HASTA LA RAÍZ

Hay canciones que retratan momentos para siempre.

Aún recuerdo ese 19 de marzo de 2011, acostado en el suelo de una minúscula cabaña rarámuri en la comunidad de San José (recuerdo la fecha exacta porque ese día, curiosamente, es el día de San José) tarareando en mi cabeza uno de los versos de Across the Universe de Los Beatles“Nothing’s gonna change my world”, repasaba una y otra vez en mi cabeza mientras asimilaba el increíble impacto que esa noche estaba teniendo en mi vida. Esto porque todos tenemos un punto en nuestra vida en el que algo hace “click” y logramos comprenderlo todo. Yo ese día, 19 de marzo, durmiendo bajo las cobijas de una familia rarámuri, cerca del fogón para no pasar frío y con un gato rozando mi nuca al que no podía ver debido a la oscuridad de la pieza, comprendí el significado de dos palabras: “amor” y “reino de dios”.

Me negaba, como reza la canción del conjunto de Liverpool, a dejar que algo “cambiara mi mundo”. Una resistencia tenaz ante aquello que sacude la existencia y arremete por completo en ti hasta lograr que inevitablemente te rindas. Y entonces no solo cambia tu mundo, sino todo tu universo. Esto no fue por lástima, asistencialismo o el clásico “es que ellos que no tienen nada y te dan todo”. Nel. Sencillamente me cayó el veinte de lo que significa ser humano con todas sus letras, y a partir de eso no pude ser igual.

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Hay que decirlo también, vivir esa realidad siendo voluntario no está “padre” dentro de nuestro concepto citadino de la palabra. Es duro luchar contra la monotonía, encontrarle el sentido a una acción que por momentos parece inútil y enfrentar las incomodidades, los fantasmas personales y los cambios sin gente querida o cercana.

Pero al final, si sabes aprovecharlo, resulta más positivo que negativo. Aquellas cosas que cambian tu vida para bien son invaluables, y cuando menciono “cambiar”, hablo de lo radical, de la raíz. ¿Qué cambió en mí a partir de ese 19 de marzo y de mi experiencia como voluntario marista en Tarahumara? Primero, entendí verdaderamente lo que significa la expresión todos somos hermanos. Aprendí que un estilo de vida comunitario es la única forma de realmente conectarnos entre personas. Experimenté la resistencia de una cultura ante la amenaza de grandes empresarios y gobiernos que buscan robarles sus tierras y explotarlas sin conciencia. Viví en carne propia ese afán por parte de la Iglesia (menciono “parte” porque bien me queda claro que no todos sus miembros son así) de no inculturizarse sino imponer sus propias formas a costa de la cosmovisión indígena y que la condena solo por no ser “correcta” según sus propios estándares. Aunque, si he de destacar alguna, sería la transformación que sufrió mi concepto de un dios castigador, vengativo, juez y mago por el de Onorúame (dios padre-madre), amoroso, comprensivo, que acompaña. Todo esto caló muy fuerte en mi alma, en mi ser.

Durante mis últimos días jamás prometí volver. No porque no quisiera, sino porque realmente no sabría si podría. Es toda una travesía, nada barata, pero la vida sabe hacer de las suyas. Esta Semana Santa decidí que ya era tiempo de regresar, seis años después.

Generalmente los viajes son motivo de alegría y emoción, pero yo en lo personal estaba nervioso, tenía miedo, ansioso por lo fuerte que podría resultar ese reencuentro. Dudas como si se acordarían de mí, si el azote del narcotráfico ya hubiera destruido casi por completo las frágiles fibras del tejido social o si simplemente no sentiría lo mismo venían a mi mente en el avión.

Y muchas de esas sensaciones no serían injustificadas. ¿Se acuerdan cuando les mencioné que la experiencia en sí no es padre?

La Sierra es cabrona. Te lleva al límite de tus capacidades físicas y emocionales tan solo con una caminata. Les explico, una vez que Tisca (Alejandro Tiscareño, mi compañero ex voluntario) y yo llegamos después de 19 horas totales de viaje en camión a Turuachí, un poblado en medio de la carretera y puerta de acceso a la terracería por la cual uno llega a Chinatú, comunidad en la que fuimos voluntarios, debíamos de encontrar un ride que pudiera trasladarnos o, en el peor de los casos, caminar. Jamás olvidaré ese domingo de ramos. Al no encontrar un ride cercano emprendimos el camino bordeando el río.

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Se hizo de noche. Pero una esplendorosa luna, la más grande que haya visto, nos acompañó y arropó durante el camino. Al principio ves el lado positivo: paisaje espectacular, un extraordinario cielo estrellado, el silencio, la instrospección. Pero después de la primera hora y media, la mente te traiciona. Los hombros nos estaban matando debido a que tuvimos que usar maletas que no eran back-pack como tales. Las subidas se hicieron cada vez más pesadas. Si te detienes a descansar, el frío rompe por completo tu ritmo y la sed se va volviendo insoportable cuando tu último trago de agua fue en el camión a las 10 a.m. Ya eran más de las 9 p.m.

El diálogo es poco porque te quedas sin aire. Estás ahí, acompañado pero solo, y cada vez que piensas en lo mucho que te falta por recorrer, la andanza se hace más cansada. La caminata se vuelve una guerra interna contigo mismo. El silencio comienza a analizar cada aspecto de tu vida, lo bueno y lo malo. Te preguntas por qué chingados tuviste la brillante idea de caminar y qué alternativas hubieran sido mejores. Al final tienes que aferrarte a tu decisión y seguir. Sabes que llegarás, pero el camino, por momentos, puede ser insoportable.

Llegamos a las 11 p.m. a la casa marista de Chinatú. Cinco horas de caminata. Nunca en mi vida había sentido un cansancio similar. No podía ni mantenerme sentado en la silla de la cocina mientras uno de los hermanos nos servía algo de cenar y nos daba ánimos. Aunque en esa hospitalidad tan entregada, vi destellos de un dios que siempre está dispuesto a recibir a cualquiera de sus hijos, sin importar la circunstancia, a sentarlos en su mesa y ofrecerles calidez, amor, alimento. Sabía que estaba en casa.

Sintetizando la semana y contestándome a la pregunta “¿qué me llevo?”, creo que mi reencuentro con esa tierra es un círculo que se cierra, un ciclo que se cumple. Es mi yo adolescente de hace seis años, confundido por no hallarse dentro de su entorno social y que decidió “huir” a las montañas a encontrarse que ahora se topa en el camino con su yo del futuro, bastante más barbudo, y con más experiencias y anécdotas cargadas en los ojos y en el semblante serio que nunca lo ha abandonado.

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Me llevo la alegría de vivir de nuevo una semana comunitariamente. De compartir la comida con otros, de las conversaciones anecdóticas, las sobremesas que suelen convertirse en foros para dialogar sobre la realidad, y que siempre dan la oportunidad de conocer más al otro. Me llevo la calidez de Coti y Celia, dos mujeres rarámuris que nos casi-adoptaron. Que nos enseñaron a hacer yorike (platillo hecho a base de baba de nopal) y cuya casa era sede de baile, fiesta y teswino (bebida hecha a base de maíz fermentado) cada noche. Me llevo la vivencia diferente de los oficios al modo mestizo y rarámuri. El sonido del violín y del tambor tan representativos de esta época. Me llevo el atardecer vivido en casa Chencho y Vidal, dos de los niños rarámuris que nos tocó cuidar en el Internado Marista de Chinatú cuando fuimos voluntarios, mientras bebíamos pinole y café. Las pláticas con Caro, a la que alguna vez le platiqué de la Sierra siendo dirigente en VHC y que ahora es voluntaria. Me llevo las caminatas en silencio, las oraciones personales, la lectura, las bellísimas imágenes de los paisajes recorridos y de la presencia de otros y otras que fueron parte fundamental en mi proceso de vida hace seis años.

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Me llevo la oportunidad de haber experimentado ese estilo de vida tan sano, de caminar y respirar aire puro, de beber agua de manantial y vino de la uva que ahí mismo se siembra, de consumir alimentos de esa misma tierra, y de no haber tenido que gastar un solo centavo durante una semana entera. De poder olvidar el estrés porque ahí el tiempo es relativo, y porque hay tiempo para todo. Me llevo el cruzar el río descalzo en la mañana, subir al cerro de la cruz y volver a apreciar esa mística vista del horizonte al amanecer. Me llevo más ganas de vivir y la alegría que se experimenta en lo sencillo, en la presencia, en el silencio.

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Por último, así como Los Beatles enmarcaron un recuerdo en una de sus canciones, y ahora cada vez que la escucho puedo rememorar todas esas sensaciones descritas con anterioridad, me llevo a la Sierra entera en la canción de Natalia Lafourcade que dio título a este elefante y que me acompañó durante algunas caminatas, camiones y aviones.

Porque después de seis años seguí cruzando ríos, andando selvas y amando el sol. Encendí sueños para limpiar con el humo sagrado cada recuerdo. Subí una tarde a una alta loma, y miré al pasado esperando que supieras que no te he olvidado.

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Porque pienso que cada instante he sobrevivido al caminar. Y cada segundo de incertidumbre, cada momento de no saber, son la clave exacta de este tejido que ando cargando bajo la piel. Así te protejo. Aquí sigues dentro. 

Y que, aunque yo me oculte tras la montaña o encuentre un campo lleno de caña, no habrá manera mi rayo de luna que tú te vayas. 

A ti, mi Sierra bonita, yo te llevo ya muy dentro, hasta la raíz.

 

 

Gallo Molina

Nos leemos en Twitter: @gallo_molina 

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