De huracanes y temblores

Hoy en día, sábado 9 de septiembre de 2017, el verdadero elefante en la sala de este blog es el que sigue: ¿por qué la página web ha estado inactiva? ¿por qué nadie se ha dignado a publicar? ¿en dónde han estado lxs integrantes? Las respuestas son variadas y difusas: “Alimentar un sitio web no es nada fácil, se acaban las ideas”, “Estaré de viaje y no quiero tener el pendiente” y “No tengo tiempo, me programo para escribir y aun así no lo logro”, son las tres respuestas más populares en 100 Elefantes Dijeron.

A mí, las ganas y el tiempo para teclear, me sobran. Lo que ha sucedido es que me he puesto a reflexionar sobre cosas más complicadas, que todavía no tienen forma de expresarse con palabras. También me detuve porque no sé si todavía a alguien le importa lo que yo tenga o no tenga que decir. Además, haré una especie de justificación y/o llamada de auxilio: agosto fue un mes emocionalmente difícil. Nunca he tenido una depresión, pero estoy seguro de que el malestar, el desánimo y la tristeza inmensa que sentí estas semanas pudo haberse convertido en algo parecido a ella. Las razones sobran en estos párrafos.

Ahora estoy mejor. El temblor ha pasado. Aunque no lo crean, el día que más mal me sentía, Facebook me recordó que había pasado un año desde que publiqué “¿Qué hacer en caso de sismo?” en este mismo blog y donde dije, tal vez anticipándome a mis miedos, que “tanto el temblor como el refugio más cercano están, irremediablemente, en uno mismo”. Uno no sabe, nunca, para quién escribe. Uno no sabe, aún menos, quién es cuando escribe.

Así pues, el sismo —real y escalofriante— de este jueves y la amenaza de la tríada de huracanes que se avecina, han traído al Elefante de vuelta. Hacía falta que algunas aguas y placas geológicas de este sitio web se movieran. Vamos pensando en nuevos temas, diferentes enfoques y otras manos sobre el teclado.

Hace dos días, a las 23:49 horas, le dije a Joaquín —quien conducía hacia mi departamento sobre la Avenida Insurgentes— que había un sonido horrible que no nos dejaba escuchar a Los Claxons en la radio. Bajamos los cristales. “Es la alarma sísmica”, dijo él. Entonces vimos a la gente afuera de los edificios (habitacionales, bares, restaurantes y centros nocturnos). Nunca pensé que en verdad sucedería. Nos tocó el semáforo en rojo, al lado del metrobús Sonora o Chilpancingo, no recuerdo bien. El mundo se movió, como si por debajo de nosotros pasara una manada de elefantes. Los cables echaron chispas, los árboles se agitaron de un lado al otro, los señalamientos de tránsito zigzaguearon. Estaba muy asustado, pero reía nerviosamente.

Se detuvo. Pensé en Paty y en los gatos. En Alba, Jorge, Schlitter, Majos. Pensé en el roomie. Quise marcar pero las líneas estaban saturadas. Alexia (desde Mérida) escribió “Acaba de temblar aquí” en un grupo de WhatsApp. “¿CÓMO QUE EN MÉRIDA?” exclamé. Los rostros y escenarios posibles aumentaron. Había pasado menos de un minuto y llegaron mensajes de mis maestros, de mis amigos, de mi familia.

Y entonces, en medio del miedo, la serendipia. Joaquín lo dijo, pero eso permaneció en mi cabeza por toda la noche, dando vueltas: me enterneció el estupor colectivo, el instante de colectividad. Esos son los momentos. Eso me mueve. La comunidad que se forma tras un desastre, la emergencia de una burbuja de bienestar, de cerrar filas con las personas que están a tu lado. La certeza de que, en un mundo tan globalizado y a la vez tan desconectado, por algunos minutos, todxs sintamos lo mismo. 

Me gusta encontrar esos instantes del abrazo social. Esos que no pueden durar para siempre, pero que nos devuelven la fe en las personas. Tal vez, al finalizar el sismo, los grupos de personas que se preguntaron “¿estás bien?” se disolvieron: en taxis, entre los mensajes de su celular, en llamadas de emergencia. Las comunidades se evaporan, pero nos hacen ser humanos un poco más éticos. Imagínense si nos co-protegiéramos así de la violencia, de lo que sí depende —directamente—, de las personas. De lo que sí puede prevenirse. 

No tengo memorias del huracán Gilberto, que asoló la Península de Yucatán en 1988 y mucho menos del terremoto de 1985, que convirtió el entonces Distrito Federal en escombros. Pero sí guardo recuerdos del ciclón Isidoro, en 2002. Me acuerdo, por ejemplo, de que miraba por largas horas los cristales de las ventanas, que habían sido marcadas (por papá o mamá) con unas grandes “equis” hechas de cinta canela. Intentaba descubrir —se sabe que nunca he sido nada bueno para cuestiones científicas— cuál era la necesidad de encintar los cristales. Muchos años después, acertaría en que eran para que, en caso de romperse, el vidrio no se hiciera añicos.

También recuerdo que en esa época la gran casa de mis abuelos, una finca con un patio gigante en Tixkocob, Yucatán, se vino abajo. No sólo porque el agua que movió el huracán había arrasado con el techumbre de la panadería y los árboles de mango, aguacate, plátano o naranja, sino porque la humedad de la lluvia llegó a carcomer las relaciones entre esa familia. Los pleitos más fuertes entre mis tíos maternos se dieron en el contexto de ese tiempo sin luz eléctrica.

Ni modo, la vida era feliz porque habían suspendido las clases. A la luz de las velas comíamos sopa Nissin y resolvíamos los crucigramas del periódico. Mi primo Carlos se quedó por todo ese tiempo —para mí fue como un mes— en casa. Un día se nos acabaron los recortes del Diario de Yucatán y le pedí a Papá que nos hiciera un crucigrama. Nunca voy a olvidar que una de sus preguntas (cinco letras, vertical, empieza con “C” de casa) decía: “cosoa blancoa que sale en la cabezoa de los viejoes”. Mi papá es lo máximo. Recuerdo, sobre todo, a los vecinos en la calle, el apoyo mutuo, las solidaridades.

Me impresiona que, para compartir los afectos, tengamos que pasar por estos miedos relacionados con desastres naturales. Está bien, pasa el terremoto, se disuelven las comunidades emergentes pero, ¿dónde quedan las réplicas entre las personas? Los “¿Te sientes bien?”, “¿Te puedo ayudar en algo?” y “Me preocupas” nunca están de más, no sobran. Para mí, este blog es parte de un abrazo, de una réplica. Ha pasado casi año y medio desde su formación y me resisto a que se acabe, a ya no tener más este espacio para compartir mis temblores y huracanes. Bienvenidxs de vuelta, procuraremos compartir más, mucho y mejor.

¡Ah! Casi lo olvidaba: La respuesta del crucigrama es “CANOA”.

Ciudad de México a 9 de septiembre 2017

David Loría Araujo.

 

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