A todos diles que sí, pero no les digas cuándo…

Para mis amigos, especialmente para Ana, que sintió mi furia en algún lugar del Estado de México de cuyo nombre no quiero acordarme.

Quería saber cómo demonios había llegado hasta ahí. En la cama de la hermana de un extraño, amigo de un amigo, en algún lugar del Estado de México, histérica, con mi tobillo a punto de estallar, la ropa con la que había andado todo el día por las calles de la gran Tenochtitlan, después de un concierto de The Killers y a punto de reventar de furia y frustración. ¿Cómo? ¿En qué momento? ¡¿Por qué Dios, por qué?! ¡Ah claro! Por no poder decir: NO.

¿Qué pasó? Básicamente después de turistear todo el día en la Ciudad de México con el tobillo torcido, y brincar en un concierto por horas, el amigo que nos estaba hospedando en su departamento nos avisó que estaba yendo por nosotros para ir a una fiesta. YO NO QUERÍA IR, estaba muerta y lo único que quería era descansar, pero todos los demás querían (o al menos eso dijeron) y consideraban una grosería negarse. Así que nos fuimos, ocho personas en un carro en el que cabían cuatro sólo para enterarnos, en ese momento mientras me mareaba en el asiento de atrás, que la fiesta era en el Estado de México y no íbamos a volver a dormir al departamento donde nos estábamos quedando.

Y este episodio que puede parecer tan insignificante, fue un parteaguas en mi vida, decidí que nunca más iba a hacer algo que realmente no quería. No me volvería a tragar mi opinión. Y no evitaría decir lo que siento, aunque fuera en contra de la opinión del resto del grupo.

Muchos de nosotros aprendimos a decir que sí cuando realmente queremos decir que no, por agradar, por quedar bien, por miedo a ofender, a herir. Aprendimos a temer que un NO lleve a la ruptura de una relación de amistad. Aprendimos a sacrificarnos y a dar respuestas ambiguas o evasivas en lugar de una rotunda negativa. Y a emplear frases como “ahorita”, “al ratito”, “déjame veo”, “lo checo y te aviso”, “tal vez más adelante” cuando lo que queríamos decir era ¡No!, ¡No!, ¡No!

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Y así  es como terminamos comiendo esa rebanada extra de pastel, haciendo parte del trabajo que no nos correspondía, quedándonos dos horas más en la fiesta, cuidado al gato del amigo, cenando en el restaurante que odiamos, viendo la peor película del año y tratando de “pasar un ratito” a las cinco reuniones a las que nos comprometimos.

Creo que soy honesta, quizá para los estándares yucatecos “me paso” y mis amigos siempre me lo recuerdan: “Preve es muy directa”. Considero que soy clara con lo que quiero, lo que me gusta y disgusta y no me da pena decirlo. Desde luego que algunas veces la presión social es más poderosa especialmente cuando todos están de acuerdo y tú tendrías que ser el/la que lleva la contraria.

Y ¿por qué no podemos decir que NO?

Hablando desde mi experiencia… por muchas cosas, primero el miedo a ofender al otro, a herir sus sentimientos y hacer sentir mal a un ser querido. Por otro lado la necesidad de agradar, de ser amado, de que todos piensen que somos “las personas más fáciles de llevar”, que somos “banda” y “buena onda”. Se vuelve tan difícil decir que no  que terminamos haciendo cosas que no queremos, por complacer o por no “meter relajo”. Y buscando no herir susceptibilidades dejamos de cuidar de la persona más importante en nuestras vidas: nosotros mismos.

¿Cuáles la importancia de saber decir que no? Poder hacer las cosas que queremos, establecer límites, evitar la frustración y la ira, para ser claros y asertivos y por supuesto más felices.

Desde luego que la palabra tiene muchas connotaciones negativas, relacionadas con el derrotismo, la prohibición, las limitantes. Los “no puedo”, “no debo”, “no está bien visto”, y que son curiosamente los que a menudo nos decimos y con mucha facilidad. Los NO que vienen del temor a intentar algo nuevo, a aceptar retos, a probar cosas, a atrevernos a algo que siempre hemos querido. Ninguno de estos es deseable en nuestras vidas.

También hay un punto medio, podemos ceder, conciliar, tomar turnos para elegir qué hacer el fin de semana, no hay por qué ser egoísta o querer que siempre se haga lo que nosotros decimos. Como todo en la vida, es una cuestión de estira y afloja. Pero también es válido no querer, por la razón que sea, simplemente no querer.

Y en mi opinión nos debemos como sociedad que el “sí” y el “no”, no se confundan. La claridad y los límites en las relaciones interpersonales es vital. Muchas veces caemos en juegos de “no hay que decir sí a la primera” y nos vemos en situaciones como “no me atreví a decir que no”, “le dije que sí pero no quería” o “dijo que no pero yo sabía que era que sí”.

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Y para decir que no, no tenemos que caer en la grosería. Me gustaría compartir algunos puntos:

  • Es un proceso. Si quieres ser más asertivo, esto llevará tiempo e iniciará poco a poco, con pequeñas cosas que no te causan tanta ansiedad.
  • La ansiedad es parte. El miedo a que la otra persona se moleste, o a lo que pueda pensar va a estar ahí, pero podemos darnos cuenta de que el negarnos a algo no necesariamente acaba con una relación o con el mundo.
  • Sé honesto sin explicar de más. No hay por qué dar mil explicaciones, ni tampoco hay por qué inventar nada,  soy de la opinión que la verdad es la mejor opción.
  • Saber de antemano qué cosas cruzan los límites. Hay cosas que no pueden ser negociadas y es bueno saber cuáles son. Conocernos y conocer nuestros límites. También hay que saber elegir las batallas y algunas veces hacemos cosas que no queremos porque la situación lo amerita.

Cuando aprendamos a decir que no, nos daremos cuenta de lo valioso que puede ser un verdadero sí.

Para finalizar quiero compartirles un  poema de Rupi Kaur

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Martha Preve

Mérida Yucatán a 26 de febrero de 2018

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2 pensamientos en “A todos diles que sí, pero no les digas cuándo…

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