El cuerpo tiene memoria

Durante más de un año, escribí en este espacio párrafos cada vez más profundos. Desnudé complejos, resentimientos y temores. Creo, sinceramente, que uno no puede sanar si no utiliza sus talentos para auto-apoyarse. Me debo este texto desde hace tiempo. No he publicado nada en varias semanas porque las palabras que conforman lo que estás a punto de leer han estado atoradas en mi garganta como un nudo, por muchos años. Como dice Laura, “nuestros silencios son reflejo de nuestros vacíos”. Pero llega el tiempo: los nudos se desatan y provocan los gritos y los textos más profundos.

Así sucede, también, con la memoria. Un día, cuando creemos que todo está en orden, abrimos un cajón y encontramos una fotografía; probamos un platillo que evoca imágenes del pasado o volvemos a entrever una mirada que no sabemos a dónde nos lleva, pero nos hace retroceder y retroceder. El cuerpo tiene memoria. En él se escriben, se incorporan, todas las palabras. El recuerdo se activa como un gatillo, como un látigo, como un tren que se aproxima. Vienen como una avalancha de nieve que se hace cada vez más grande y amenaza con aplastarnos. Entonces sobrevienen los afectos, que no tienen figuras fijas ni formas reconocibles pero nos obligan a “unir los puntos”, a ensayar formas para narrarlos. ¿Que queda de los recuerdos, una vez que son narrados?

Voy a escribir y compartir esta historia antes de que pase más tiempo y los detalles que ahora recuerdo se pierdan. Lo que menos quiero es la re-victimización o el señalamiento de los culpables. El objetivo, entonces, es narrar como ejercicio liberador. No podría, aunque quisiera, recuperar los recuerdos tal y como sucedieron. Es MUY diferente captar este tipo de experiencias en el momento en el que pasaron, que quince años después. Pero como el cuerpo y la voz se tardan, a veces demasiado en poder hablar. Me tomaré, sin querer queriendo, algunas licencias creativas. Tal vez tú, como yo, hayas pasado por una experiencia similar.

Tenía yo entre 8 y 10 años. Es difícil elegir una fecha y una edad exacta, pero esa temporalidad es suficiente para los fines de este escrito. Mis abuelos vivían en una gran casona, a las afueras de la ciudad de Mérida. Para mí, ese lugar era enorme, con amplios jardines al fondo de la propiedad. Todos los sábados, algunos de sus nietos íbamos a visitar aquella casa. Pues bien, esto pasó con un familiar. No lo soñé, no lo inventé, no es producto de mis fantasías. Él tenía entre los 14 y los 15 años. La primera vez, los primeros roces, fueron en la regadera del baño. Yo no entendía bien qué estaba pasando. Al parecer, esta persona sí. Luego, la dinámica se volvió recurrente. La clandestinidad, el secreto y el temor de perder su confianza, me hicieron callar esto por mucho tiempo de mi infancia. Recuerdo que todo parecía un juego, pero yo regresaba a casa cargando una piedra más en la espalda. Recuerdo muchas noches de insomnio, mientras seguía en la primaria: no podía dormir porque quería correr y decirlo a mis papás. Un día, nos descubrieron. Yo sentí la PEOR culpa del mundo, pero también el MAYOR alivio. Fui a terapia por un tiempo y aprendí a dejarlo ir. Después de ese episodio, he vuelto a ver relativamente poco a este individuo.

Me atrevo a contar esto, con frases entrecortadas, porque últimamente me he dado cuenta de que no somos pocas las personas que hemos pasado por este tipo de experiencias. Maestrxs, primxs, abuelxs e incluso hermanxs aparecen en las historias más escabrosas. Hoy me es difícil calificar mi experiencia como “abuso”. Y ello se debe a que, después de unas primeras aproximaciones, yo reconozco que me recuerdo curioso, me recuerdo insistente, me confieso cómplice. Lo que sí es que ha marcado intensamente mi forma de relacionarme con las personas: mis desconfianzas, mis inseguridades, mis formas de vivir el deseo y el placer, mis culpas y castigos.

Por esto que les cuento, algunos años después, cuando mi entrenador de natación me dijo “¿Cuándo vienes al sauna conmigo?”, yo ya había aprendido a identificar ciertos peligros e hice todo por evitar cualquier contacto más allá de sus indicaciones de nado. No lo propuso una, ni dos veces. Insistió. Pocos meses después, dejé el equipo de natación. Pero hoy en día, me he enterado de varias personas que también estaban bajo su tutela y sí sufrieron de abuso sexual por parte de JLB. Una vez me lo encontré en otro deportivo, lo vi de lejos y fue realmente aterrador.

Lo digo de nuevo: cada vez somos más, queridxs amigxs. Cada día, más gente reconoce haber pasado por este tipo de experiencias que solo reiteran la necesidad de educarnos más y mejor con respecto a la sexualidad, el consentimiento y el deseo. Nadie nos enseña a desear, ni a lidiar con la culpa, ni a decir que no. Nadie enseña a lxs niñxs a hablar cuando pasan estas cosas. Al contrario, les escondemos estos temas, hablamos en códigos secretos sobre la sexualidad, lxs encerramos en una burbuja que la violencia puede romper en cualquier momento.

En fin, le debía estas líneas al niño que fui. Me disculpo si ha herido alguna susceptibilidad o ha abierto algún recuerdo desagradable. Perdamos el miedo a platicar de lo que el cuerpo recuerda, recuperemos el derecho de gritar el cuerpo en voz alta. 

Ciudad de México a 10/11/17

David Loría Araujo.

 

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Un pensamiento en “El cuerpo tiene memoria

  1. Y reescribamos la vida una y otra vez; que el recuerdo doloroso, culposo o bello sea un ingrediente que sume y no reste a nuestra experiencia de vida… ¿Qué queda de los recuerdos, una vez que son narrados? Creo que ellos mismos, esperados a ser narrados una y otra vez más.
    XOXO

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