Y yo que quería ser Benjamin Button

Tomamos vino y comimos pastel. Y por prudencia, nadie mencionó que esta era la tercera vez que Alicia cumplía veintiocho años.

En septiembre de 2015 me mudé a Nueva York para estudiar un diplomado en actuación. En ese momento tenía veintinueve años y la mayoría de mis compañeros estaban entre los dieciocho y los veinticuatro. Uno de los primeros días de clase tuve uno de esos encuentros casuales que te cambian la vida. En el elevador del edificio me encontré a una compañera que había conocido en el curso de inducción y me dijo: “¿Cómo te está yendo en las clases?” Yo le contesté que todos mis compañeros se veían muy amables pero que me sorprendió descubrir la diferencia de edades. “Pues ¿cuántos años tienes?” me preguntó; y al enterarse de mi edad respondió: “¡¿QUÉ?! Pero ¡si estás muy bonita!

(Inserte aquí el emoticono de shock de su preferencia)

     Su comentario, que supongo tenía la intención de ser un cumplido, me dejó estupefacta (te reto a usar esta palabra en una oración el día de hoy). Ella no comprendía cómo podía “verme bien” y tener cerca de treinta años.

Claro, porque no se puede ser bella y tener treinta años. Porque juventud y belleza van de la mano. Porque la belleza es indirectamente proporcional a la edad (a más edad, menos belleza). Porque los llamados “signos del envejecimiento” son indeseables, detestables y terroríficos.

Entonces me acordé de la primera vez que me salió una arruga en la frente, y que después de mucho contemplarla en el espejo decidí que mi corte necesitaba un fleco (¡qué ganas de no verte nunca más, arruga del mal!) Me acordé también de todos los momentos en los que alguna persona pensó que yo tenía cinco años menos de los que tengo (¡gracias, Dios! ¡Todavía me quedan unos años buenos antes de caducar!). De mi compañera Fulanita, quien oculta su edad; de Sotanita que me dijo: “Martha, deja de decir cuántos años tienes o la gente va a deducir cuántos tengo yo”; de la señora que regañó a su hijo después de que el pequeño interactuó conmigo: “Es de mala educación preguntarle a una mujer su edad”; y de aquella ocasión que asistí por tercera vez al cumpleaños número 28 de mi amiga Alicia, y todos fingimos demencia.

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     ¿Cuándo concluimos que preguntar a una mujer su edad es una grosería, y que decirla abiertamente es un escándalo?

     ¿En qué momento me vendieron la idea de que debía ser eternamente joven, de buscar ante todo permanecer viéndome como adolescente? Y, sobre todo: ¿por qué la compré?

     Resolví que, dentro de las cosas que me causan estrés y ansiedad (el metro, la renta, las ratas y el clima) definitivamente no estaría mi edad.

     Así que me uní a la cruzada “Sintámonos Orgullosos de Nuestra Edad”. Y ahí andaba yo, dando mi cátedra a diestra y siniestra: – ¡Vengan y escuchen todos! ¡No tema envejecer y diga su edad con gusto! –  Y cada interacción con un extraño en algún bar terminaba más o menos en algo como:

– No, no me importa que me preguntes mi edad.

– …

– La edad no debe ser algo por lo cual avergonzarse.

– …

– Gracias, pero no creo que decirme que me veo muy joven o muy bien para mi edad sea un cumplido.

– …

– Porque verme exactamente de mi edad o mayor no debe ser algo malo.

– …

– ¡Espera! ¿A dónde vas? No te di mi número…

Entonces me di cuenta de que tampoco quiero estar forzando a las personas que me rodean a cambiar su forma de pensar; ni convencer a mis amigas de tirar a la basura su crema contra arrugas de 600 pesos, sobre todo cuando vivimos en una sociedad que rinde culto a la juventud, y que da valor de acuerdo con el aspecto físico. Pero quisiera platicarles algunas conclusiones a las que llegué y con las que he podido reconciliarme con el inevitable paso del tiempo:envejecer 3

 Estoy en contra de los productos anti-edad. Llámenlos como quieran: anti-edad, anti-arrugas, anti-signos del envejecimiento. Básicamente promueven lo mismo, algo que es ANTI-NATURAL. Me molesta su nombre y las campañas que usan para promoverlos. El ser humano cambia, evoluciona y sí, envejece. ¿Por qué estamos promoviendo algo que va en contra de un proceso natural? Y que, además, causa ansiedad en los hombres y mujeres que sienten la presión social de no mostrar esos llamados “signos del envejecimiento”.

 Creo que podemos aceptar y abrazar nuestra edad: En un momento dado se vuelve incómodo decir “el número”. He escuchado a personas de veintinueve años decir: “Ya soy un viejo”. La edad no es una fecha de caducidad, ni un secreto vergonzoso, ni tiene por qué determinar en qué momento de nuestra vida deberíamos estar, o si estamos demasiado grandes para hacer las cosas que nos gustan (o quizá me sirve de consuelo cuando pienso que mis padres me siguen ayudando económicamente).

 Verse más joven no es un cumplido. Porque implicaría que lo opuesto es algo malo o indeseable. Tenemos en la cabeza una idea preconcebida de cómo deben verse las personas a cierta edad. Si alguien se ve más joven, es algo positivo; y si alguien se ve más grande (comparando con la imagen que tenemos en la cabeza) entonces es algo negativo. Pero ¿por qué?

 ¿Qué hay detrás del miedo a envejecer? Si miramos más profundamente, ¿no será quizá que tememos ya no ser bellos o deseables para los demás? ¿Acaso nuestro valor está en nuestro físico? ¿Es que tenemos miedo a la muerte? (En lo personal, más miedo me inspira la vida). 

¿Será que no queremos que el reflejo en el espejo nos recuerde la inevitable cuenta regresiva para lograr el futuro que anhelamos?

     ¿Qué pasaría si redefiniéramos nuestro concepto de belleza y apreciáramos cada mancha, cada cana y cada arruga? ¿Es acaso algo tan inconcebible? Porque, sin duda, NADA bueno sale de querer ser joven por siempre. Sino le creen a una servidora, ahí tienen al empedernido* Dorian y a su retrato en el ático.

*¡Otra palabra dominguera!

Martha Lorena Preve Ayora.

Mérida Yucatán a 5 de Febrero de 2018.envejecer 4

 

 

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Un pensamiento en “Y yo que quería ser Benjamin Button

  1. “que los 29 te duren hasta los 35”: comentario real de un machín a una feminista. Lo divertido está en que estamos ante un cambio demográfico y seremos más viejitos que jóvenes.

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