El manual de la víctima perfecta

Alguna vez alguien me dijo que no parecía una víctima de violencia sexual.
Y no me molestó, pero me dolió en lo profundo: no era el comentario – para nada mal intencionado- sino el reconocimiento del estereotipo que me hizo callar tanto tiempo como a otras cientos de personas en situaciones similares. No ser ni siquiera la “víctima ideal”.

Creemos saber quiénes son y pueden ser víctimas: como si tuviéramos un poder y derecho especial para decidir sobre el dolor, el impacto y la forma de sobrellevar un episodio traumático que en principio, no nos tocó vivir y mucho menos entonces, tendríamos que juzgar. Así, con dos palabras y una mirada, minimizamos historias y descalificamos a sus personajes.

¿Es acaso que existe un manual para ser la víctima perfecta en vez de uno para prevenir serlo?

Después de campañas como #MeToo, la denuncia pública contra Aziz Ansari y la condena de Larry Nassar por el abuso sexual de gimnastas estadounidenses, son más las interrogantes y los retos que quedan para la sociedad que para los sistemas de justicia. Aun y cuando, las y los funcionarios públicos han quedado mucho a deber por la falta de sensibilidad y violencia institucional que “ofrecen” en la atención a delitos sexuales[1], ello tiene su raíz en que antes de ser autoridades son personas.

Personas que como tú y yo somos parte de una sociedad que ha impedido la prevención, persecución y sanción de los delitos sexuales a través de la reproducción de estereotipos que cuestionan la integridad, vida personal y pruebas de la víctima.

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En cuanto a la prevención, todavía nos cuesta hablar de sexo y las situaciones previas a éste, las enfermedades de transmisión sexual y los embarazos no deseados. En pleno 2018, tenemos miedo de poner los temas sobre la mesa por estar frente a personas “muy jóvenes” y “que se podrían adelantar”. Sin embargo, la imposibilidad de hablar, preguntar y tener posiciones certeras sobre lo que se puede hacer o no con nuestros cuerpos e incluso, dejar que otros y otras hagan con él; se vuelve fundamental desde temprana edad, cuando eres menos consciente de lo que está bien y está mal (o aún empiezas a aprender la diferencia).

Sí, a veces sabes que algo no está del todo bien, pero no tienes elementos suficientes para considerar que es malo y entonces, crees que el error lo cometes tú.

Aquí es donde puedo comprender a la chica del caso Aziz Ansari. ¿Estamos seguras que frente a alguien que nos gusta podríamos decir “ya no”, o nos sentiríamos demasiado avergonzadas y trataríamos de convencernos continuar con algo que no queremos? ¿Podemos decir “no” aunque seas tú quien dio el primer paso? ¿Si no empuja, no llora ni grita que la suelte, estamos hablando de consentimiento tácito?

Aunado a estas dudas tan simples como reconocer y aceptar hasta dónde quiere llegar una persona con otra, se encuentran las relaciones de confianza que suelen trazar las y los agresores con sus víctimas.

En principio, la mayoría de las víctimas de violencia sexual no denunciamos y mucho menos, hablamos de eso: la revictimización es gratis, personal y no tiene horario de “atención al cliente”. Por tanto, cuando a ello le agregamos que el acto ha sido en manos de alguien que queremos, admiramos y confiamos; deseamos seguir pensando que es un malentendido o bien, reconociendo que ha sucedido, tememos por nuestro futuro, la posición de nuestra familia y amistades al respecto o las consecuencias positivas que traería en contraposición a las negativas.

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Un ejemplo claro de lo anterior, son las cerca de 200 gimnastas que durante mucho tiempo creyeron en el “tratamiento médico” de Larry Nassar. Desgraciadamente, tuvo que pasar más de una década para que las víctimas pudieran hablar y ser escuchadas, pues se cuentan como cómplices del silencio entrenadorxs y directivos del más alto nivel de USA Gymnastics.

Ante este panorama, ¿y si somos las víctimas las que no queremos hablar? ¿Ya seremos perfectas?

La columna de Julissa Mantilla Falcón[2] sobre las mujeres víctimas de delitos sexuales en Colombia podría parecer la muestra de un grupo de mujeres violentadas que no se ponen de acuerdo sobre sus derechos, pero no. Volvemos al mismo punto y problema que nos ha convertido más en víctimas que en sobrevivientes: el dicho, decisión y facultad de la sociedad para determinar cuándo estamos listas para hablar, qué es lo necesario en nuestro relato y cómo debimos de haber reaccionado antes, durante y después del suceso.

Para ser las sobrevivientes con las que tanto fuera empática la jueza Aquilina necesitaremos apertura todos y todas para dialogar y educarnos sobre el consentimiento, las diversas formas de abuso y violencia sexual, las relaciones personales y/o sexuales sanas y responsables, la manera de reaccionar ante un episodio así y aprender a leer las señales que permitan identificar víctimas y agresorxs…Y eso sí, estar dispuestxs a escuchar sin contar los días en el calendario o requerir evidencia y también, respetar el silencio de quienes decidan no estar listas para hablar o enfrentar a su agresor en el sistema de justicia.

Mientras tanto, podemos empezar desmintiendo las creencias: no existe manual ni víctima perfecta.

-Monse.

 

[1] Definitivamente, esto no podría ser una generalización, puesto que sí existen autoridades preocupadas por la correcta impartición de justicia, así como la defensa y respeto de los derechos humanos, particularmente frente a víctimas de violencia sexual.

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