Lugares vacíos

Elefante invitada: Irma Torregrosa*

[*endémica del trópico yucateco. Escribe poemas y a veces otras cosas]

Es lunes y son casi las once de la mañana. Estoy sentada en una sala esperando una cirugía en donde me sacarán las muelas del juicio. El lugar es más pequeño de lo que parece porque está vacío. Estoy sola y no hay más que hacer que dejarse llevar por el sonido del talle de hueso que no he oído nunca, pero imagino. Entonces, recuerdo la primera punzada, un par de años atrás mientras caminaba de la mano con un chico al que amé durante un tiempo. Fuimos a la farmacia a comprar paracetamol porque el dolor se extendía de la raíz del cuello hasta la mejilla, muy cerca de la nariz. Debe ser la muela del juicio, pensé. Y durante algún tiempo el paracetamol funcionó para calmar el dolor de algo que, por leyes naturales, reclamaría un espacio que le corresponde por derecho desde hace miles de años.

Me pasan al consultorio y me explican el procedimiento a seguir. El odontólogo mira mi radiografía y me dice que tienen que quitarme las cuatro muelas porque no hay espacio suficiente para acomodarse; que son dientes que los humanos actuales no utilizan pero quedaron atrapados entre la evolución y la negación a extinguirse. No me duermen pero cubren mi cara con una telilla que aún me deja ver un poco de la sangre que corre de mi boca hacia algún lugar que no me importa porque sólo escucho los dientes de algo que talla mis dientes o mi mandíbula o algo dentro de mí que nunca podré ver. Pienso en la mano que solté dos años atrás para llevarme los dedos a la mejilla, la misma que en varias ocasiones me tendió las pastillas y un vaso con agua para postergar el dolor o disfrazarlo. Pienso en la Estacion Pirque de la que habla Javier Barría en sus canciones fantasmales, en donde la ausencia es la única cosa que queda viva dentro de los lugares que una vez fueron habitados.

Termina la cirugía y me dicen que muerda una gasa durante veinte minutos. Hay algo que no está bien en la mordida, algo falta.  Me han quitado las dos muelas del lado derecho y el cirujano dice que hay que sacar las otras apenas se pueda porque terminarán por hacer el mismo daño que las que ya no están. Me resigno, entonces, a perderlas en algunas semanas. Ya en casa, un par de días después, abro el frasquito en donde yacen las primeras muelas extirpadas. Las tomo y aprieto el hueso: ya no duele. Hay una parte de mí fuera de mí. Algo que estuvo reclamando un lugar en mi cuerpo ahora es un espacio vacío al que mi lengua debe acostumbrarse, como tuvieron que hacerlo mis dedos cuando aquella mano también se fue.

Un lugar vacío no siempre está incompleto. El espacio que dejaron mis muelas y la mano que se fue no pide ser habitado: hay lugares que existen porque están vacíos. El espacio en blanco es la eterna posibilidad, el columpio inmóvil la latencia del juego y la casa abandonada el eco del pasado. La ausencia es lo que mantiene con vida a los espacios solos.

Perder algo no siempre significa que vendrá algo en su lugar. No se trata de llenar el espacio vacío con la presunción de que siempre se ganará algo cuando se ha perdido otra cosa. Creo que, más bien, se trata de abrazar el vacío como un frío amable, como una cicatriz que -después de odiarla- aprendemos a acariciar. De cierta forma, todos hemos sido o somos un lugar vacío.

Irma Torregrosa.

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