La sentencia (un cuento de Ana María Navarrete)

Los jueces toman asiento para dictar el veredicto.

Cuántas historias caben en una sentencia. Al fin tendrás justicia, al fin. El paso de los años no sería en vano, no, no, no podía ser. Esos minutos se extienden más largos que la última década, curioso caminar caprichoso del tiempo. La miras, estás nerviosa, al fin, le dices con los ojos, tiene que ser. El Presidente de la Corte se levanta…

La viuda Orsini, sabes que te llaman así. Esos mismos que sonríen al saludarte, que te lanzan condescendientes miradas, que se dicen amigos tuyos. Y las amigas, esas que te vieron crecer, que sabrían o deberían saber que eres más que lo que dejó un hombre muerto. La viuda Orsini, título casi nobiliario del que jamás podrás escapar.

17692695_10158444876785111_495610384_oLas ocho en punto. Ese viejo reloj de salón que había transitado en tu familia por generaciones te recordaba tu peor miedo: el tiempo. Aunque es natural pensar en el tiempo cuando se mira a un reloj, este particularmente te abofeteaba con ese arenoso concepto, tantas generaciones por las que ha pasado y seguirá pasando –o debiera seguir pasando– con sus escurridizos piececillos que marcan las horas y los minutos: aparato infernal que mide el camino hacia la muerte. Pero no eran las ocho, sabías bien. Lleva décadas sin funcionar, fotografiando puntual su propia expiración.

Miras al reloj que sí funciona, son las seis con veinticinco. Suspiras en tu aburrida e incómoda silla a sabiendas de que no tienes hora. Sales a caminar.

Debes regresar antes de las nueve. A esa hora llega esa muchacha que tanto insistieron tus padres para que te ayude en la casa. “Para que te ayude”, inútil eufemismo, será la señorita de la limpieza, hará lo que tu deberías mientras te desparramas contemplativa en el sofá.

Tu madre está preocupada, mandan a esta joven a hacerte compañía, para que no cometas una locura, para que no estés tan sola, para que Daniel se presente impecable a la escuela, para que espabiles un poco tu existencia.

Salir a caminar, terrible idea. Ahí vienen Lucía y Doménica Ponce de León, las hermanas más siniestras de esta ciudad de mochos, dispuestas a perpetrar el viejo dicho de hierba mala, nunca muere, comenzando el día con una sana caminata matutina mientras rezan un rosario –más bien fingiendo que eso hacen– de misterios chismosos, devotamente escudriñando la vida de los otros. Te han visto a lo lejos en ese sendero lineal, no tienes a donde ir. Pudieras regresar, ignorarlas. No lo harás. Es más fuerte tu urbanidad que tu valentía. ¡A la hora y en la hora de nuestra muerte, amén!, recitó en un alarido Doménica, la peor de las dos. ¡Laura, qué gusto encontrarte!, la secunda su hermana, ¿Cómo has estado?, en el tono más piadoso y lastimero que le alcanzó en la garganta, nunca tan bien como ustedes, sonríes con la falsedad que has ensayado toda tu vida, guiñando el ojo derecho, y te sientes estúpida por hacerlo, sobre todo porque pudieras no hacerlo, y es tu decisión sentir que no te queda de otra. A Doménica le incomoda tu serenidad aunque sea actuada, quiere verte caer. Lau –¿por qué te llama Lau? ¿quién en la vida te ha llamado Lau? Estaría mejor Viuda Orsini–. Lau, prosiguió el verdugo ante tu notorio disgusto, ese que revelas sin querer cuando levantas una ceja. Tenía la sartén por el mango. Lau, sabes que lo que necesites, de verdad, lo que sea, aquí estoy, aquí estamos. Intentas caer de pie, agradecer el gesto y huir por el lado contrario de ese miserable sendero. Lucía como si leyera la mente te detiene, si necesitas ayuda con los compromisos del colegio, o quizá de alguna muchacha de servicio, ya sabes, para que Daniel no tenga que pasar malos ratos. Te agradezco, Lucía, les agradezco a ambas. Sigues tu camino y ellas su rosario de cuchicheos.

Te espera la dichosa señorita de la limpieza, la que tanto han insistido en meter a tu casa. Buenos días, soy Mireya Uc. Adelante, Mireya. Entran juntas al vestíbulo. Los ojos de Mireya sorprendidos, quizá por el desorden, quizá por la inmensidad de la casa, quizá por ambas cosas. Lo lograremos, Mireya, lo lograremos. Se la pasa llamándote señora o doña Laura a pesar de tener mas o menos tu edad. Le has dicho hasta ahora unas seis veces que te llame Laura. Agotada, no sabes de qué, te extiendes en el diván.

Las horas te han atropellado todas de golpe. Miras al viejo reloj inservible. Te levantas, pasas por la cocina, sientes culpa: todo resplandece y tú no hiciste nada. La encuentras dentro de la biblioteca –nuestra amada biblioteca– de espaldas, sosteniendo un libro con una mano, en la otra la escoba. Absorta en la lectura no advierte tu presencia, ¿qué estará leyendo? Se inclina con diligencia, arranca una de las cerdas de la escoba y la deposita en la hipnótica página a manera de separador, acomoda el libro entre los demás y continúa barriendo. Esperas un minuto, finges que acabas de llegar. Te pregunta ¿algún problema?, sorprendida ante tu metamorfosis de animal que hiberna a ser pensante y andante. ¿Te llevo a tu casa? No se preocupe, aquí cerquita pasa el camión. Puedes llevarte el libro para entretenerte en el camino, y un lánguido gesto parecido a una sonrisa se dibuja en tu rostro.

Mireya y la viuda Orsini habían entablado verdadera amistad. Cierto que eran mujeres muy distintas entre sí. Mireya: práctica, valiente, responsable, firme, tenaz, eficiente; Laura: tendencialmente platónica, analista, con un leve y lamentable don de profecía, carga una energía ancestral en una cabeza joven y desordenada. Las diferencias sociales y económicas claro que eran marcadas, tanto que una fue patrona de la otra por varios años, y como resultado de ellas teníamos dos narrativas de vida destinadas a no cruzarse, aunque algunas veces, como en este caso, el destino se doblega.

Mireya comenzó a trabajar en casa de Laura Orsini contra la voluntad de esta última, quien estaba hastiada de la vida de niña rica controlada por familia y sociedad, y de que el motivo principal para que estas instituciones se adjudicaran ese derecho fuera su carencia de marido. Es el gran problema de enviudar joven en una ciudad conservadora y clasista que pareciera el Madrid decimonónico de Fortunata y Jacinta. ¿Qué va a decir la gente?, hay que guardar los modos, mujeres virtuosas hacen maridos virtuosos, esa persona es de buena familia, esa otra no. Para no despotricar innecesariamente –o anticipadamente- y explicar las circunstancias que se alinearon para favorecer este cruce de destinos, debemos resumir los hechos, como hacen los abogados, cuidando evitar, en la medida de lo posible, los fastidiosos asimismo, toda vez que, de los hechos del caso se desprende, se deslinda, en ese orden de ideas, a la luz de los lineamientos establecidos por, sí y solo sí, por lo tanto, si bien es cierto que, también lo es que… Las muletillas jurídicas superan en número a la descendencia de Abraham.

El primer momento se remonta al día en que Mireya inició sus labores en casa de Laura, cuando fue sorprendida leyendo La tía Tula de Unamuno. Aparenta ser un hecho de menor importancia, por el contrario: aquí comenzó y terminó todo. Otro fue propiciado por el poder unificador del whisky y las canciones de Chavela Vargas.

Esa misma noche, previamente, la viuda presentó a Mireya con sus amigas, un cuarteto de burguesas variadas: la loba corporativa, la ama de casa, la activista religiosa y La Biblia. Ese encuentro fue un desastre. Las mujeres trataron muy bien a Mireya, y quiero decir exagerada y desagradablemente bien. El grupo no se sentía libre para hablar de las cosas de siempre, de viajes, compras, zapatos, gente de sociedad. Le incomodaba sentirse incómodo. Mireya se dio la aburrida de la vida y pensaba que nada de lo que pudiera decir sería de interés para esa comitiva que intentaba infructuosamente disimular la muralla socioeconómica que les separaba. La Orsini intuía que algo así podría pasar, si bien no esperaba tanta torpeza por parte de sus amigas de la infancia. La razón por la que la invitó es porque ahora se hallaba más a gusto con la conversación de Mireya que con la ama de casa, que tiene a un séquito a su disposición para la limpieza y mantenimiento de la casa, y cuyos temas predilectos giran en torno a cualquier fugacidad que estuviere de moda, eventos nimios del club social, el vestido de tal, el best seller de superación personal. La activista religiosa, que condena al infierno a las libertinas, las abortistas, los gays, las arrejuntadas (a pesar de que su amiga ahí presente se casó no dos sino tres veces), los ateos, los musulmanes, los defensores de los derechos de los animales porque prefieren a los animales que a las personas, a quienes tienen relaciones sexuales antes del matrimonio, a quienes usan condón o pastillas anticonceptivas, a las madres solteras. Por cierto, su esposo, un renombrado político, es asiduo participante de orgías, en secreto, claro. La vuelta a casar hablaba de las familias de la alta sociedad como si fueran celebridades. La Orsini le llamaba para sus adentros La Biblia por la manera en que se refería a la gente: ¿Fulana de Tal? ¿su hermano es zutano? ¿casada con mengano? Y la Orsini en su cabeza recitaba: Esaú, hermano de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham casado con Rebeca, hija de Betuel y hermana de Labán.

Por último estaba la loba corporativa, con la que hasta su compromiso nupcial siempre fue afín. Fernanda Rodríguez, destacada profesional y graduada con honores, estudió en prestigiosas universidades de Estados Unidos, trabajó como pasante en Nueva York y Bruselas, vestía de diseñador, tenía una vida sexual activa, romances a distancia, y fue siempre la mejor amiga de Laura Orsini, era con quien podía hablar sin tapujos morales sobre cosas más allá de ese minúsculo círculo social; hasta que comenzó a notar el desdén inocultable que Fernanda sentía no sólo por la vida de provincia, sino por la vida conyugal, por esas mujeres que no se dedican a su carrera, que no trabajan, que son madres y esposas pero nada más, que no han visto mundo, que son unas señoras niñas o niñas señoras y no se han ganado la vida, como ella que tanto había luchado por cada mérito que tenía. Sí, claro, pensaba la Orsini, como si una Mireya sin un peso pudiera estudiar en una Ivy League o trabajar gratis en el primer mundo. Lo que irritaba a la Orsini no era la displicencia contra sus congéneres anónimas, aguantable abordando los temas adecuados, sino la forma en que le miraba, a ella personalmente, como viuda provinciana, desde una fatal combinación de lástima y soberbia que le quemaba como el hielo.

Además del apoyo moral, a la Orsini le interesaba que Mireya se relacionara con esta gente en caso de que algún día le fuera útil. Esa era la herencia de las mujeres Orsini, un don de profecía acertado como un reloj.

Después de la fatídica cena de amigas, Mireya y Laura recurrieron a una vieja botella de whisky para invocar al olvido y se confiaron varios dolores que cargaban en el alma. Los de Laura serán omitidos pues no son relevantes para los hechos del caso. Los de Mireya, por el contrario, constituyen el meollo del asunto. Le confesó que en su pueblo era mal vista. Así como a ti por viuda no te bajan de inútil, a mí también me tienen saña, por soltera, por estudiar, por trabajar, por mi hermana Casilda, por usar pantalón y por creer en ciertas cosas y no creer en otras. Tutto il mondo è paese, diría la abuela Orsini que en paz descanse, ante las similitudes de esos mundos paralelos. En el universo de Laura soltera a cierta edad es quedada; casada muy joven, qué le pasa; trabaja todo el día, quién cuida a sus hijos; no trabaja, vaya huevona, buena para nada; si no se arregla, a esa por fodonga le van a volar al marido, un poco de botox no mata a nadie; y si sí, a esa más cirugías no le caben en la cara. Para la Orsini más que un peso era como una yaga en los labios que es pequeña pero que molesta todo el pinche día, Mireya, que te da coraje que algo tan chiquito te friegue tanto. Para Mireya esas cosas no tenían importancia. La gente va hablar porque no tiene nada que hacer, la que me preocupa es Casilda. Casilda era su hermana mayor.

Mireya Uc hablaba maya, español e inglés, idioma que aprendió de la Orsini a cambio de enseñarle a urdir hamacas. En el pueblo que la vio nacer, una comunidad maya en el olvidado sur de Yucatán, la gente sentía por ella una combinación de admiración y miedo. Ix’la Mireya que trabaja ahí en Mérida, dicen que hasta inglés ya habla, ¿ya tienes visto así su celular? ¿ma’si ya se entendió con hombre? A lo mucho casado porque sigue soltera. Ahora puro pantalón usa, ¿lo vistes?. ‘Tan locas esas viejas, ¿no tienes vista a Casilda? ‘ta más safa’a, tiene denunciado a Pepe Luis, ‘ta loca. Estos comentarios no le interesaban a Mireya, sólo le importaba Casilda, la triste Casilda. Su historia era la historia de Mireya y la historia de ambas es la historia de un pueblo.

Las hermanas crecieron en una microscópica comisaría maya pobre y marginada. Tenían cuatro hermanos, todos ellos varones. El papá trabajaba la milpa y la mamá se ocupaba de la casa y crecía a las gallinas del patio. Cuando había dinero para comprar hilo y pagar el flete, las hermanas urdían hamacas y bordaban. Así fue como Mireya comenzó su primer negocio y se costeaba los camiones y útiles escolares, además de ocuparse de otros gastos familiares. A Casilda desde pequeña le fue confiscada la vida. De veras que, como dicen, hay quien nace con estrella y quien nace estrellada, le decía Mireya a Laura Orsini. Desde la infancia un tío abusaba de ella. Mireya le interesaba menos y cuando quiso interesarle se las arregló para escapar o defenderse, a pesar de los castigos que la historia sin esclarecer significaban para ella. Mireya, ¿por qué le tienes tirado agua hirviendo así en su cara de tu tío? (La mamá de Mireya y Casilda trataba de hablarles en español cuando podía y como podía, para que algún día se valieran de esa herramienta lingüística que les dividía del progreso). Casilda en cambio, dotada de menos arrojo, se paralizaba y no podría escapar de las sucias y ásperas manos del tío. Debilitada de carácter, abrazó su vocación de víctima: para cada una de ellas hay un victimario que sabe cómo elegirlas. El vecino de diecisiete años, Pepe Luis, suplió al tío hasta dejarla embarazada a los trece. Se casaron y tuvieron más hijos, todos niños, a excepción de dos niñas, una de ellas muy enferma, y como no había dinero ni voluntad, murió. Así que quedó una niña solamente.

Pepe Luis era un borracho violento sin oficio claro. Medio hacía trabajitos de albañilería de vez en cuando. Si no fuera por el dinero que secretamente Mireya le pasaba a Casilda y por todos los trámites que hacía ante clínicas, escuelas y programas de gobierno hubieran muerto también los otros niños.

Mireya sabía que Pepe Luis golpeaba a su hermana, la humillaba, la encerraba, y todas esas cosas que hacen los machos que en el fondo no se sienten suficientemente machos. La gota que derramó el vaso y llevó por fin a una denuncia fue cuando con un cuchillo Pepe Luis le abrió la cara. El temor por su vida y por la de sus hijos fue el recurso que convenció a Casilda de presentar la denuncia de la mano de su hermana. Sin ti no puedo hacerlo. El agente del ministerio público, que en otras ocasiones había hecho caso omiso, no fue capaz de sucumbir a su habitual conducta ante el ensangrentado rostro desfigurado. Llevaba a medio colgar la mejilla derecha, como una enorme branquia. La furia de Mireya tampoco le dejó muchas opciones, denunciamos a este cabrón sí o sí, esto es violencia intrafamiliar –había escuchado esas palabras– y no puede quedar así, como si fuera un perro. El agente contestó que para que se considere violencia intrafamiliar ésta debía ser reiterada, el código decía que tres veces, y como era la primera vez que se denunciaba formalmente no podía serlo, pero no se preocupe señorita que lo pasaremos como si fuera el delito de lesiones.

17522138_10158444909850111_1853859782_oPasó el tiempo. El juez escuchaba Wagner mientras redactaba la sentencia [Se jactaba de ello pues muchos jueces solo firman, él en cambio, intelectual, científico, un verdadero hombre de Derecho, un hombre derecho, redactaba sus propias sentencias. Para ser sinceros, algunas de ellas.] y desestimó el caso al no configurarse el delito de lesiones porque los sujetos activo y pasivo son cónyuges, familia. Sin oPor lo anteriormente expuesto y fundado… y una paliza casera sucedió a la absolución inmediata del agresor.

El magistrado desconocía que su hija catequizaba los sábados en el pueblo de Casilda y en semana santa realizaban con un grupo apostólico de sociedad los oficios eclesiásticos pertinentes y repartían despensas. Ella nunca fue acreedora de estas despensas porque no le era permitido salir de la casa, más que para el cobro de un dinero que daba el gobierno. Pepe Luis fue alertado por su hermana, el gobierno te paga por cada chiquito que vaya a la escuela, solo tienes que tramitar tu inscripción (lo cual fue obra de Mireya) y mandas a la x’leem de Casilda a hacer fila, tarda todo el día pero pos al final te sueltan la lana, ¿no lo sabías? Ignorar esa información le costó a Casilda una tunda metálica y dos dientes. Lo bueno es que al fin mandaron a los niños a la escuela, en andrajos y sin un solo lápiz, y Casilda veía el parque de su pueblo una vez cada dos meses.

Ya no podía más. Temía denunciarlo, ya sabía cómo terminaba ese cuento. Comenzó a frecuentar la iglesia a escondidas durante sus viajes al cobro del exiguo monto. Le contó al padre Rodolfo su problema. Debes cargar esa cruz con la fuerza de la Virgen. Es que yo los golpes los aguanto, padre, la cosa es que está abusando de mi niña. Oración, hija, oración, acércalo a los sacramentos que las mujeres son la puerta hacia la fe, de ti depende que él cambie, familia que reza unida permanece unida, no dejes a tus hijos sin padre, eso sí que no, más rosario y menos juzgados.

Mireya se mudó de regreso al pueblo para apoyar a Casilda que cada vez estaba peor: decía que la Virgen le hablaba, que veía ángeles, que entre esos ángeles estaba su hija muerta –escúchala cantar vestidita de blanco–. Gracias a las comisiones que le daba la Orsini por la renta y venta de inmuebles y a las donaciones de la ama de casa y de La Biblia, pudo ahorrar y construir una casita que hacía las veces de biblioteca y consultorio de medicina ancestral con la ayuda de otras mujeres de la comunidad. Se llamaban Las Tías en honor al libro de Unamuno que leía Mireya cuando Laura la sorprendió en la biblioteca. Fue esa obra el eslabón entre ellas. Laura Orsini con su don profético supo que Mireya tenía un instinto guardián natural y consagrado, terca y protectora, madre que no es madre, como la tía Tula.

Las Tías, además de curar a las personas y de prestar libros, daban clases a los niños y tenían reuniones donde hablaban de los problemas del pueblo, de los problemas que a ellas y a sus hijas afectaban. Ya muchas leyes habían cambiando durante los años, ya no se pedía la reiteración para denunciar violencia intrafamiliar, aunque seguía siendo un delito perseguido por querella, esto quiere decir que la víctima podía perdonar al victimario en un ciclo interminable de síndrome de Estocolmo. A pesar de algunos avances, las cosas seguían estando mal en esos rincones donde todo tarda en llegar excepto las calamidades.

A los doce años la sobrina de Mireya estaba embarazada de su propio padre. Casilda estaba demasiado absorta en delirios como para enterarse. Entonces Mireya consultó con Las Tías el problema. El aborto ya es legal y a esa niña la violaron, llévala a que se lo saquen antes de que le pase lo mismo que a tu hermana. Las Tías no tenían hasta ese momento una postura sobre el aborto, fue la tragedia de la sobrina la que puso el tema en la mesa. Pensaron en mantener ese asunto como un secreto entre las fundadoras porque en el pueblo se hablaba mal de ellas y les habían escrito amenazantes improperios en la barda: tenían enemigos. El padre Rodolfo había dedicado homilías enteras a la acusación de las mujeres emancipadoras y reaccionarias. No son de Dios esas ideas feministas, es una incitación al libertinaje, pensamientos contrarios a la doctrina y voluntad de la santa Iglesia. Por más sublevadas, Las Tías eran sigilosas, es la prudencia virtud de sabios. Le dijeron, llévate a esa niña de aquí, que tu hermana te de el permiso, haces todo a escondidas, que nunca vuelva a este pueblo. Este hubiera sido el plan sino fuera porque después de décadas de depresión severa Casilda al fin murió, hija de la Iglesia, como fueron sus últimas palabras, iguales a las de Teresa de Jesús. Decía que la Virgen le esperaba junto con su hijita. Fue muy extraño porque parecía al mismo tiempo una niña y una anciana, y abandonó este mundo con la cicatriz branquial indeleble sobre el rostro.

Es momento de moverse, le decían Las Tías a Mireya, ahora podrás denunciar los abusos sexuales de ese depravado, mientras llévate a la niña porque nadie se va a oponer, a nadie le importa su suerte. El aborto era legal pero no gratuito. Con el patrocinio de la Orsini acudieron a la mejor clínica de la capital, donde la gente bien llevaba a sus queridas o se escondía de sus padres para abortar. No se sabe cómo el rumor corrió en el pueblo. El padre Rodolfo intensificó las homilías en contra de las teorías feministas, en contra de los crímenes contra la infancia, en contra del aborto. ¡Se condenarán todos aquellos que impidan la vida! ¡Arderán en las llamas del infierno por su imperdonable delito! ¡Estos son tiempos difíciles, y se avecinan tiempos peores! ¡El diablo está entre nosotros! ¡Es nuestro deber destruir a Satanás y a sus aliados!

Mireya dejó a su sobrina bajo el cuidado de Laura, otra precaución profética de la Orsini, y regresó a su pueblo para ser linchada por un enardecido tumulto que la apedreó hasta la muerte mientras le gritaba puta, lencha, asesina, a tiempo que le golpeaba con palos y fierros. Quemaron el cuerpo en el parque y lo dejaron ahí un par de días expuesto. Las Tías tuvieron que huir para no enfrentar el mismo destino.

Durante esas fechas encarcelaron a Pepe Luis por robo a casa habitación, posesión de estupefacientes y tentativa de homicidio. Solo cometió el primero de ese elenco de delitos. Gracias a ello pasaría un buen tiempo en la cárcel. En cuanto a sus hijos, fue declarada la patria potestad a favor del Estado, o al menos de los que pudieron encontrar. Varios eran pandilleros prófugos.

Debes adoptar a esa niña, no la puedes dejar en ese lugar después de todo lo que ha vivido, necesita tratamiento especializado, el Estado no se lo va a dar. La herencia sumada a lo que te has ganado por ti misma es más que suficiente para que se vayan lejos. Aprovecha a tus contactos. Que de algo sirvan todos esos años rodeada de abogados.

Marcan las ocho. Están sentadas en San José de Costa Rica esperando la sentencia contra el Estado mexicano por su responsabilidad internacional en el caso de Mireya, Casilda, su hija y las Tías, solo que la niña ya no es una niña, es una mujer, cuánto se parece a Mireya, la has crecido como si fuera hermana de Daniel, como si fuera tu propia hija.

El Presidente de la Corte se levanta y dicta las palabras que has esperado pacientemente por más de una década. Recuerdas al viejo reloj de salón, la fotografía del tiempo, como una sentencia donde cabe toda una vida.

Hay cosas que no aparecen en la exposición de los hechos de esa anhelada jurisprudencia. Son los detalles que sólo se cuentan en las páginas perdidas de la memoria desde donde escuchas la voz de un hombre a quien has luchado por mantener vivo en tus pensamientos. Pasaste de ser la hija de, a la esposa de, a la viuda de. Durante años has escuchado a tu esposo como un murmullo de conciencia, pero es tu propia voz, Laura, eres tú.

Soy yo.

Me exilié con los niños en otro país. Mis padres no me hablan y mi poderosa amiga la activista religiosa jamás perdonará el chantaje para que mueva sus influencias y me sea otorgada la custodia de la niña, estrategia orquestada por Fernanda Rodríguez, loba corporativa. Yo no apoyo a asesinas, entonces le muestro videos y fotografías comprometedoras de su marido en Cancún, amenazo con publicar la evidencia de su lujuria. Piénsalo bien, costea sus hobbies con recursos de la Nación, esta información es de interés público. Consigo la patria potestad. Bendita Fernanda y sus trucos de bajo mundo.

Desde donde estoy soy parte de Las Tías, recaudando fondos y tramitando financiamientos. Ellas volvieron a sus andadas gracias a la indemnización decretada en la resolución y se han extendido a varias comunidades. Las visito a escondidas cada vez que puedo.

Es marzo, aniversario luctuoso de Mireya. Viajo a mi ciudad natal con mis hijos para después visitar el pueblo donde ocurrieron los fatales hechos. Me encuentro con las hermanas Ponce de León. Me ven y cuchichean sin acercarse. Soy una paria, me encanta serlo: mantiene alejadas a las indeseables como ellas.

Mi casa intacta no me extraña ni yo a ella. El viejo reloj descompuesto sigue marcando la hora de su defunción. Vamos a tu pueblo, hijita, vamos a ver a tu mamá y a tu tía. Llegamos y pareciera que el tiempo se paralizó en ese polvoriento pedazo del mundo. La única novedad es construida por mandato de la Corte, un monumento erigido en el parque, justo enfrente de la iglesia, que en la blanca piedra recita:

“A la memoria de Mireya Uc, luchadora social, brutalmente asesinada en este lugar.”

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