Atrévase a ser del montón

Para mis amigas psicólogas que tanto aportan a mi vida.

Recientemente leí un libro de terapia cognitiva que una amiga me recomendó: “Sentirse bien” de David D. Burns. Aunque no soy psicóloga, las psicólogas me rodean. Así que leo todo escrito, tratado, tesis y biografía que llega a mis manos y que puede ser comprendido por una mortal como yo.

El libro me encantó, sin embargo el título de un capítulo me sacó de onda “Dare to be average” o “Atrévase a ser promedio”. ¿Cómo un psiquiatra anda por ahí promoviendo la mediocridad? ¡Qué escándalo! Después de leerlo comprendí qué es lo que Burns está tratando de decir en este capítulo tan aparentemente derrotista (la palabra dominguera del día).

Lo que él propone, es que no tenemos que ser los número uno en TODO lo que hagamos, y que en este mundo de “overachievers”* es realmente un acto de valentía atreverse a ser “del montón” y estar en paz con la idea de no ser perfecto siempre.

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El mundo actual nos ejerce muchísima presión para ser perfectos en toda actividad en la que decidamos incursionar y muchas veces esa presión nos lleva a no disfrutar lo que hacemos, y tener poca o nula tolerancia a la frustración.

A continuación les contaré tres historias: la del piano, la de la pastorela y la de la clase de danza aérea.

La del pianoaverage 2

Aunque usted no lo crea tomé diez años de clases de piano, y después de un comentario muy acertado “para llevar diez años tomando clases no eres muy buena” (¡gracias cuate!) dejé de intentar tocar en público (y con público me refiero a mis amigos en la sala de mi casa). Me empezó a generar ansiedad y pánico escénico tocar para alguien, quien fuera. Y necesitaba tener mucha confianza con la persona para dejar que me escuche. Sentía que no era lo suficientemente buena, y me generaba estrés pensar que si iba a algún lugar donde había un piano me iban a pedir que tocara algo. Las expectativas de la gente: “ella toca el piano”, “es pianista”, “tócanos alguna canción”; y los comentarios: “qué maravilla”, “nunca lo dejes”, “Fulanita toca de oído cualquier canción que le tararees”, “¿te sabes la de Claro de luna?”, sólo alimentaban mi pánico. Así que por mucho tiempo tuve sentimientos encontrados hacia el instrumento. Fue este invierno que logré reconciliarme con él, en realidad NO soy pianista, por lo general no puedo sacar nada de oído, no practico ocho horas al día y aunque puedo leer música, me cuesta muchísimo trabajo. Pero me encanta, me relaja, es un pasatiempo genial cuando tengo que esperar a mis amigos (que nunca llegan a tiempo a jugar dominó) y disfruto tocando las tres o cuatro canciones que recuerdo.

La de la pastorelaaverage 3

La primera obra que escribí fue una pastorela en inglés, nunca había escrito nada antes y sentía que no sabía ni por dónde empezar. Por la mañana iba a la biblioteca y escribía sin parar y por la noche leía lo escrito y sentía que todo era una gran porquería. Finalmente la obra se terminó, se ensayó, se puso en escena y el público que asistió se río de principio a fin. Sin embargo yo me sentí bastante incompetente en todo momento. Fue hasta que mi roomie me dijo: “Para que a alguien le premien la décima obra, tuvo que haber habido una primera”, que decidí no ser tan dura conmigo misma. Después de todo era la primera vez que lo hacía.

La de la clase de danza aérea

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Gracias a mi amiga y su academia de danza he tomado algunas clases de danza aérea, creo que tengo la gracia de un chango columpiándose por la selva gritando, (porque además tengo miedo a las alturas) pero la clase me fascina, y no, no tengo la elasticidad de mis compañeras las que tomaron ballet toda la vida, ni la fuerza de las que asisten al gimnasio con regularidad. Hay cosas que me toman diez intentos y que algunas de mis compañeras hacen a la primera pero la clase me hace feliz, lo mucho o poco que logro hacer, y los pequeños avances que tengo me hacen sentir orgullosa.

Lo que aprendí fue que las cosas llevan tiempo, que hay que lanzarse aunque no nos sintamos del todo preparados, que admitir que no eres el mejor o nada bueno en algo no refleja tu valor como persona y a poder disfrutar del proceso de aprendizaje sin querer correr hacia la meta.

Toco el piano porque me gusta y ahora entiendo que no tengo que ser la gran pianista, aunque haya tomado diez años de clases. Estoy aprendiendo a escribir… haciéndolo. No creo ser la mejor, pero por algún lado se empieza. Y la danza me hace feliz, no me comparo, brinco de felicidad con mis logros y aplaudo los logros de mis compañeras.

Me reconcilié con la idea de que no tengo que ser la mejor, de que mi comida no siempre será la más deliciosa, mi fiesta la más divertida, ni mi obra la más aclamada. Estoy aprendiendo a disfrutar del proceso y no centrar toda mi atención en el producto final. No estoy promoviendo el rendirse o hacer las cosas a medias, sino el gozar el camino que tomamos para llegar.

Hay cosas que se nos dan naturalmente, con las que llegamos a la excelencia y es muy fácil sentirse bien con ellas. Hay cosas que hacemos porque nos gustan, porque nos dan placer y no porque estemos buscando ser los mejores del mundo. Y hay cosas que no hacemos por miedo: al fracaso, al qué dirán, a fallar, a no ser perfectos. El eliminar esas expectativas elimina la presión y eso puede incluso llevar a que lo hagamos mejor.

¿Quién nos metió la idea de tener que ser siempre el número uno?

Atrévase a ser del montón.

 

*One who strives for various degrees of near perfection. (Persona que busca un grado cercano a la perfección)

Martha Lorena Preve Ayora

Mérida Yucatán a 12 de febrero de 2018.

 

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