Yucatán indiferente

Por Rene Ramírez.

A donde quiera que voy, ya sea una mesa de café común y corriente con amigos o conocidos e incluso una conferencia o actividad académica, las personas que viven en Yucatán o tienen conocimiento de esta entidad, hacen referencia a una tranquilidad intrínseca a esta tierra. Se hacen ejercicios nostálgicos del pasado y una conclusión presente con la típica frase local: “en Yucatán y/o Mérida no pasa nada”. Se perpetúa la premisa de vivir en un oasis ante el mar de inseguridad o caos nacional. Que Yucatán es aquel donde los problemas son cosas inventadas por un sector que vive en la amargura e inconformidad cotidiana dicen algunos.

Sin duda, Yucatán es un buen lugar para vivir, pero ello no lo exime de sufrir situaciones preocupantes. Sí, nuestro estado vive una realidad diferente a la de otras entidades federativas; sin embargo, seguimos viviendo en el país donde el Estado de Derecho es una ilusión, la democracia es una promesa incumplida y las instituciones y leyes han sido parcialmente pervertidas para convertirse en medios  para aquellos con poder y privilegios. Frente a este panorama nacional,  la anterior premisa popular resulta alarmante, y es mucho peor, cuando esta tiene origen en la misma sociedad que se supone debe ser crítica, y se convierte en una reproducción de la clase política como forma de legitimar su inacción.

Porque los datos están ahí, latentes y perplejos ante el velo de la ignorancia autoinflingida. De acuerdo con datos del Inegi, Yucatán es la cuarta entidad nacional con mayor índice de suicidios, derivados de problemas con depresión, problema que afecta en su mayoría a jóvenes. El Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades, sitúa a Yucatán como el noveno estado con mayor incidencia en violencia intrafamiliar. Un tipo de violencia que resulta mortal en muchas ocasiones, y tiene como principales víctimas a mujeres. Sobre el tema de la desigualdad, cabe mencionar que de conformidad con datos del Coneval, nuestra entidad tiene un grado alto de rezago social. Muchas familias yucatecas no gozan de servicios públicos básicos y fundamentales para el buen desarrollo, y es de mayor indignación que muchas de esas familias pertenecen a grupos indígenas. Como dejar a un lado el tema de la discriminación, de las cuales 6 de cada 10 personas en la entidad son de origen maya; cuestión que deja en claro la importancia no solo aritmética sino cultural y humana de este gran sector de nuestra población, personas que son la conexión más cercana con nuestro pasado y futuro. Sin embargo, según datos de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Yucatán en el año 2014, el 67% de las personas mayahablantes sufrieron algún tipo de discriminación. Misma fenómeno desemboca en una marginación institucionalizada en temas de salud, educación, vivienda, entre otros. Alarmante también los recientes casos de feminicidios y la incompetencia de las autoridades ante la procuración e impartición de justicia.

Dato tras datos, estadística tras estadística, que reflejan que las cosas en Yucatán no son celebrar. Esos datos son solo pequeñas porciones de una complejidad ignorada. Porque esos datos y números son personas que sufren y viven en condiciones precarias detrás del maquillaje de la indiferencia social.  Es triste ver como esto es barrido debajo del tapete y ocultado con el aplauso de la complicidad ciudadana que insiste en volver a esta tierra la aguja en el pajar. La utopía mexicana. Este es el pecado original de nuestra sociedad y su apatía en el acontecer público. No vivimos como en muchos estados del norte o centro del país, porque lo que sucede en Yucatán es ocultado detrás de puertas cerradas. El Estado donde “no pasa nada” pero sabemos que sucede mucho. Me rehúso a continuar a dejando a otros atrás. Porque una buena sociedad se construye con la empatía y lucha colectiva con aquellos de las “causas perdidas” como dría Carlos Monsiváis. Lo ignorado se convertirá en el fantasma de aquello que somos. No se trata de ser alarmistas o “chairos” como me dicen muchos, sino de ver la realidad con los lentes de la conciencia y crítica, y vivir como diría Gunter Grass “con la boca abierta”.

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Un pensamiento en “Yucatán indiferente

  1. En Campeche la indiferencia es al cuadrado, muchos incluso desean ser yucatecos. Hablan rebien de Yucatán por las más o menos cosas que tienen ahí mientras aquí apedrean a cualquiera a sus espaldas. Interesante post.

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