Días desnaturalizados: un feminismo diferente.

Entender lo social es un desafío tan complejo como extenso, va más allá de comprender nuestro sistema político, nuestro capital cultural, nuestro devenir histórico, y el universo que concentra lo individual.

Lo social es una infinidad de esferas relacionadas entre sí, imposible de pincelar a lo naturalista. Incluso en esos limitados rubros, tendríamos que escoger una delimitación del espacio y el tiempo específica que no es muestra de nuestro gigante universo. Pero ¿quién no ha tonteado tardes enteras tratando de domar un momento específico, y se ha rendido ante la dificultad de encapsular algo tan fugaz?

Son sin duda aquellos audaces quienes pasan a la historia como grandes pensadores, que se dan por meta tal ambición: el entender algo. Describir lo que sea, puede parecer un ejercicio sencillo. Pero armaríamos extensos estudios de decenas de tomos tratando de hacerlo con cualquier cosa.

Sea el amor, la arena, o el mar, he llegado a cuenta de que cuando creemos entender algo es cuando más perdidos estamos, pues solo en la humildad de admitir nuestra ignorancia está el verdadero conocimiento. Tratarla como enemiga, cuando en realidad solo en ella puede tener cobijo nuestra verdad, tendría que ser algo absurdo. La empatía parece ser el nuevo continente que espero algún día podamos llegar a descubrir como sociedad. Si nos remontamos a los clásicos, sabré que en realidad no sé nada en lo absoluto, pues dependo de mis egoístas experiencias y entendimiento limitado para concebir cualquier cosa. Es verdad que pese a lo fatalista de lo anterior, no es una lucha vacía. Porque nuestra cotidianidad se encuentra en un dinamismo casi perverso, un caos de revoltijos que abruman a todo quien se percate de ellos. Admitiré que pocas veces he tratado de concebir cuántas realidades coexisten en el mundo en un solo segundo, porque tal ejercicio resulta aterrador. Sin embargo dentro de ese grosero anarquismo, tenemos un pequeño martillo que ayuda a forjar este sueño pesado. Sí, tenemos fuerza en nuestras pequeñas manos. Tenemos poder para ser valientes ante el miedo de lo incomprensible. Ya después, sepamos que para poder construir hay que entender.

Últimamente dejo atrás las etiquetas escuetas y reduccionistas, llámese feminista o joven, mexicano o social-demócrata, para tratar de entenderme como persona en mi sociedad. Pienso que basado en esas dos proposiciones singulares, debo dejar también el concepto de persona atrás porque –válgase el lector de la redundancia–, tal definición es personal. Si endentemos a lo trascendente desde los ojos kantianos, sabremos también que lo social es tal vez lo más difícil de explicar. Y desde mis intereses específicos y agendados, tal vez todavía más.

Tales realizaciones me han llevado a cuestionarme qué estoy diciendo cuando presumo luchar por la igualdad de género, porque me valgo también de valorizar tal contienda por arriba de otras que a mi sorpresa son igual de relevantes. Y digo sorpresa no porque no supiera nada del racismo o la violencia doméstica, la moderna esclavitud o la cruel globalización, la injusta pobreza o el corrupto sistema de organización político –por mencionar irresponsablemente algunos de miles–, sino porque si nos trataremos de sumergir un poco dentro de cada cual, todos estaríamos manifestándonos por algo. Sin embargo, a los problemas de la civilización contemporánea, los he podido entender mejor a base de lo que llamamos estudios de género, que al final de cuentas son un ejercicio tan filosófico como político. Creo humildemente, a esta fecha y desde la comodidad de mi privilegio, que son las esferas de lo político y lo filosófico las que encierran a todas las demás –económica, cultural, científica, social, de la salud, y la psique–.

Los pasados meses he estado en constante lucha con mi propia persona. Llamarme feminista hoy encierra un significado demasiado diverso. Las reacciones de las personas dependen, no de cómo interpreto y practico en mi vida el feminismo, sino de lo que cada quien asume que es. Lo que podría suponer un diálogo constructivo y revelador comúnmente se vuelve una salvaje lucha de quién tiene la razón. Es por eso que desde Bourdieu, un ilustre antropólogo y sociólogo del siglo pasado, he encontrado un fundamento filosófico y  un correcto uso del lenguaje para entender mejor mi forma de ver el mundo y la historia.

Cabe subrayar antes, que hay miles de formas de entenderlo y vivirlo [el feminismo], y tal vez ese sea su problema más grave. Podemos partir todos de que el feminismo supone la igualdad humana entre los sexos, y también de los géneros. El problema es que el ejercicio de tal lucha es tan subjetivo que despierta incluso confrontaciones violentas entre militantes. Uso a propósito este último adjetivo porque hoy aparece como una doctrina limitante, más que un movimiento de liberación –entre la posverdad que figura el feminismo en el discurso circulante de la sociedad–. Parece que la gente hoy toma al feminismo como sinónimo de irreverencia y rebeldía. Yo creo que es más una corriente de pensamiento profunda y con enorme potencial. Llevo años siendo feminista, y haber leído hasta hace poco a Bourdieu afirma la existencia de tal problemática dentro del feminismo. Me lleva entonces a querer difundir los siguientes puntos para que algún otro feminista me contradiga, me insulte, y con esto me ayude a entenderlo mejor.

Expondré reducidamente algunos puntos fundamentales del pensamiento de Bourdieu. Lo primero que hay que entender es la acción de la reflexividad, que delimita mejor el campo de validez de una idea, y también clarifica los apoyos normativos de nuestras intervenciones. Esto es, entender cómo nuestras ideas son válidas en un lugar específico y restringido, son parte de un todo mucho más extenso. Puedo creer entender lo que supone ser un hombre basado en el concepto que encierra mi tiempo y cultura, y también apunto a una definición de lo que quiero que un hombre sea, sobre las mismas variables. Ortega y Gasset lo llama “yo y mis circunstancias”, pero la concepción misma del yo se dictamina también por mi tiempo, sea en Freud o en Hegel, mi alma o espíritu, mi psique o ego. La forma de entender el todo y a nosotros mismos es una esencia mucho más exógena que interna, es artificial y moldeable. No es establecer que el Hypokeimenon (Substancia en Locke, Noúmeno en Kant) desaparece, sino reconocer que su interpretación se va de nuestras manos en el momento en el que nos arrojan a este mundo –aunque Sartre nos haría reconocer también que tenemos una libertad inherente, queramos o no, para asumir las anteriores condiciones desde una visión crítica, y es menester hacerlo–.

Siendo así, desde Bourdieu, el pensamiento tiene condiciones históricas de posibilidad, por lo cual las nociones que se utilizan tienen consecuencias sobre la manera de hacer teoría. Aunque sería difícil imaginar el boom de los estudios de género en el siglo XVIII, donde Judith Butler sería más bruja que teórica, el contexto de la época habría impedido que Olympe de Gouges hablara sobre la dominación masculina con la severidad que hoy usa el feminismo. Podría parecer obvio, pero cuestionar el sentido común hoy en día es un ejercicio necesario. Habría que deslindarnos de lo hierático que supone nuestro contexto, quitar la genuflexión arbitraria hacia un sistema que perpetúa lo absurdo. Esto incluye las micro-agresiones y la violencia simbólica, que sepámoslo: pasan desapercibidas en casi todos los casos. Es menester notar también que reconocer el devenir histórico de nuestra cosmovisión acuña valorar nuestros avances y apreciar el progreso de la libertad. Bourdieu nos acerca a entender que la historia se ha construido a base de dicotomías, sean: capitalistas y marxistas, bolcheviques y mencheviques, hembristas y machistas, franceses e ingleses, indígenas y españoles, blanco y negro, buenos y malos, mujeres y hombres. Habría que tratar que nuestro pensamiento pueda trascender más allá de todo lo anterior, tomando en cuenta que vivimos bajo un habitus: una estructura estructurada y estructurable, propia de los agentes sociales. Estamos ignorando una escala de grises que impide entender la realidad de mucha gente, y también se lo impide a ellos.

Luego, llamamos Habitus todo sistema de disposiciones sometido a experiencias, y transformado por ellas. Pensar en términos de Habitus es hacerlo en términos de disposiciones, que desde Bourdieu, son tendencias ligadas a la socialización, que suelen imponerse de manera no consciente al individuo. Es innegable que existen estructuras, pero comprender que son generadas por una concepción excluyente, de diferenciación a partir del otro, de una otredad discriminatoria, es el verdadero reto. Con el Habitus definido llegamos a la segunda parte de nuestra idea. Tratemos ahora de introducir el campo como un sistema de relaciones que forma un microcosmos dentro del macrocosmos. Podría ser el campo de la moda, del deporte, de la iglesia. Son los diferentes ambientes en los que nos desarrollamos, que como explica Bourdieu, se valen de reglas y metas específicas. Y redefiniendo una idea de Marx, explica Bourdieu que el capital está distribuido en el centro del campo, entre dominantes y dominados. La distribución desigual del capital define la estructura del campo. Son en sí, estrategias de conservación y de subversión. Un bagaje cultural elevado me dará el capital necesario dentro de un club de lectura (un campo) para emitir una opinión relevante. Un conocimiento profundo de mi sociedad me dará el capital preciso como funcionario (campo) para realizar políticas públicas efectivas. Con estos últimos ejemplos llegamos al final de nuestra ecuación: la combinación de nuestro Habitus con cualquier campo resultará, positiva o negativamente, en prácticas. Es entonces preciso reconocer que lo que entendemos como natural, es solo una ilusión efímera y dependiente de muchísimas otras cosas. Y bajo esto, saber que hoy toca desnaturalizar esas arbitrariedades. [Todo lo anterior, palabras más, palabras menos, de Marta Lamas]

Sé que los párrafos anteriores son confusos, pueden parecer aburridos, y hasta cierto punto irrelevantes. También son el punto clave de lo que mi mente ha tratado de comprender durante mucho tiempo. Estos puntos constructivistas, críticos, y estructuralistas encierran la descripción casi perfecta del quehacer humano. Habitus + campo = práctica, resume un punto fundamental de la humanidad. Nadie es persona sin su cultura, ni hay la última sin sus personas. Todos somos una mezcla de legados que nos trascienden, desde el más hombre hasta la más mujer. Sí podemos creer que poseemos una esencia compartida y universal, pero hay que comprender que su significado podemos dotarlo de lo que seea. No podría diferenciarme de algo con lo que no comparto nada. Entender lo anterior nos hace iluminarnos de que somos diferentes entre géneros, edades o razas, pero iguales como seres humanos finitos y bellísimos. [Marta Lamas]

Un/a feminista que reconozca lo anterior entendería que el hombre al que demoniza por sus prácticas machistas está también sumergido en un orden simbólico de alienación. Es la expresión máxima de la enfermedad que anuncia Erich Fromm, una enajenación total. Por el contrario, parece que la agenda del pseudo-feminismo está más concentrada en incendiar falos y apedrear al enemigo con violencia absurda.

Creo que el feminismo sería más eficaz unificandose por esta lucha, hacer entender que todos sangramos rojo al herirnos, lloramos al oír un nocturno de Chopin, suspiramos frente a un atardecer onírico o sufrimos por una pérdida cercana. Shakespeare advierte en Julio César lo mismo que Jesús en la Biblia, la vanidad es la perdición última, el reconocimiento lo que Hegel llama el espíritu del pueblo, es la cura primera. Resolvemos matemáticas, construimos máquinas, programamos artificios, descubrimos nuevos horizontes, pero no terminamos de entender que nuestra alma es una dividida en muchas, pero entrelazada por algo más grande que el dinero o la materia.

También, entender esto es saber también que el género, el sexo, nuestra concepción del cuerpo y visión del mundo mediante él son conceptos fluidos, dinámicos a través del tiempo. Si explicaremos a Bourdieu en vez de atacar con odio, tal vez nuestra lucha tendría un poco más de respeto. #Opinión

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