Bitácora veraniega

“Siempre consigues lo que te propones” y “A ti todo te sale bien” son dos frases que mucha gente me repite, pero no dejo que se me suban a la cabeza. Procuro estar siempre satisfecho con la consecución de mis metas, pero nunca conforme con sus alcances. Más bien yo diría que materializo lo que se me ocurre.

Hasta las ideas más locas pueden lograrse si se realizan con la planificación correcta, la creatividad despierta y la compañía adecuada. En mi caso, los planes suelen hacerse en papel, con diagramas, flechas y caligrafía redonda; la creatividad se alimenta visitando nuevos cafés, leyendo cuentos fantásticos o mientras me baño (y canto). Y la compañía, es frecuente que se conforme por mis amigos más cercanos, un grupo de gente que no tiene empacho por su autenticidad. La mayoría de las veces, la materialización de lo que imagino implica asumir el costo de un boleto de avión, mandar ese correo que por muchos días dejo en “borrador” o hacer una llamada telefónica para consultar con alguien que sabe cosas que yo desconozco (cómo llevar una sana práctica fiscal, cómo cobrar por mi trabajo, para qué sirve una factura). Lo que sé, lo comparto; lo que ignoro, lo pregunto.

IMG_3691Hoy, este Elefante consiste en hablar de lo que me cuesta más trabajo: reconocer mis logros. Aunque aparento ser una persona con aplomo y llevar a flor de piel las frases con las que comienza este texto, la realidad es que constantemente vuelvo a experimentar la angustia de sentirme pequeño, desorientado e inexperto después de conseguir lo que me proponía, como si ya tuviera activado un dispositivo para hacerme menos, el módem del auto-compadecimiento y el cable de la sobre-exigencia. Este ejercicio personal consiste en mandar esta actitud a la chingada y cacarear el huevo puesto. No es para nadie más que para mí, me servirá cuando, en los próximos días, me sienta impotente y haga memoria de las cosas por las que me partí la madre estos dos meses pasados.

En los últimos 61 días, durante los meses de julio y agosto, tuve la oportunidad para dedicar tiempo, esfuerzo y palabra a lo que más me gusta en la vida: enseñar. El formato fue muy variado: facilité clases, cursos, talleres. Fui profesor de verano en la Facultad de Ciencias Antropológicas de la UADY, di una asignatura sobre teorías del cuerpo y feminismos que se replicó en el Instituto Kanankil gracias al apapacho y la gestión de Rocío Chaveste y Papusa Molina. ¡Me parecía sumamente increíble estar en espacios seguros para hablar sobre empoderamiento del cuerpo o acerca de los derechos igualitarios! En el primero, compartí salón con más de 35 jóvenes estudiantes de comunicación, literatura, psicología, historia, entre otras disciplinas; en el segundo, con psicoterapeutas y también con personal del Instituto Municipal de la Mujer.

Impartí mi primer curso de escritura y redacción a un grupo de veinte jóvenes en el CEY – Comunidad Educativa de Yucatán. No podía estar más feliz de seleccionar contenidos, generar ejercicios y resolver dudas como ¿cuándo la palabra “aun” lleva tilde? o ¿es correcto decir ‘hubieron’ o ‘habían’? así como revisar estructuras de párrafo, estrategias para mejorar la comunicación escrita o enriquecer el vocabulario. Repliqué este curso para todo el personal (más de 40 personas) de Kukis by Maru junto con una sesión sobre la lectura como estilo de vida. ¿El mejor regalo? Las caras de emoción de los y las que compartieron el espacio de aprendizaje conmigo y se dejaron contagiar por la convicción de que todo es susceptible de leerse. 

¡Volví a dar clase en el Piaget! Fue sólo una suplencia de una semana, pero sentí que pisé base y recargué pilas; ofrecí un taller sobre Transfeminismos en el CESSEX; participé en Impacto Universitario, un programa de radio UADY bajo la conducción de la elocuente Dra. Alma Acuña; co-edité un libro (leí, corregí estilo, unifiqué formatos) sobre infancia, género y violencia en la literatura y otras áreas de estudio para la Universidad; entrevisté a una de las escritoras mexicanas que más respeto y admiro; también hablé de la importancia de saber contar una buena historia en uno de los episodios del podcast Padrecito Empresarial (aquí el link) junto a Maru Medina y Ricardo Ancona.

Del Taller en KbM y el podcast surgió un curso breve para emprendedores (Iniciadores) titulado De la idea al texto en el que no sólo evaluamos conocimientos básicos de ortografía, sino que pusimos en práctica estrategias para la redacción de textos profesionales e íntimos. Todas y todos (yo en primera fila) nos quedamos con ganas de más y los proyectos comenzaron a desdoblarse y crecer. A partir de ello, corregí la promesa e historia de una empresa de interiorismo y ofrecí un seminario intensivo (e intenso) sobre el uso del lenguaje incluyente a una empresa organizadora de eventos en Mérida. Con lo recabado, al menos, puedo decir con orgullo que YO estoy pagando mi certificado, título y cédula profesional de posgrado.

No todo fue trabajo, eso sí. Me eché un par de cervezas y uno que otro café con amigos entrañables. Me escapé con Adriana a un cenote y a desayunar. Tuve un par de citas que me convencieron de dos cosas: que nunca voy a volver a pedir perdón a NADIE por ser una persona INTENSA y que la gente (en Mérida, en CDMX, en todas partes) tiene TERROR de involucrarse, a dejarse sentir, a salir de su burbuja de individualismo y construir afectos positivos y placenteros. Tuve muchas ganas de llamarle a cierta persona para compartirle algunas de mis aventuras, pero me contuve por respeto y por prudencia.

También, me divertí como nunca en un viaje con mi familia a la Riviera Maya, una escapada con mis amigos a Mahahual (dudo cómo se escribe correctamente) y un viaje a Playa del Carmen que salió mejor de lo esperado. También, vale la pena decirlo por aquí, perdimos a un familiar increíble. Mi tío Luis era de esas personas cuya existencia te llenaba de tranquilidad nada más porque sí, de esos seres humanos que te hacen decir todo está bienLe dedicaré una publicación aparte, como merece. Porque mi escritura es lo mejor que puedo ofrecer a quienes más quiero.

Espera, David ¿y qué sigue?, ¿y la tesis de Maestría? Bueno, esa es OTRA historia. Está casi lista, pero la dejé descansar todas estas semanas. Había que dejarla cuajar como gelatina para revisarla con más calma en los días que vienen. Ningún texto escrito a la carrera sale bien. Así pues, comienzo el Doctorado en dos semanas. Las piernas me tiemblan y los nervios amenazan con apachurrarme, pero sólo se trata del joven (ya no tanto) neurótico que piensa lo peor con tal de protegerse de antemano. Ya lo conozco y me sé sus trucos. Ojalá que continúen Van a continuar los proyectos y el crecimiento académico, personal, económico y afectivo. Vamos bien, vamos avanzando. El David chingón puede más que el David desconfiado de sí mismo y seguirá descubriendo cómo hacerle para volver realidad las cosas que se le ocurren. 

¡Gracias por leer y dejar que me comparta un poquito más!

Nos seguimos leyendo,

Mérida Yucatán a 1 de agosto de 2017

David Loría Araujo.

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2 pensamientos en “Bitácora veraniega

  1. David no te conozco pero te descubrí hace tiempo por medio de este blog y tengo que confesar que soy tu fan. Te felicito por tus logros, que estoy segura seguirán multiplicándose. Me parece increíble que estés por comenzar tu doctorado, a echarle ganas, ánimo!!

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