Girasoles

Por Raúl Lizama.

El olor a muerte se hizo presente en el momento en que cruzó la puerta. Un tic tac sonaba en su bolsillo. A pesar de su lenta caminata, estaba muy seguro, aunque un poco asustado.

       La primera vez que la vio tenía un sencillo vestido rojo. Parecía que el sol y la luna la habían besado esparciendo una que otra estrella en aquella melena caoba, ahora un campo de maíz en sequía.
       Se acompañaron cuatro décadas y un lustro, y ahora, Dios había separado lo que años atrás había unido,sólo para que volvieran a encontrarse.
       Subió las escaleras dando suspiros por cada escalón. Tic Tac. Giró a la izquierda y se cruzó con una enfermera.
       -Buenos días, don Enrique.
       Tuvieron una boda sencilla. Sus familias eran una versión más pobre y mexicana de los Montesco y los Capuleto, y por esta razón, tuvieron que hacerlo en secreto. No fue hasta que nació su cuarto hijo que sus familias se reunieron.
       El pasillo, vacío, pero bien iluminado, le mostraba su destino final. La habitación 14. Tic tac.
       Sonrisas eternas que duraban instantes. Miradas que no veían nada y besos que sonrojaban a la luna.
       Casi medio siglo había pasado y él sentía que el aleteo de una mariposa era más lento.
       -¿Cómo está, don Enrique? -le dijo una enfermera con una sonrisa dibujada. Todo el personal lo conocía. Venía todos los días desde que su amada cayó enferma. Tic Tac.
       La sal de las palomitas les secó los labios, la sala recobraba la luz y los créditos finales de “La Aventura del Poseidón” se proyectaban.
       Caminando hacia el volcho, un vendedor de nieves gritaba los sabores.
       – ¿Cuál es tu sabor favorito?
       – El rojo -Le contestó Isabel.
       – Ja, ja, ja ¡¿qué?! El rojo no es un sabor.
       – Claro que sí, – le respondió entre risas – Está ahí, junto al azul y el verde.
       – Ja, ja, ja ¿y a qué sabe el rojo?
       – Pues a rojo, así como el azul a azul.
       En el camino a casa de Isabel, hablaron de sus sueños, de la película, del futuro, cuántos hijos querían tener, aunque para ese entonces, no sabían que tendrían seis, es más, ni siquiera sabían que iban a estar cuatro décadas y un lustro juntos.
       – Tienes un poco de helado en la cara. -Ella se reía en lo que él buscaba una servilleta en su bolsillo.
       – ¿Dónde? – Le respondió.
       – Aquí.
       Y con un beso le quitó los remanentes azules que le quedaban en las comisuras. Lo besó. Lo besó aún dentro del volcho y frente a un campo de girasoles. Y por un instante, ambos juraron ver a Dios y sus ángeles
       Tic tac. Abrió la puerta y ahí estaba. Acostada. Con más tubos que cabellos en su cabeza. El cuarto tenía un aroma peculiar. Desde que cayó en coma le llevaba un girasol diariamente para que cuando despertara, recordase aquel día. Incluso, no dejó de llevarlos cuando le declararon muerte cerebral.
       Don Enrique ahora no sólo estaba cansado, sino también solo. Sus hijos tenían sus vidas ya hechas. Pocas veces lo visitaban. Sentía la edad sobre sus frágiles hombros. Ya no podía nadar hacia el otro extremo del lago o correr por el cerco de los caballos por las mañanas. Él sólo quería estar con ella.
Sacó un frasco de su bolsillo. Tic tac. Sacó todas las pastillas que tenía. Le dio un beso en la frente a la inerte Isabel y le susurró con la delicadeza de un sinsonte “siempre te he amado”. Se sentó en el sillón junto a la cama y tan rápido como esos cuarenta y cinco años se tomó las pastillas, escuchó que alguien tocaba la puerta y cerró los ojos por un momento y entonces escuchó:
                                                “Y yo siempre te amaré”
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