Los malditos ciclos

Huayo, tu roomie, tiene una lavadora demasiado moderna para tu entendimiento.

Mientras te escribo esto, a escasos metros del aparato, la ropa de vueltas y hace sonidos misteriosos. Además, es una lavadora-secadora, y tiene diferentes modalidades para sus dos funciones. Llevas poco menos de cuatro meses viviendo aquí y todavía no comprendes qué tantas cosas puede hacer ese robotito, ni por qué a veces tarda tres, cuatro o cinco horas en finalizar sus labores. Bebes un café cargado. Te has levantado sin prisa de la cama y has decidido que no tienes ganas de ir al gimnasio y que, en vez de ello, escribirás con calma tu Elefante. Luego enviarás un par de correos, te darás un baño fresco y tomarás el camión a la Universidad.

Hoy es tu última clase en la Maestría en Letras Modernas. No puedes creer lo mucho que has aprendido estos dos años. Se dice muy fácil, pero cada uno de los cuatro semestres ha tenido altibajos cada vez más extremos. Has intentado casi toda la semana, en esa cabeza que nunca para, darle nombre al sentimiento que te habita. Es parecido a la tristeza, a la incertidumbre y a la satisfacción también. Estás seguro de haber dado el cien por ciento de tu esfuerzo, pero sabes que pudiste haberlo hecho mejor. Hasta hace dos años, en mayo 2015, esto era nada más un disparate, un sueño loco, una ilusión.

Han pasado 22 meses en chinga. Muchas páginas leídas, subrayadas, escritas, arrugadas, fotocopiadas, manchadas de café. Desde luego, hay cosas que ya cambiaron: regresar a Mérida se vuelve cada vez más difícil. Es verdad: es poca la gente que te extraña como a te gustaría. La vida no se va a detener por ti, recuerda que llevas 25 años aprendiendo que no eres el centro del mundo. Te has despedido de mucha gente en el camino: quienes dijeron adiós sin decir por qué, quienes dijeron por qué sin decir adiós, quienes no dijeron nada y sólo partieron. Te has intentado volver a enamorar. Abrir los brazos, bajar los cierres, quitar los candados. No ha sido suficiente, pero ha llegado gente muy valiosa. Has aprendido a defenderte cuando la gente quiere doblegar tu trabajo, tus ideas, tus valores y tu cuerpo. Sabes, ahora, que la soledad no es siempre una desventaja, que la lejanía no es un sufrimiento, que la independencia es muy cara y que no pasa nada si te das unos días de no hacer nada. Ah, y revisando fotos antiguas, te has dado cuenta de que la barba te sienta mejor que tu cara de bebé.

Desde luego, también hay cosas que siguen igual: eres muy egocéntrico, cambias de tema con una facilidad incomparable, te sigue irritando la gente oportunista que consigue lo que quiere sin mover un solo dedo o no se hace responsable de las cosas que suceden en su vida. Sigues acomplejado con muchas partes de tu cuerpo, eres un pésimo usuario del WhatsApp, te muestras muy tajante cuando alguien enseña sus true colors, no tienes ni la más mínima mentalidad empresarial. Pero, eso sí, no has dejado de ser un loco por los libros, de estar todo el tiempo en busca de nuevas historias, de llorar por cualquier cosa, de hacer drama por todo, de estar pendiente de los que más te importan, de tener hambre de enseñar y compartir lo que has aprendido. Y, para usar una frase de Paty, te sigue gustando la gente que da cariño en forma de comida: que hace una rica ensalada, que te invita un café a media tarde, que te invita a comer unos tacos sólo porque le da gusto platicar contigo. Eres un buen platicador, pero todavía te cuesta mucho trabajo aprender a escuchar.

Hay ciclos que comienzan o terminan sin que te des cuenta. Hay gente que llega sólo a decirte que todavía no, que sigas intentando, o que gracias por participar. Hay personas que reaparecen. Hay gente que vuelve para decir: regreso en un momento. Hay personas que existe y, sólo por el hecho de existir, te regalan mucha tranquilidad.

El domingo, dejaste los lentes verdes –esos lentes verdes- en un café de la Colonia Roma. No te diste cuenta hasta tres días después, como los tres años en los que te acompañaron. Aceptaste que, tal vez demasiado poéticamente, la pérdida representaba otro cierre para este ciclo. No obstante, en un ataque de nostalgia, decidiste googlear el número del café. Llamaste. Te contestó una chica llamada Pilar. Ahí estaban los lentes, te los guardarían. Ahora te preguntas si realmente quieres ir por ellos. O si es momento de soltar. Los ciclos, los malditos ciclos. 

La verdad es que nadie nos enseña a soltar. ¿Deberías regresar a Mérida?, ¿deberías quedarte por aquí un rato más?, ¿estudiar un doctorado?, ¿volver a trabajar?, ¿dejar de escribir en este blog?, ¿deberías hacer lo que deberías? Eres demasiado exigente contigo, David. Mucha gente ha podido ver, a través de estas letras y durante más de un año, las capas y los ciclos por los que has pasado: lavado, enjuague, centrifugado, secado. Es poco lo nuevo que puedes decir de ti, pero es mucho lo que todavía queda por cambiar.

David Loría Araujo.

Ciudad de México a 12 de mayo 2017.

 

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