Para tratar de sobreponernos al miedo, se crean historias

Querido Elefante:

Son las cuatro de la madrugada, no puedo dormir. Todos están durmiendo y yo llevo mirando el techo desde hace ya mucho rato. Justo es el tipo de noches cuando tengo el valor de levantarme, tomar mi cuaderno del librero y ponerme a escribir antes de que la luz entrando por mi ventana me dé una buena excusa para volver a postergar las cosas que quedan por decir.

También puede ser que simplemente tomé el cuaderno porque fue lo primero que se me ocurrió. Cualquier cosa con tal de que se me fueran las ganas de salir corriendo, todo porque a estas horas ya no se debe perturbar la paz. Y porque no quiero empezar a pensar otra vez. No en la forma que lo he hecho toda la semana. Llevo dándole vueltas a este texto y esta temporada hace ya bastante tiempo.

Quiero que sepas que mi insomnio no tiene nombre ni apellido y que mi falta de sueño no es por falta de paz, ese tipo de masoquismo lo dejé hace ya varios años. Aunque para algunos eso signifique el insomnio, para mí no es más que una forma más en la cual la vida se ríe de mí y que a pesar de los años aparentemente no se cansa del chiste. Sin embargo, atrapada en la noche, y de manera un poco irónica, no sé exactamente por qué, ahora entiendo perfectamente a las personas que se paralizan. No son falta de ganas de moverse, sino impotencia de no poder hacerlo. Sentarse frente a una hoja en blanco, querer escribir y no escribir al mismo tiempo.

Nunca me había pasado, generalmente mi instinto es huir lo más rápido posible, pero últimamente no he podido hacerlo. Aquí sigo, escribiendo sin saber exactamente por qué lo hago.

Me dijeron que tenía que aprender a dominar mis impulsos, pero en lugar de eso creo que desarrollé unos que no conocía, unos que me obligan a quedarme.

Hay cosas que una vez que se prueban no se dejan ir tan fácil, así es escribir en esta sala, así es dejar un poquito de tu esencia impregnada en palabras.

Estoy sentada ahora en mi cuarto después de una hora de dar vueltas en mi cama, aún no puedo dormir.

Me pregunto lo que has de estar pensando de mí, me pregunto lo que dirán de nosotros, me preguntó si hablarán de esto mañana por la noche mientras toman una copa de vino o un café. Apuesto que nunca lo sabré.

El elefante nunca ha sido un espacio para respuestas, generalmente lo único que encontramos son preguntas. Ser un motor para impulsar el pensamiento es un honor pero también es una responsabilidad.

Te escribo el día de hoy porque prometí hacerlo, porque haciendo honor a los impulsos de aislamiento, que me avergüenzo de tener, te he evitado aún más que al silencio. A él ya aprendí a callarlo.

Te escribo porque nuestra historia colectiva está repleta de ideas y sentimientos que no se han compartido por miedo al que dirán. En tantas ocasiones me han dicho “me encantaría que cuentes esta historia, me gustaría compartirla pero no puedo”. Nuestra condición humana y social, en la mayoría de los casos, no nos deja compartir nuestras historias por el miedo a ser vulnerables.

Querido lector, te pido que por favor en esta temporada no intentes descubrir de qué hablo, es probable que esto haya sido escrito hace meses, días o tal vez años atrás. No intentes atar cabos sueltos o hacer líneas del tiempo, no hay.

En honor a lo que vale la pena compartir, a partir de hoy cada semana los domingos se contará una historia con individuos, personajes, productos de la escritura creativa y de la experiencia humana, basados en las vivencias colectivas que se han experimentado y compartido conmigo a lo largo de la vida. Éstas serán combinadas con ficción tomando prestados personajes de grandes clásicos literarios y del cine para contar esas historias. Esto con la finalidad de fomentar la libertad de contar esas cosas que si tuvieran fecha, nombre y apellido jamás verían la luz.

Así que hazte un favor y renuncia a la caza de brujas y a adivinar de quién se habla, porque las historias aquí contadas no están hechas para ser hiladas, están escritas para esos momentos en los que necesitamos sentir que alguien ahí afuera comprende y tal vez comparte las luces y oscuridades que no estamos listos para decir en voz alta.

Querido elefante, a ti te escribo porque sé que escuchas, lees y no pretendes comprender. No todos los textos buscan ser comprendidos, algunos sólo buscan hacernos sentir. Las palabras emanan emociones tan complejas como los mismos individuos.

Al menos espero que tú por habernos presenciado iniciar, caer, crecer y levantarnos en tus páginas, comprendas. Tú, nos has permitido darnos un poco a los demás. Aquí todos nos hemos expuesto y casi siempre ha valido la pena.

“That visibility which makes us most vulnerable is that which also is the source of our greatest strength.” – Audre Lorde

Lau Bates.

3 de febrero de 2018, Guadalajara, México.

SPOILER ALERT para el próximo domingo:

“They were careless people, Tom and Daisy—they smashed up things and creatures and then retreated back into their money or their vast carelessness or whatever it was that kept them together, and let other people clean up the mess they had made….”

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