EL PEDO DE SER POETA

Kurt Cobain se suicidó, Gustavo Cerati falleció por sobredosis, John Lennon fue asesinado, Frida Kahlo sufrió de 32 operaciones a lo largo de su vida y Vincent Van Gogh… se cortó la oreja.

En resumen, es un pedo ser poeta… o escritor, músico, pintor. En general, para todo aquel que se considera “artista” por el simple hecho de crear. Y lo es porque, dentro de este proceso creativo no solo se ven involucradas las ideas, sino también los sentimientos y experiencias. Me parece algo indudable el hecho de que los poetas (con esta palabra englobaré a todos los rubros del artista: escritor, músico, pintor, etc.), de alguna u otra forma viven de tal manera que lo bueno y malo son ámbitos en constante ambivalencia, mientras ellos, como poetas que son, transforman los términos en gloria y tragedia.

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Sin irnos demasiado lejos, ¿qué pasa con el poeta cotidiano? Aquel que no es famoso/a sino que simplemente vive creando textos, poemas, canciones, pinturas o diseños por amor al arte. Lo más probable es que no termine mutilando ninguna parte de su cuerpo, pero lo curioso es que su manera de ver la vida es sumamente intensa o, en términos menos atemorizantes, apasionada.

El poeta vive su ambivalencia en todo momento y bajo el mismo nivel de intensidad. Puede despertarse un día y encontrarse con el arte al mirar por la ventana, escuchar una canción en su auto yendo al trabajo mientras observa a la gente caminar o incluso en un mensaje sorpresivo por What’sApp; de la misma manera, podría teñir su día de gris si algo que esperaba con ansias se cae de último momento, cuando ha tenido una pésima jornada laboral o si, ¿por qué no?, aquel esperado What’sApp no resulta conforme a las expectativas o incluso la respuesta es un silencio sepulcral (no answer is also an answer).

Sea la moción que sea, todo es una motivación para la creación. El poeta visualizará en cualquier vivencia un lienzo perfecto. Transforma el inocuo momento con los audífonos puestos y la canción perfecta sonando en la escena de una película, la de su vida. Convertirá la última ocasión en la que recibió una sonrisa especial en una canción. Se sentará a escribir en su computadora cómo su última ruptura sentimental se asemejó al sismo ocurrido en septiembre en la CDMX.

Es excesivamente fácil para el poeta sentirse incomprendido. Por un lado ya que no lo rige la lógica ni la practicidad; por otro, no cualquiera es empático con su arte. El poeta vive bajo una ley desoladora pero real: “What is bad for the heart, is good for the art”. En muchas ocasiones, lo que más alimenta su alma es la tragedia de su vida: un evento desafortunado, una separación inesperada, una muerte sorpresiva, o sencillamente, el vacío existencial de no hallarse en este mundo.

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A pesar de ello, el poeta tiene la bellísima habilidad de transformar cada fragmento de tiempo en metáfora, analogía o parábola. Dotan a los sucesos de simbolismos e identidad, lo cual provee de significado a todo momento, y por lo tanto, un empoderamiento cabrón cuando se trata de contar su propia historia. Porque claro, su vida es una historia conformada de historias más pequeñas. He ahí otra de sus grandes virtudes, está obsesionado con nutrir a su existencia de experiencias que después serán anécdotas para contar, sean buenas o malas. Esto los lleva a tomar riesgos, aventarse, lanzarse al vacío sin paracaídas. Y es sumamente notable, porque a pesar de caer en la temeridad de tener todas las de perder, de recibir un rotundo “NO” o incluso ser despreciados por aquellos o aquellas víctimas de su arte, son solo las decisiones más arriesgadas las que crean las mejores historias.

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Estas son algunas de sus prerrogativas. Sienten y viven de manera más intensa, lo que los lleva a hacer cosas impensables. A veces verdaderas proezas. En ocasiones obras extraordinarias para algunos pero dolorosas para otros. O simplemente, una vida tan auténticamente vivida que merece la pena ser recordada.

Algo es seguro, los poetas siempre dejan huella, quien se haya topado con alguno en su vida lo sabrá, pero no son infalibles. Llegar a conocerlos a fondo toma tiempo, porque no se abren a cualquiera. Ganarse su confianza es, literalmente, tocar su arte, porque una vez que entras a su vida, serás parte de su obra. Y aunque a veces tengan pinta de mamones, excéntricos, soberbios o ermitaños, es solo un método de defensa frente a un mundo desenfrenado.

Es un pedo ser poeta, se los cuenta un escritor exasperado, fulminado últimamente por la pregunta: ¿qué quiero hacer con mi vida? De primera mano les cuento que cargar con esta mirada atípica y el tormento que supone dotar a todo de sentido es, como diría Fito Páez, “la parte más pesada”. Aunado a esto, vivir apasionadamente (la única forma que concibo) y el haber dejado a un lado los cálculos y estrategias, especialmente cuando se trata de conocer e interactuar con otros seres humanos, valen la resaca sentimental.

Está muy padre ser poeta. Con todo y las profundas decepciones, fracasos y heridas. Así como las más extrañas y emocionantes historias cotidianas. Al final, ¿qué sería de la vida sin música, pinturas, poemas o textos en blogs? La más aburrida e inevitable intrascendencia.

 

Gallo Molina

Nos leemos en Twitter: @gallo_molina 

 

 

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