El recuento de los daños.

A usted que me conoce tan bien y tan mal.

Reconocer que estás aprendiendo de alguien no es difícil. Solemos hacerlo de nuestros padres, maestrxs, amigxs, pareja…
Sin embargo, la situación a la cual me refiero es distinta y va más allá del quién distinguiendo el cómo y cuándo. Es el reconocimiento de la lección tras el recuento de los daños, después de que lo que pudo ser no fue o dejo de ser. Una gran lección en un instante que casi se sintió como estrella fugaz: alumbrando un segundo la mente para dejarle anhelos y reflexiones permanentes.

¡Qué no vamos a saber nosotros los humanos de errores! Desde un simple gesto o actitud mal encarada hasta la omisión y acción conscientes de saber que estamos metiendo la pata y el cuerpo entero hasta un pozo sin fondo.
Es en esos casos donde la culpa se la atribuimos al sentimiento, a la frase de “si no es ahora, nunca” y a la canción de “We are young” ( o sus referentes vintage “el que no arriesga, no gana” y “Girls just wanna have fun“). Siempre, como viejas confiables, alguna de ellas aliviarán la conciencia, el mal trago o corazones hechos pedazos.

Nuestra lógica humana asusta: ¿De verdad tenemos que conducir desenfrenadamente para sentir la brisa del aire, la adrenalina y a continuación, el muro contra el que nos estampamos?

Soy “víctima” resignada de mis impulsos, me ganan desde la emoción hasta los miedos. A mis 20 años, duele encontrarme buscando justificación por haber actuado sin pensar en las consecuencias o restándoles su impacto y efectos colaterales en personas que de mi decisión nada tenían que haber padecido. Mi elección, mala, pero solo mía y que habiendo llegado a su episodio final, sólo queda escribir la posdata de una disculpa sincera.

Lo que le debo a mis caídas y estampidas recientes es este recuento tan inesperado y extrañamente divino de daños.  Justamente de lo más negro podemos ver relucir el brillo de las bendiciones que tenemos, la necesidad de aprender junto a los demás y empezar a devolver con acciones a quienes incondicionalmente tienden su ser una y otra vez. Sin nadie a nuestro alrededor, las posibilidades de reconocer el rumbo de nuestros pasos se vuelve solitario, oscuro y más difícil de lo que ya es. ¿Mi mejor consejo?, no dejes ir a quienes ponen semillas en tu camino.

Saber que te dediqué tantos días y noches, risas y conversaciones, entre realidades ajenas y en medio de una urbe desinteresada, que has sido una constante y que aún así, al punto final de los finales no le quedan dos puntos suspensivos.

Al menos, así dice Sabina. Al menos, así pinta hoy.

Quien diga que su pasado no importa por estar atrás se encuentra equivocado. Todo lo que dejamos para ser hoy repercute, no solo en el aquí y ahora, sino en lo que puede ser. Vale la pena cuidar nuestros pasos y querer ser tan sabios como jóvenes, decir sí y no después del enojo, la tristeza y el furor…
No obstante, tras el recuento preciso de tus daños, por lo ya acontecido y como a modo de consuelo decimos: Así pasa cuando sucede, porque no hay mal que por bien no venga (y uno tiene que seguir andando).

Sólo procura hacer lo suficiente para que ese bien venga y decida quedarse.

Y usted, quien me lo enseñó, gracias.

-Monse.

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