EL DIOS QUE LUCHA POR MI FELICIDAD

Fragmentos de vivencias extraídas de los días 2 al 5 de noviembre del 2017.

 

Francamente, nunca he creído del todo en la idea de que Dios tenga planes específicos para nosotros; mejor dicho, creo que tiene un único plan que nos involucra a todos: la más pura felicidad. Sin embargo, estoy muy consciente de que la manera en la que nos guía a dicho plan es distinta para cada persona, e involucra diferentes planes, nuestros planes.

Este fin de semana viví una experiencia que se me había cruzado por la mente en varias ocasiones, pero que en esos momentos realmente no me hacía falta o simplemente no llamaba mi atención. No sé si los tiempos de Dios son perfectos, pero al menos para mis circunstancias actuales necesitaba de un apapacho especial, de esos que solo obtienes en una atmósfera en la cual se respira a Dios.

No puedo contarte la experiencia porque sería como arruinarte la película, pero sí puedo comentarte lo que descubrí. Nunca es tarde para regresar a los sitios donde alguna vez amamos la vida, aunque sea con personas y circunstancias completamente diferentes.

Siempre me ha causado admiración el tipo de felicidad que se vive en los espacios en los cuales contactamos con nuestra espiritualidad de manera especial. Hay algo en el ambiente, una sintonía que contagia y toca el corazón, lo cual provoca que te sientas íntimamente unido a tus prójimos en dichas experiencias, incluso aunque no los conozcas. Me di cuenta de lo hermoso que es ver en los demás sus propias relaciones con ese mismo Dios, el cual tiene la suficiente influencia como para reunirnos a todos en una casa por cuatro días (y en puente).

El llamado a acercarnos de nuevo nunca es literal sino poético. Se da en la prosa de la naturaleza, en los versos de un amigo o el drama de nuestra última tragedia. Sin importar el motivo, la felicidad de lo sencillo y el misterio de encontrarnos con nosotros mismos en una soledad insondable nos seduce hasta el punto de no poder decir “no”. Dios siempre gana.

Compartir los alimentos nunca es tan significativo como en esos momentos. La charla, las risas y saciar el hambre, cuestiones tan humanas, nos llenan más que el estómago, el alma. Tal vez sea porque no podemos distraernos con el celular que no traemos en el bolsillo, o puede ser parte del espíritu de Jesús que tantas veces se sentó a la mesa con seres humanos de toda índole: pobres, desposeídos, publicanos, ricos, pescadores, adúlteros y adúlteras.

Lo que se me dijo durante esta estancia tan ajena a mi realidad habitual no resultó algo nuevo para mí. Sin embargo, nunca está de más replantear lo que sabemos y colocarlo en “odres nuevos”. Refresqué mucho de lo que ya sabía y aprendí de ver cómo otros lo aplicaban a su propio contexto. Experimenté la gracia de poder servir de “traductor” ante ciertos conceptos o ideas y expresarlos desde mi vivencia. Iba con la idea de recibir todo lo que pudiera, y al final resultó que yo también tuve que darme de muchas maneras: escuchando, explicando, viviendo.

Existe una afinidad que solo encuentras en la apertura a lo desconocido. Generalmente cuando le abres lo brazos a Dios para rendirte ante el amor más puro, el incondicional de un padre que espera al hijo perdido, y que solito puede darse cuenta de que no hay vida que valga más que mantenerse enamorado de la santidad más humana: la fragilidad de quien cae constantemente, pero siempre se levanta. Le llamaron: perseverancia.

Después de estos cuatro días en el desierto más fértil, el del corazón, solo puedo decir que detenerse a mirar la vida desde el ángulo del proyecto más maravilloso que existe siempre nos transformará de alguna manera. La euforia se extinguirá, es inevitable, pero el amor siempre deja una marca que no se olvida.

Tendremos que ser como la Roca que se mantiene firme ante el agitado Mar de la vida o como el hombre que siempre mantiene su mirada puesta en ese galileo llamado Jesús, cuya vida incorruptible, sencilla y convencida nos mostró que la felicidad más pura se encuentra en el Dios del amor del que tanto le encantaba hablar, su Abba.

La historia de nuestra vida es una lucha constante por vivir la felicidad que parece solo encontrarse a través de estas vivencias. Pero cuando reconocemos que el Dios en el que creemos lucha todos los días junto a nosotros para vivirla, entendemos que su compañía nunca abandona, que su fe en nuestras decisiones es ciega y que su amor, experimentado gracias a la convivencia con otros y otras, hará de nuestro tiempo en este mundo un acto de profunda trascendencia.

 

Gallo Molina

Nos leemos en Twitter: @gallo_molina

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