UNA SANA INDIFERENCIA

Hace poco más de un mes tuitié lo siguiente:

Sin título

Recibí las siguientes cuatro respuestas:

“Pierdes momentos que dejas pasar porque los dejas de percibir”

“Me decepcionó este tweet”

“Tampoco ganas”

“Por eso eres un mueble” (esta, sin duda, fue la mejor).

 

No busco justificar aquí el porqué de mi tweet, sino partir de él y sus respuestas para explicar un concepto al que me gusta llamar “sana indiferencia”, la cual está sumamente devaluada.

Unos meses atrás, por diferentes circunstancias, entendí una sabia ley de la vida: no todas las personas merecen tu atención. Y no, no es un “ojo por ojo” súper infantil basado en el “si tú no das yo tampoco”. No es un “soy hater y te aguantas” o “soy mamón”. Simplemente es “me quiero mucho, y por lo tanto no te quiero cerca”. También famosísimamente conocido como “desintoxicación”.

Si bien todas las personas a nuestro al rededor merecen un trato digno, no todas merecen que estemos ahí siempre que quieran o que dediquemos nuestro tiempo a ellas si realmente no aportan nada bueno a nuestra existencia. Y a eso es a lo que le llamo una sana indiferencia.

Ésta consiste en cuidar nuestra autoestima, emociones y dignidad a toda costa, incluso aunque eso implique tener que sacar de nuestra vida a ciertas personas. La indiferencia puede ser un escudo protector contra las malas vibras (por llamarlas de alguna manera).

Esta ‘indiferencia’ de la que escribo no es un concepto nuevo ni es propiamente mío, solo me tomo la molestia de traer a colación en cada post algo de sabiduría popular olvidada. Neta es como mi deber civil recordarles a ustedes, queridísimos lectores, ciertas cuestiones que nos ayudarán a ser mejores como individuos y sociedad.

De hecho, la primera vez que tuve noción de esta indiferencia, ya que la palabra generalmente me remitía a algo negativo, inmoral o peyorativo en cuanto a lo que las personas le dan importancia, fue conviviendo con los jesuitas (en otra vida, probablemente, fui uno de ellos), los cuales, basados en la práctica de San Ignacio de Loyola, identifican su propio estilo de indiferencia o libertad de apego ante el mundo. En el libro Liderazgo al estilo de los Jesuitas (Lowney, 2004) se presenta poniendo de ejemplo al dinero:

“El modelo de indiferencia jesuita se libera del apego al dinero, ‘pero de manera tal que no le queda ninguna inclinación, ni a conservar el dinero adquirido ni a desprenderse de él’.  En otras palabras, el problema no es el dinero sino la servil afición a él o a cualquier otra cosa.

Una afición desordenada no deja ver claro. (…) El fin se confunde con los medios. Solo haciéndose indiferentes -libres de prejuicios y adhesiones y por tanto libres para elegir cualquier línea de conducta- , los aprendices adquieren flexibilidad estratégica. El jesuita indiferente se libera para escoger estrategias movido por un solo motivo: alcanzar a la larga la meta de servir a Dios”.

Definitivamente no pretendo comparar al dinero con las personas, pero la técnica jesuita aplica de la misma forma. Nadie es indispensable, ni el dinero ni la gente, y hay que saber soltar ambos.

Otra vertiente que retoma este concepto sería el budismo. Como máxima, se aplica el “quien te enfada te domina”. O en el modelo occidental, “el que se enoja pierde”. O en el modelo Twitter, “si es verdad, ¿por qué te enojas? Si no es verdad, ¿por qué te enojas?” (frase vista en dicha red social, desconozco al autor). Resumiendo, el enojo surge de la verdad, y generalmente le damos una mayor importancia a ciertas cuestiones que sin duda nos irritan pero que a la largo no tienen gran importancia. La indiferencia actúa como repelente ante el cinismo de algunos. Es la respuesta a la mejor tranquilidad que se puede experimentar, la de saber que tienes la razón pero no tienes que demostrarlo. Dicen que “el que calla otorga”, perdón pero esas son mam*das, el que calla se va en silencio, tranquilo, contento. “No enseñes a un cerdo a cantar, pierdes el tiempo e irritas al cerdo”.

Esta cuestión del enojo aplica perfectamente en diferentes situaciones que tienen que ver con las relaciones humanas. Usualmente nos dejamos contagiar por el enojo o las malas vibras de los otros a nuestro al rededor, cargamos con ello. Ejemplificando, no falta la persona que en una relación de pareja, deja que su felicidad o tranquilidad se vean afectadas por las actitudes o malos humores del otro/otra, cuando ni tiene la culpa de la situación, ni la está empeorando. Lo justo en esos casos sería ofrecer nuestra ayuda o apoyo, pero si el otro lo rechaza, no hay que rogar, no hay que perseguir, y mucho menos agobiarnos por la molestia ajena. Basta un “cuando te calmes me buscas”.

La sana indiferencia no consiste en evitar el conflicto, sino en saber ser inteligente. Respecto a esto, una persona me dijo la siguiente frase: ‘Happiness in intelligent people is the rarest thing I know’ de Hemingway. Me causó muchísima admiración, está repleta de significado. La sana indiferencia consiste en saber manejar lo emocional con inteligencia, quitando los obstáculos que evitan sentirnos felices. La misma persona me dejó otro gran consejo: “Mántenlo simple”. Este pragmatismo sentimental es muy útil, y no hay camino más práctico a la salud sentimental que la indiferencia ante aquello que, o no tiene nada que ver absolutamente con nosotros, o sí pero no es algo que debamos de apropiarnos. En este sentido, los conflictos de nuestros padres o familias, por ejemplo, no son necesariamente nuestros. Los problemas de nuestros amigos, pareja o conocidos no son de nuestra pertenencia, cargar con ese peso no es ser empático, es ser un mártir innecesario (ver ejemplo de la relación de pareja más arriba). Si caemos en la misma problemática, ¿quién va a mantener el equilibrio emocional? ¿Para qué queremos más personas tristes, molestas e infelices en este jodido mundo?

Citando al periodista León Krauze: “Regla de oro en el manejo de la crisis: para eliminar una crisis, lo primero que hay que hacer es dejar de hablar de ella. En otras palabras, para salir del hoyo primero hay que soltar la pala”. La indiferencia, sabiamente aplicada, provoca un silencio interior y exterior que nos libera de tomar partido, es decir, nos hace “soltar la pala”. El agujero no es nuestro a menos que nosotros comencemos con la excavación.

Para concluir, respondiendo a aquellas personas (ustedes saben quienes son) que contestaron a mi tweet “Si aprendes a ser indiferente nunca pierdes”:

Persona 1: “Pierdes momentos que dejas pasar porque los dejas de percibir”:

Yo te diría que nel. No se trata de ser indiferente a los momentos o experiencias sino a las reacciones de las personas, a las malas vibras dentro del ambiente, no al ambiente en sí. Al contrario, percibe todo lo que sucede al momento, pero elige sabiamente en qué involucrarte. Ser indiferente no es no sentir. Es sentir con inteligencia para poder soltar cuando lo requieras.

Persona 2: “Me decepcionó este tweet”

Perdón, creo que hacía falta este post para que me entendieras.

Persona 3: “Tampoco ganas”

Completamente en desacuerdo. La indiferencia evita que entres en el juego. No se trata de ganar o perder, sino de no jugar, al menos no en una circunstancia en la que no te vas a divertir ni a sacar nada positivo (todo esto haciendo alusión a una metáfora lúdica).

Persona 4: “Por eso eres un mueble”

A veces sí, pero un mueble muy feliz.

 

Aclarando una última cuestión, la sana indiferencia de la que escribo no es compatible con la indiferencia por comodidad, aquella que prefiere tapar al sol con un dedo en lugar de enfrentarse a la realidad evadiendo la violencia, pobreza, injusticia y demás cuestiones sociales a nuestro al rededor que mientras “no nos afecten” no tienen porque ser importantes. Error.

La sana indiferencia solo aplica viviendo y siendo partícipes de la realidad en la que estamos inmersos, que sin duda puede ser mejor para nosotros si sabemos despegarnos de aquello que nos resulta sumamente innecesario.

Gallo Molina

Nos leemos en Twitter: @gallo_molina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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