Enfermos los amados | Real fantasía

I

Dicen que el viento se lleva a las palabras, qué dicha sería. En mí las palabras no se resbalan, sino que empuñan.
He tratado de escribir poesía. Ingenuo bisoño, sin saber entonces que en el lenguaje del corazón no hay verso que penetre con el dolor de ensueño de un amor perdido. No hay rima o ritmo que dé la pauta sutil de una mirada enamorada, o se asimile a una lágrima de agonía, o a un escalofrío desmedido. No hay nota o armonía que igualen la melodía lúgubre de una noche de llanto, o de risa febril. De las que salen disparadas, porque la mente llega a confundir tanta amargura. No hay sinestesia precisa, o hipérbole capaz.
El amor es el que nos repulsa con puntería finísima. Es el recordatorio de un primitivismo penoso, de un molesto descontrol ácido e hirviente. Son las venas encendidas al concepto de un sentimiento descompuesto. Porque saber amar, es concebir que la vida enamorado es una atomización de compuestos sintéticos y ridículos.

II

Sin embargo, en el recuento de tragedias, dramas y comedias hay una adecuada alternancia a lo que en su lugar sería un sendero gris, monótono y hastiado. Hay momentos en los que se gustaría detener el mundo propio, y quedarse suspendido en esa emoción efímera que se resbala entre los dedos, y se pierde en la niebla del tiempo. Porque estamos malditos con la misma capacidad de ser tan estúpidos como podemos amar. Y porque la verdadera enfermedad que acongoja el alma, no es el egoísmo. Es el amor.

III

Tan frío como el lugar más recóndito del infinito espacio, incluso más intenso que la imagen más bella y endulzada de la faz. El amor es de las adiciones la más peligrosa, porque nadie ha diseñado un remedio contra el corazón partido en mil pedazos. No hay cura para un alma que pierde propósito. Las secuelas monocromáticas y degradadas en un marco simplista deterioran más y más su contenido hasta haber succionado todo su color, y contenido. Es un paso en falso. Un lugar del que no se busca la entrada, pero una vez dentro, la salida está sellada. Poder amar es también saber sentirse intensamente, y descifrar los códigos invisibles inscritos en la vida misma. Quien niega la existencia del amor, es porque está bendito con la dicha de no saberse enamorado, de no encontrar poema de soledad indemne, y de nunca bailar al son de las furiosas ventiscas algunos sonidos que no son palabras.

IV

Antes de haber amado, la imagen del amor parecía tan cercana. Tan dulce y tan cálida, como el regreso a un hogar lejano. Pero una vez dentro del páramo taciturno de tal maldición irónica, se realiza uno como el histrión caricato más bufo del anfiteatro.

V

Lo que daría cualquier anciano por tener la edad de un novicio, por regresar a pipiolo para presuntamente vivir todo de nuevo. Parece ser amigos míos, que la pasión se humilla con el paso de los años, y se esconde bajo los mantos tan tristes de un corazón domado por la agonía. Pues justo es, lo que daría cualquier desalmado por renunciar al amor embrutecedor, porque de cuota se lleva al alma misma a los recónditos horizontes de un vacío inexplorado. No regresaríamos a nenes por diversión, sino para poder explotar correctamente el corazón. Lo que nadie dice, es que la perdición última es saberse en ese abismo.

VI

Por último, la soledad es, sin lugar a dudas, la adjunción más sincera de una inteligencia auténtica. Un maleficio ineludible, un nube grisácea que se arrastra. A quien la mutación biológica y el camino de la vida han brindado una mente brillante, está en un azaroso destino fúnebre de vivir una vida de miserable, de soledad. Pero ahí la broma trascendente, que es de las más intensas y por las que vale la gran pena existir. Soledad no es amor. Saberse amado, no es saberse solo. Felicidad, esa otra cosa será.

I

La fantasía no tiene cabida en el plano de lo real, dicen algunos desdichados. Enuncian sentencias como jueces mismos del universo, como si ellos hubieran creado de sus propias manos la materia y modificaran la energía a su merced dudoso. Se creen dueños de la verdad, mientras la naturaleza se idealiza y traduce sola, una y otra vez, de modo más y más moroso. Presumen una exactitud que ellos mismos han inventado, y se hunden en su soberbia como los cuerpos muertos de unos animales vendados arrojados a un revoltoso río. Han decidido correcto y acertado un empirísmo tan crédulo, que incluso ellos se han olvidado de su mortalidad tan limitada ¿Cuándo se darán cuenta que su ciencia es tan fantasía como mi poesía, cuándo sabrán que sus números y formas son otras traducciones de un corazón aferrándose a su desesperación por conocerse a sí mismos, por entenderse fuera de sí?

II

La fantasía es un rosa de tono preciso, elegante y marcada como la estrella más virtuosa del volátil universo. Una ficción será mentira hasta donde nosotros dudemos de ella, porque real ya la ha vuelto nuestra mente. Una quimera colérica en sentimientos perfeccionados, y elevados a su potencia más sublime, será siempre mejor que una evocación a un recuerdo plomizo y vulgar. Que si el mundo no viviera de sueños, ¿de qué entonces se formaría al mundo? Preferiría existir entonces en una fantasía, saborear los sonidos más vibrantes, y escuchar los aromas más tersos y delicados que todavía no han existido. De posibilidad no se piensa cuando uno sueña, porque sus límites están inscritos en la variable incalculable, en el recurso inagotable, de nuestra alma.

 

Continúa otro día…

-E.R.M.

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