Esto me pasó en pleno 2017

Hoy no quiero escribirte sobre música, series de televisión o feminismos. Te voy a contar esta historia, para no perder la costumbre de redactar las cosas que nos pasan en la absurda ruleta de lo cotidiano.

Llegué a Mérida el lunes 29 de mayo. Durante el atribulado vuelo desde la Ciudad de México, hice una lista de los pendientes que debía atender al llegar. Uno de ellos consistía en la obtención un certificado médico, uno más de los requisitos para ser profesor de asignatura en la Universidad. Esa semana empezaba a dar clases y aun no había entregado el documento, por lo que, después de bajar mis tiliches en casa, me dirigí a una farmacia Similares y me senté en la sala de espera.

Una médico familiar, de nombre Beatriz, me atendió. En general fue muy amable, pero hubo algunos detalles que quisiera compartirte. Pagué los $45 pesos del certificado (una ganga que resultó ofensiva para mis amigos que estudian medicina) y la doctora comenzó con el interrogatorio acostumbrado: nombre completo, edad, tipo de sangre, alergias. —¿Fumas?, ¿bebes alcohol?, ¿consumes alguna droga? —Nunca he probado un cigarro de tabaco ni estado bajo el efecto de otra droga —respondí. —De vez en cuando sí bebo, agregué. —¿Te has hecho exámenes de VIH alguna vez? —Sí, todos negativos al momento. —¿Con qué frecuencia te los realizas? —Procuro hacerlo dos veces al año.

Beatriz me miró con desdén y preguntó con voz aporreada: —¿eres homosexual? Sorprendido por la pregunta, contesté a la defensiva: —Sí, lo soy. ¿Algún problema? Su respuesta me nubló el juicio: —Con razón te los realizas tan seguido. 

El chequeo médico prosiguió: la doctora anotó mi peso, mi estatura, me hizo pruebas de reflejos, me tomó la temperatura y la presión. Que los latidos de mi corazón estaban muy acelerados, dijo. Claro, con toda razón: yo estaba muy molesto.

Tras recibir el papel, decidí no quedarme callado. —Gracias doctora, pero déjeme hacerle un comentario. Tragué saliva. —No me lo tome a mal, pero se me hace muy feo que en su trato con el paciente, usted asocie directamente mi orientación sexual con la frecuencia con la que me realizo una prueba de salud. Me parece que tal estigma es obsoleto, discriminador y violento. Considero que todas las personas sexualmente activas deberían realizarse chequeos regulares: por higiene, por tranquilidad mental, por responsabilidad, por ética interpersonal. 

La doctora me miró consternada y se defendió de mi comentario con un argumento que la ayudó muy poco: —Pero David, ¡si yo estoy a favor de la diversidad! ¡Tengo muchos pacientes que se les nota que son gays y yo a todos los saludo de beso! 

En ese momento, yo ya estaba más allá del bien y el mal. Me explicó que ella estaba obligada a escribir en mi certificado mi orientación sexual pero que no lo había hecho, POR BUENA ONDA. Mencionó que algunas empresas se reservan el derecho de contratar personas homosexuales o con VIH por el riesgo que pueda haber en el trato a clientes o alumnos. Yo me imaginé dando clases y transmitiendo mi homosexualidad por medio de mis trazos en el pizarrón.

Pues sólo como sugerencia, puede ir considerando actualizar sus conocimientos con respecto al VIH, sus prejuicios me resultan demasiado ochenteros. Y entonces me solté con una perorata sobre las formas de contagio, los estigmas, las malas lecturas de la enfermedad, las estrategias de la medicina para patologizar nuestras identidades. En ningún momento quisiera cerrar los ojos ante las terroríficas estadísticas sobre el VIH en hombres que tienen sexo con otros hombres, no. Pero todas las personas merecemos respeto y un trato médico (aunque sea en el consultorio de una farmacia) libre de deshonras. Al final la doctora NO ENTENDIÓ NADA y dijo que hasta ella debía hacerse la prueba, porque “ya sabes cómo son los hombres y seguro mi esposo se acuesta con mucha prostituta”. 

Di las gracias, me aseguré de no despedirme de beso ni de apretón de manos y salí corriendo del consultorio, sólo para darme cuenta de que toda la sala de espera se había enterado de mi regaño. Mi madre, que me esperaba ahí, tenía una cara muy interesante.

Mérida, Yucatán a 9 de junio 2017.

David Loría.

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