Un pregón y una nostalgia

“Que goce la tierra, inundada de tanta claridad”, dice un verso de la tradición litúrgica romana, un fragmento del hoy denominado Pregón Pascual, que todos los sábados de Gloria se recita, canta o lee en la misa de Resurrección.

Sin embargo, justo esta semana, parece que el mundo se regocija en las tinieblas de una gran bomba, los costos humanos de una guerra en Siria o el creciente índice de los feminicidios en nuestro país.

Por lo anterior, y por lo que aquí relato, esta Semana Santa ha sido muy difícil para mí. Tal vez quienes por muchos años de su vida participaron en actividades organizadas -pascuas, misiones, entre otros- puedan respaldar mi nostalgia. Por un poco mas de diez años, los dos meses previos a estos días los dediqué, en cuerpo y alma, a la planificación y el desarrollo de materiales para tales eventos. Había que ensayar sociodramas, crear dinámicas, hacer roles de comida, redactar prédicas y catecismos, revisar que ningún material faltara. Hoy en día, pasar por el Roger’s Hall un martes santo a las 15 horas, ver una fotografía de las más de 400 sillas de plástico en la cancha de la misma escuela o recordar las experiencias de hermandad en las misiones no son cosa fácil. 

tedzidz

Es verdad, tengo que aceptarlo: no me siento tan cerca de mi espiritualidad como hace un par de años. Y sé que algunos(as) de los(as) que leen esto, tampoco. En parte porque me es difícil encontrar con quien compartirla estando lejos de mi familia y amigos más cercanos, pero también porque los espacios de representación para mí (y para muchos otros amigos) dentro de la Iglesia me parecen cada vez más reducidos. Lo he dicho muchas veces: creo que hay que prestar el corazón a nuevas liturgias y abrir las puertas de la iglesia a mucha gente que ya no se siente igual de representada, no nada más porque “ya no cabe en el molde”, sino porque el molde parece hacerse cada vez más angosto.

SILLAS

Yo participé -e incluso coordiné- muchas de estas actividades de Semana Santa, y debo decir que haberlo hecho fue y sigue siendo un gran cimiento en mi vida, pero ahora estoy experimentando lo que tal vez a muchos y muchas les ha pasado: la herramienta parece volverse el único medio posible para experimentar a dios. No es que racionalmente lo crea así, pero sería ingenuo negar que estoy pasando por ese proceso. Como si no pudiera cocinar un platillo porque me faltara un ingrediente, habiendo un repertorio inmenso de variantes, todas válidas e igual de importantes. Siempre hay formas de vivir nuestra espiritualidad comunitaria, siempre hay formas de experimentar a dios-humano más cerca de lo que parece. Ya sea en la Sierra Tarahumara de Chihuahua o en las escaleras del metro en la Ciudad de México.

Una vez, me parece que en mi segundo año de misiones en la comunidad de Tedzidz, Yucatán -a la cual asistí de 2007 a 2010-, un hombre poco mayor de 40 años me llamó fariseo. Sí, así lo dijo: “Ustedes son unos fariseos“. Su frase quedó impresa en mi frente, y claro que tenía razón. Para muchos jóvenes de todo el país, las misiones de Semana Santa son un cumplimiento con la preceptiva de una moral católica que se vuelve parte de los requisitos de pertenencia a determinada clase social. Más que una vocación por compartir experiencias de fe y de comunidad, cientos de jóvenes son motivados por dar la experiencia por cumplida o experimentar ternura en la lástima que les provoca la desigualdad ajena. No es únicamente la doble moral, sino que en muchos casos tales experiencias organizadas pueden generar la idea del evangelizador imprescindible, misma que se refuerza con expresiones como “mi pueblo”, “mis señoras”, “mi pascua”. La Dra. Eugenia Iturriaga dedica varias páginas de su libro Las élites de la Ciudad Blanca (que ya casi se agota) a la experiencia de la Semana Santa en jóvenes de clase media alta y alta en Mérida, Yucatán. Corran-a-leerla. 

Esta semana santa, acudí a un Domingo de Ramos en Coyoacán y visité San Bernabé Ocotepec, una comunidad que se encuentra en la Delegación Magdalena Contreras en la Ciudad de México. Me sorprendí con los tapetes o alfombras que sus habitantes diseñan en el suelo de la calle principal, con motivos de animales, flores o referencias bíblicas. El Vía Crucis pasa sobre estos mosaicos y los va destruyendo a su paso. No conocía esta tradición, que al parecer se repite en muchas zonas del país y muchas latitudes del mundo. En fin, fue una Semana Santa diferente, encomendado a mamá dios para redactar y redactar la tesis, y enviando muy buenas vibras a los otros corazones que están trabajando por un mundo mejor desde otras utopías. 

Lo digo de nuevo: Hay que reaprender a mirar el mundo con ojos más compasivos y comunitarios. Urge, para ayer, replantear nuestros conceptos de paz, cruz, eucaristía resurrección. No “aferrarnos a las prerrogativas” sino descubrir que hay un chingo de maneras para ser resurrección para los y las demás. 

David Loría Araujo

Ciudad de México a 15 de abril 2017.

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