Ponerse en juego

Hace un par de semanas leí una crítica (nada constructiva) en Facebook que me hizo cuestionarme sobre mi papel como persona interesada en los estudios de género. ¿Qué tanto compromiso tengo con la lucha que éstos proponen? ¿Cuántos riesgos quiero/puedo tomar con respecto a mi paradigma?

Considero sumamente necesario que como personas sepamos asumir nuestras contradicciones y enfrentar nuestros privilegios, pues nadie es 100% imparcial ni objetivo. Es preciso, como dice Marina Garcés, poner el cuerpo. Por esa razón decidí escribir este texto, nada fácil para mí. Aquí están, entonces, algunas de mis confesiones.

  1. Creo en la liberación del cuerpo y el empoderamiento de las prácticas sexuales, pero me cuesta mucho trabajo tener un intercambio sexual con alguien que no sea mi pareja estable o que esté encaminada a serlo. Me contengo, encuentro otras alternativas, pongo pretextos. Me da mucho miedo soltar mis miedos ante el encuentro con la desnudez del otro.
  2. Dediqué un año de mi vida a escribir una tesis sobre la representación de la gordura en la literatura, pero me aterra la idea de ser/estar gordo. Incluso, debo decir que me siento altamente presionado por el estereotipo corporal y mercantilizado del hombre-joven-gay con cuerpo de gimnasio, pero aun así, faltar un día al ejercicio me provoca culpa intensa.
  3. Me cohíbe mucho mi propio cuerpo. No me gusta ser tan velludo, ni tener las caderas anchas, ni tantos lunares. Le temo a mis tríceps flácidos, a mis grandes orejas, a mis tobillos saltones. LOS ABDOMINALES ME LASTIMAN EL CUELLO. La idea de mostrar o compartir mi cuerpo es un desafío siempre. Todo el tiempo vuelvo a sentirme como en un baño de piscina de la secundaria. Tal vez por eso me tomo fotos y las comparto. Sí, es probable que necesite esa validación para quererme más.
  4. Me considero feminista, pero amo profundamente el reggaetón, sin cegarme ante la misoginia y la violencia que muchas de sus letras proponen. Me considero feminista pero no tengo prácticas ecológicas: amo las fotocopias y siempre solicito al mesero un popote. Lo reconozco, mas no me enorgullece.
  5. Reconozco que toda mi vida estudié en una escuela privada y costosa, que diario iba en automóvil a la universidad pública y que cursé el posgrado en una de las instituciones educativas más caras del país. Eso no hace más o menos válida mi opinión, pero sí la sitúa en un espacio discursivo específico del cual no podré librarme al 100% aunque así lo deseara.
  6. A pesar de que mi salida del clóset tuvo algunos obstáculos, no representó un problema ni en mi casa, ni en mi trabajo, ni en la mayor parte de mis círculos sociales. Muchas personas no estuvieron de acuerdo con mi orientación sexual, pero aprendí que no me importaba un carajo lo que tuvieran que decir respecto a los deseos ni las prácticas de MI cuerpo. Sin embargo, esa indiferencia no fue gratuita: yo no estuve al borde del exilio, ni expuesto a la violencia física por mi orientación sexual.
  7. Creo en el lema “love is love” con el que se abanderan algunas luchas por la igualdad de los derechos de las personas LGBT. No obstante, tal como dice un amigo (ETM), me parece que es un discurso muy barato y mercantilizado para romantizar a las identidades “gay”. Hay que decirlo fuerte y claro: Yo soy tan GAY cuando amo a alguien y quiero tomarlo de la mano y casarme con él, como cuando no estoy enamorado particularmente de nadie.
  8. Soy católico, aunque he menguado mis prácticas religiosas. Me considero parte de una comunidad de personas que cree que otro mundo es posible a través de las palabras de un antiguo filósofo de Nazaret. Creo en la espiritualidad, en la trascendencia, en el amor como fuerza transformadora y formadora de comunidades. Y eso no me hace ni menos gay, ni menos radical, ni menos feminista, ni menos individuo comprometido.

En fin. Me sucede que, entre algunas personas soy el feminista radical y entre otras (la mayoría) el niño mustio y fresa que se cree intelectual. Me vale pepino la valoración de las personas que no saben escuchar. La máxima es la siguiente: no te dejes afectar por quien no sabe dialogar. Ahora bien. Después de escribir todo esto, considero una contradicción el sentirme obligado a escribirlo, como si tuviera que ampararme para decir lo que digo o pensar como pienso. Como si fuera necesario pedirle permiso a alguien para hablar de la diversidad, de los feminismos, de los cuerpos. Como si alguien tuviera la franquicia o el monopolio sobre estos temas.

fuck this shit

Conozco perfectamente de dónde proviene mi paradigma y soy el primero en sentirse inseguro de él, de cuestionarlo, de ponerse en juego. Mis contradicciones no son el motivo de mi orgullo, sino áreas de oportunidad gracias a las cuales seguir poniendo el cuerpo. Me aterra la confrontación violenta, pero me gusta el diálogo sincero entre quienes saben escuchar sin estar, al mismo tiempo, preparando una respuesta aplastante para su interlocutor.

Nos seguimos leyendo,

David Loría Araujo.

5 de julio 2017.

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