El privilegio de «saber qué pedo»

Para Regina Carrillo, porque muchas de estas palabras son suyas.

El martes por la noche, a escasos días de que este espacio virtual volviera a entrar en funciones, tuve ganas de no volver a escribir nada por aquí. Me enteré de que una persona muy cercana a mí había sido juzgada por mis publicaciones en esta Sala.

El Elefante en la Sala ya ha sido objeto de censuras parroquiales, de habladurías familiares y de crítica en otros blogs contestatarios (y declaradamente ‘anti-feministas’) que pretenden hacernos pleito cuando, sinceramente, no buscamos tal cosa. ¡Ah sí! ¿Cómo olvidarlo? Una vez me dejaron un comentario astrológico en el que predecían la muerte de mis progenitores y me amenazaban para que me callara. A todxs aquellxs, quienes nos desean mal, unas pocas palabras: gracias por leernos.

Aun así, aunque con más alegría, El Elefante… ha sido citado en congresos de psicología y leído en talleres de creación literaria, ha removido conciencias y conmovido corazones de nuestrxs lectorxs y de sus familias. Con mucho orgullo, esta sala ha sido altavoz, refugio y oasis para muchas personas que también han escrito aquí como invitadxs.

En los primeros días de enero, antes de volver a la Ciudad de México, el papá de Lau Bates nos dijo a mí y a Monse: “no dejen morir El Elefante, no saben lo grande que es el proyecto que tienen”. Pues bien, gracias a esas palabras y a muchas otras, vinimos y venimos con todo. Ahora con nuevos integrantes pocamadre y otros ya viejitxs que seguiremos dando lata. ¿Que si nos da miedo escribir lo que pensamos? Claro que sí, pero el miedo es un impulso y no un freno. Y si en algún momento sientes incomprensión, frustración o coraje, aquí tienes un espacio, hermanx.


Ahora bien, aquí la reflexión de hoy. El pasado mes de diciembre tuve la oportunidad, gracias a la valiosa insistencia de mis mejores amigos, de asistir a un concierto en Mérida. En el escenario había un guitarrista que estaba MUY guapo y yo decidí, en mi plena libertad, chiflarle y hacer alharacas (no sé chiflar) para recordarle su hermosura. Estaba yo disfrutando de un cantante sudamericano al son de “y dale alegría, alegría a mi corazón” cuando alguien, en la fila de adelante, decidió voltearme a ver de una forma despectiva debido a mi destacada expresión de deseo homosexual.

Guardé la anécdota, pero luego me decidí a sacarla del cajón en un mal momento, un almuerzo con mi familia en el que todxs habían tenido un pésimo día. Mis papás no me defendieron. Dijeron que no exagerara, que seguro había sido una reacción ante mi grito y que no tenía que hacer escándalo al respecto (porque mencioné que escribiría sobre ello). Yo, como se podrán imaginar, hice un drama. Un drama grande. No podía comprender cómo, después de tantos años de estar fuera del clóset con mi familia y de compartirles todas mis ideas sin reserva, habían respondido de tal forma.

Mi mamá me dijo, angustiada: “así son las cosas, David, no todos van a pensar como tú, ¿por qué te obstinas en cambiarlas?” Yo la miré con una mirada que hace tiempo no se formaba en mi rostro. Porque sí. Porque no tendría sentido despertarme todos los días, preparar una clase, leer mucho, escribir más, si no quisiera y pudiera cambiar las cosas. Mi papá me dijo que no era posible que le diera tanta importancia y que no podía responder así por cada persona que me mirara feo. Yo estaba decepcionado. Adriana, por su parte, me miró con la paciencia que la caracteriza: al parecer, ella entendía algo que en ese momento yo no podía ver.

Escribí whatsapps, hice llamadas, mandé notas de voz muy alterado. Nadie comprendía la MAGNITUD de mi problema: me miraron feo por ser gay. En Mérida. Hasta que alguien me respondió con un balde de agua fría:

1474013009_973829_1474026907_sumario_normalMe hizo entrar en razón de que yo, desde mi entendimiento, desde mi falsa ultra-avanzada (porque sigo siendo más conservador de lo que me gusta admitir) también estaba siendo injusto con quienes no piensan exactamente como yo. Hoy puedo decir que constantemente olvido, desde los diferentes espacios en los que me expreso (un blog, un podcast, un posgrado o hasta una comida familiar común y corriente) y desde mis otros privilegios (el de ser hombre, sobre todo) que las otras personas (en este caso mis padres) también dan pasos muy grandes y, en ocasiones, los mido con el mismo flexómetro con el que calculo los míos.

Saber qué onda con los temas de género o articular un discurso feminista en mi vida también me ha puesto en una posición privilegiada. Estar al tanto de los debates contemporáneos sobre consentimiento, brechas, diversidades o lenguaje incluyente me ha llevado a convertirme en policía del género o a juzgar todo desde un lugar “informado” que no es más que otro de los tantos espacios de privilegio que podemos ocupar sin darnos cuenta. Esto puede cegarnos y hacernos pensar que todas las personas tienen que actuar como nosotros, escudarnos en el “por eso estamos como estamos”, sentir que “nadie nos entiende”, considerar que esto es una “carrera” de entendimiento y estamos “más avanzados” o satanizar a quienes, por sus actitudes o mentalidades conservadoras, no toman las mismas decisiones que nosotros. ¡Ah, sí, y creer que uno no se equivoca ni da pasos en falso!

Tengo que practicar el recordar que las demás personas también tienen un proceso. Y que este proceso, como todos los andares, implica pasos de diversa índole, hacia atrás y hacia adelante, hacia la izquierda y la derecha. Conlleva dudas, replanteamientos, obstáculos, miedos e impulsos diferentes. Si mi discurso aleja, ¿cómo abrirme espacio en el diálogo? SIEMPRE, aunque estudiemos un doctorado en literatura, demos clase de psicología, nos dediquemos a la psicoterapia posmoderna, trabajemos en un instituto de equidad de género o seamos Martha Lamas, la realidad material que habitamos nos exige, primero, los retos de la paciencia, la gratitud y la comprensión. Aprender a conciliar, eso. 

 

Adriana ya lo había entendido en el almuerzo y yo no: no hay que olvidar que las personas que nos apoyan a veces ven un poquito más allá de nuestra lucha y pueden aconsejarnos y ayudarnos a discriminar en cuáles batallas vale la pena involucrarse.

 

Los pasos hacia atrás también son prueba de que estamos caminando.

David Loría Araujo

Ciudad de México a 2 de febrero 2018.

 

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