuenta de mi hipocresía, porque no estaría dispuesta a matar y desollar un animal, pero sí a comprar el paquete de filetes en el supermercado. Descubrí mi doble moral al juzgar de inmoral la cacería pero estar de acuerdo con dar mi dinero a una industria tan terrible como la de los alimentos.

El día de “Thanksgiving” hicimos una cena en mi casa y a cada persona le tocó traer algo. Cuando mi amiga que había traído un chesse cake se despidió, tomó su contenedor y se llevó todas las sobras del postre con ella. ¡Qué grosería! (léase en acento yuca) ¡Se llevó todo el postre! Ahora me parece gracioso que ese momento esto me supuso una falta de educación, y no fue hasta que ella me invitó a su casa, y empacó el resto del jugo y la leche que yo llevé, que comprendí que simplemente era una diferencia cultural, ya que mis amigos estadounidenses y canadienses tomaron sus cosas y se las llevaron (aclaro que no me fui con los restos de lo que yo llevé o mi abuela se hubiera revolcado en su tumba) Pero aprendí que lo que considero “una regla básica de educación” no necesariamente lo es en otros lados y éste ha sido un aprendizaje recurrente.

Un amigo que es originario de la India me comentó que sus padres le estaban tratando de buscar una esposa y que aunque en un principio no quería, estaba considerando un matrimonio arreglado. ¡Qué salvajada!, fue lo primero que pensé, ¿cómo es posible que en pleno siglo XXI esas prácticas culturales todavía existan?  Después de platicar con él al respecto me enteré de que muchas personas se casan de esta manera y muchos jóvenes están dispuestos a dejar que sus padres les encuentren una pareja. Es infinita la cantidad de cosas que ignoro sobre el matrimonio arreglado, pero el aprendizaje más importante fue que mi opinión al respecto está construida por la manera en la que crecí, por mis ideas sobre amor y matrimonio, por una visión digamos “occidental” de las cosas y que no puedo juzgar o comprender simplemente porque no crecí en esa cultura y claramente mi capacidad para entenderla es limitada.

En las interacciones que tengo día a día con personas de todo el mundo me doy cuenta de que las cosas no son blancas o negras y de toda la escala de grises que hay en medio. He aprendido a no tomarme las cosas tan personales; a abrirme a escuchar sobre otras religiones, otras creencias; a aceptar que mis amigos crean que la comida de su país es la mejor del mundo (porque no han probado el Poc-chuc que hace mi tía) a reconocer que hay cosas que no puedo comprender del todo porque solo pueden ser entendidas desde otra cultura; que a lo que yo llamo “sentido común” no es común para todos  y que mi verdad no es universal; que existen demócratas que defienden la segunda enmienda (la de las armas), y a los que hoy llamo amigos; a adorar a mis jefes que son italianos, supersticiosos y machistas; que puedo seguirme llevando con los cuates que creen que el cinco de mayo es la independencia de México  y que tristemente el limón no forma parte de la canasta básica de todas las casas (esto ha sido lo que más he sufrido).

Cada día me sorprendo con las cosas que ignoro, lo distintos que somos los seres humanos y lo hermoso de poder escucharnos y respetarnos aunque quizá no siempre nos entendamos del todo.

Martha Preve

Nueva York a 12 de marzo de 2018

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