Escribir los detalles más raros

Hay un ejercicio que me gusta realizar cada vez que imparto un taller de escritura creativa: el de ensayar las formas de contar los detalles más raros de nosotros mismos: vicios, manías, paranoias, ansiedades, rutinas y rituales. En fin, las fobias y filias que todos y todas tenemos. Por lo general, abundan narraciones relacionadas con no pisar las líneas de los mosaicos al caminar, con el miedo a un envenenamiento o con obsesiones de limpieza estrafalarias. Este viernes decidí someterme a mi propio ejercicio de escritura y quiero compartirles tres de mis resultados:

Finjo conversaciones telefónicas: Me he dado cuenta (confieso que antes lo ignoraba) de que en muchas ocasiones me llevo el celular al oído y pretendo ser parte de una llamada muy interesante. Esto sucede cuando no quiero saludar a una persona que he visto, previamente, a lo lejos; o cuando formo parte de un grupo de desconocidos (por ejemplo, en la fila de espera para comer en la fonda) y quiero evitar una charla por compromiso. En ocasiones únicamente me enfoco en repetir las muletillas orales más comunes de un intercambio telefónico; sin embargo, en los episodios más extraños, hasta llego a dar instrucciones, discutir los pormenores de un viaje o contar un chisme. Esta manía tiene, todavía, una vuelta de tuerca aún más rara: me ha pasado que ya no estoy en ningún lugar concurrido o he logrado esquivar a un individuo indeseable y yo, en mi plena soledad, sigo inmerso en la conversación fantasma.

Cuando ligo, averiguo la importancia del ejercicio: Me gusta hacer ejercicio, cuidar mi alimentación y balancear mis actividades. No obstante, me genera mucha inseguridad estar rodeado de personas que se obsesionan por las calorías que ingieren y/o queman. Me gustan los hombres que se preocupan por su cuerpo, pero no los que se ocupan más de él que por ser personas inteligentes, interesantes y despiertas. Por lo anterior, cuando estoy en una plática introductoria con un chico (por WhatsApp, Messenger o cualquier aplicación de ligue) y me preguntan “¿qué haces?” yo respondo “aquí, un poco cansado, decidiendo entre ir al gimnasio o ver una serie”. Es un truco muy efectivo para mí. Si el susodicho responde algo más inclinado al gimnasio, puede ser que únicamente busque conocerme por mi físico (que no es nada del otro mundo) y pues ahí se acaba todo mi interés. Ya sé que parezco monje tibetano, pero después de casi dos años de intentar ese tipo de soltería, comprobé que a mí NO se me da ese tipo de intercambios. Ahora bien, si se inclina por la serie, tal vez pueda considerar si la vemos juntos.

Cuando manejo solo, doy clase. Sí, así como se lee. También lo hago cuando me baño (y no está mi roomie en el departamento). Hablo de literatura, de ortografía, de filosofía. Me auto-explico puntos clave sobre algún tema en específico o repaso los contenidos de alguna clase, ponencia o trabajo que esté preparando en ese momento. Creo que esto se relaciona con el hecho de que, en la secundaria y la prepa, estudiaba para mis exámenes así: hacía un repaso en papel de todo el contenido del periodo (tenía que caber toda la información en una sola página) y lo repasaba en voz alta, pero “enseñándolo” a mis fantasmas. Cuando esté en Mérida y mi madre me preste su coche, pueden encontrarme en algún semáforo en rojo cantando o dando clase a personas imaginarias. Así de normal. Luego me pregunto por qué me gusta tanto dar clases y por qué creo que me sale bien: mucho tiempo de práctica.

Que tengan bonito viernes.

Mérida, 23 de febrero 2018.

David Loría Araujo.

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s