Septiembre

Hace mucho que no escribía un Elefante. Recuerdo que al principio recomendaba una canción para acompañar la lectura. Esta vez, haré lo mismo: Caminar – Dani Martín

 

La alarma sísmica no sonó a tiempo. Nadie lo vio venir. Mucho menos yo, que andaba con los pies despegados del suelo. Sucedió en la misma fecha, o en mi caso, el mismo mes. Septiembre suele ser el comenzar de muchas cosas, y bien sabemos que cuando algo empieza es porque otra cosa termina. Pinche septiembre.

Por algo será que los temblores no tienen nombre. Llegan tan de pronto que no hay tiempo de nombrarlos. Son impredecibles, de súbito lo destruyen todo (bueno, casi todo).  Abruptos, irrumpen en la vida cotidiana de manera estrepitosa. Dejan agujeros en las paredes y calles, aunque a mí, en el estómago. Justamente hace un año, más o menos, David escribía un elefante sobre temblores:

“Aquí tiembla, a veces. Aquí mismo, en el “centro” del país (…) Pero existen algunos minutos, unos cuantos días, ciertas semanas, tal vez incluso dos o tres o doce meses, en los que la escala de Richter asciende. Aquí tiembla, a veces, en el centro de uno mismo”.

Esta semana tembló. En México. Y aquí dentro.

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Sacudió todo: rascacielos, casas, negocios, escuelas y corazones, incluido el mío. Cuando el epicentro es en uno mismo, se mueven nuestros más profundos cimientos. A veces nos destruyen por completo y es necesario reconstruirnos; otras veces nos dañan tanto que pensamos que ya nunca volveremos a ser iguales.

Después del fenómeno no entendemos del todo qué pasó. Es rápido, violento, abstracto. Reaccionamos, siempre con la sensación de que algo no anda bien. Inspeccionamos nuestros cuerpos y nos descubrimos completos, pero atrapados. Se hace difícil respirar, así como asimilar el vacío. Inmóviles, con varias losas encima que no nos permiten experimentar la liberta más básica, movernos; o la más catártica, ser nosotros mismos.

Literalmente, estamos en un agujero, y no es que no queramos salir, simplemente no podemos. La tristeza se apodera de uno y no lo suelta, igual que los alambres que rozan nuestras piernas. Resulta sofocante, agobiante, asfixiante. La cabeza da vueltas, repasa los sucesos una y otra vez pero, es imposible hallar culpa. De nuevo, los sismos son impredecibles.

Es en nuestro momento de dolor más álgido que entendemos que no durará para siempre, aunque poco importa, hemos perdido ya bastante. Sin embargo, ahí afuera hay quien sabe que dentro de los escombros en los que yacemos atrapados, aún hay vida.

Mexico Earthquake

Tu familia y amigos se convierten en brigadistas, rescatistas, paramédicos y soldados. Comienzan a remover las piedras, limpiar y picar, excavar buscando señales de vida que se traducen en abrazos, mensajes de ánimo y conversaciones empáticas. Te hablan a través de las grietas y escuchas. Aunque sientes que te quieres morir, debido al hecho de evitar la realidad, sabes que no puedes permitirte tal lujo. Respondes. Llegan a ti. Te salvan la puta vida.

Has sobrevivido al sismo Gallo, a uno de tantos, igual que aquellos y aquellas en Ciudad de México, Morelos, Puebla y Oaxaca. Tal vez no seas un héroe, pero tampoco te pones el traje de víctima. Simplemente te hiciste más fuerte, aprendiste un poco más, amaste de nuevo y mejor.

Viviste tu propia catástrofe mientras como mexicano lidiabas con otra. Paralelamente, fuiste testigo de la verdadera solidaridad humana gracias a las redes sociales y seres cercanos. Te tocó, animó, reconfortó. Entendiste que si los verdaderos afectados no estaban solos, tú tampoco. Y así como ellos, no te rendiste.

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Ahora, a ti y a México les toca caminar, reconstruir, avanzar. Y que septiembre no nos quite la ilusión, jamás.

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