Me casé a los 22 – por Catalina Marín

[Autora: Catalina Marín]

Me casé a los 22 y no, no fue por un bebé no deseado, ni tampoco por un matrimonio arreglado. Me casé porque me quería casar.

Con comentarios alrededor como “están tan jóvenes que en vez de novia vas a parecer niña de primera comunión…” o “pero tienen que vivir la vida antes de casarse, después no se puede…” y para agregar un poco más de picante al asunto, nos casamos y nos fuimos a vivir al Amazonas ecuatoriano, sí, a ese que tiene monos, tigrillos e insectos de tamaño familiar. Alejo (el veterinario de fauna silvestre de 1,92 metros, con barba desarreglada y sexy, que dice ser mi esposo) y yo llevamos ocho años juntos: cuatro y medio de novios, tres y medio de casados, muchos meses a distancia, un hijo de 4 patas que se llama Guacamole (alias Mole), algunos sellos en los pasaportes, unas maletas de mochileros que son nuestras pertenencias mas caras y un millón de sueños escritos en nuestra historia.

Nos casamos debajo de un árbol al son del ukulele, bajo el maravilloso cielo de la ciudad de Medellín. Nos casamos por muchas razones: porque llegábamos de viajes separados y no queríamos viajar más sin el otro, porque no nos habíamos matado en esos años de noviazgo, porque encontramos cómo combinar nuestras profesiones (diseño y veterinaria) de maneras locas, raras y bonitas: pero la razón más importante fue, es y seguirá siendo para cumplir nuestros sueños, para cumplir los suyos, para cumplir los míos y construir los nuestros. Esto, aparte de sonar romántico y algo utópico, es complejo y muy difícil, pues ayudar a otra persona a cumplir un sueño no es sólo apoyarlo, es darle tu tiempo, tu energía, tus ganas de levantarte, tus días (y a veces tus años) luchando por una razón que tal vez no entiendas por completo. Una razón que no salió de tu corazón, pero que el otro ama con todo su ser y vibra por eso, una razón que al aceptarla no tienes por qué decir que por “culpa” de otro estás aburrido, pues fue tu decisión y aquí a nadie se le obliga a nada.

Hemos vivido en la selva y en la ciudad, hemos trabajado por algún período en empresas nada apasionantes, hemos estado mirando para el techo pensando que hacer de cena mientras el otro tiene su mejor momento profesional.

mole.jpgEsto de los sueños es tan loco, que muchas veces (como ahora) hemos tenido que vivir en ciudades distintas y hemos inventado estrategias nada románticas pero muy prácticas para hablar. Por ejemplo, Alejo tiene una alarma para llamarme a las dos de la tarde porque su trabajo lo absorbe, o yo tengo que madrugar mucho, o no dormir, para poder hablar con él. Y todo tiene sentido porque en este punto estamos cumpliendo sueños individuales para construir un futuro juntos, porque contra todo pronóstico un matrimonio sí se puede hacer de esta manera, porque hemos creado nuestras propias reglas y entre esas está que nos preferimos un poquito lejos y felices, que juntos y aburridos. Hemos entendido que por mucho amor que haya no nos podemos dar satisfacciones profesionales, porque no nos podemos convertir en el 100% del otro, no podemos respirar por el otro; podemos caminar juntos y podemos mirar para adelante juntos, pero si cada uno no se siente feliz con su ser, no hacemos ni media entre ambos.

Entre nuestras locas reglas inventadas y nuestras teorías creadas en peleas idiotas, salió una teoría que dice así: en una relación, en este caso de pareja (pero se aplica a padres e hijos, hermanos, amigos, etc.) nunca hay un 50-50, únicamente en un caso excepcional. Si bien es necesario un cien por ciento para que la relación funcione, consideramos que no hay nunca una división exactamente igual. Muchas veces ha sido Alejo el que ha dado el 80% y yo solo el 20%, otras veces yo he dado el 98% y el solo el 2%, y otras en nuestro momento de equilibrio cósmico, tal vez fue 51% y 49%.

Estos números “aterradores” no deberían ser motivo de sufrimiento o de reevaluación del matrimonio, estos números son la prueba viviente, por lo menos para nosotros, de que una relación no se puede basar jamás en números y en tareas cumplidas. Estos números que Alejo y yo hemos decidido olvidar y jamás volver a calcular, son la razón por la que hoy en día él puede vivir en otra ciudad por razones laborales con una amiga que es su roommate, y yo puedo salir a tomar un café con un amigo de la maestría a las 11 pm de un martes. Se puede porque esos números abarcan no solo un esfuerzo compartido e incondicional para cumplir nuestros sueños, sino una confianza que trasciende conceptos como el machismo, el falso feminismo o el de “ama de casa”; y que esquiva frases como “Una pareja casada jamás debería…”, o “A su edad deberían ahorrar para una casa…”.

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Es una apuesta total a rescatar nuestro individualismo, y sobre todo a no tenerle miedo a aceptar e interiorizar que el amor, sí, esa palabra compleja que todo el mundo quiere encontrar pero que nadie quiere analizar, más que un sentimiento es una decisión, es un me despierto y así hoy no me caigas bien, te hago el desayuno porque se que tienes una cirugía y no te lo reclamo al otro día cuando tu no te levantes a hacerme mis pancakes delgaditos y tostados antes de mi examen, porque llegaste muy tarde de salvar vidas. Es un decido ayudarte, apoyarte y entender tus necesidades sin dejar jamás de ser quien soy, sin dejar de salir con los que quiero, sin dejar de decirle te amo hasta a los árboles, sin dejar que tu ser y nuestra relación se convierta en mi mundo, porque si lo es, no voy a tener nada nuevo que entregarte y literal nos moriríamos de aburrimiento.

Yo siento que esta es una magia que no se explica, que no se cuenta, que se vive, que se sufre, que se lucha, que se llora y muchas veces se ríe. Una magia que se toma en algunas copas de vino, que se grita cuando dejo la toalla mojada sobre la cama o que se altera cuando apilas toda la ropa de la semana en la puerta, es una magia que me hace mejor diseñadora, mejor esposa, mejor persona, mejor amante y que saca la mejor versión de mí. Gracias por esa magia, por hacer conmigo las reglas, por ceder y seguir cediendo, por no dejarte llevar por mis caprichos, por ayudarme a cumplir mis sueños, por agradecer con capuchinos cuando te ayudo con los tuyos, y por soñar con un futuro caótico y único en el que los dos miraremos hacia atrás y diremos que fue difícil, fue real, ¡pero lo hicimos! Cumplimos tus sueños, cumplimos los míos y cumplimos los NUESTROS.

PD: espérame con capuchino que este fin de, toca visita conyugal :]

Catalina Marín

Ciudad de México a 17 de febrero 2017

 

 

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2 pensamientos en “Me casé a los 22 – por Catalina Marín

  1. wow. Creo que esto es el verdadero amor, libre y sin ataduras. El que busca que los dos crezcan independientes. Muy linda historia 🙂

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