YO, A MI IMAGEN Y SEMEJANZA

He pasado enfermo las últimas dos semanas.

Dos infecciones distintas azotaron a mis – aparentemente – muy malas defensas. La primera fue un martes, en la garganta. Algo de fiebre, cansancio nivel “botado a la desgracia” (eso explica por qué mi último post deja mucho a desear) y falta de voz. La segunda, también un martes (los martes escribo en esta sala y son mis partidos de futbol, carajo), en el estómago. Un virus, de los que te hacen expulsar todo de tu cuerpo, la dieta más eficaz del mundo. Fiebre (38° para ser exactos) y un dolor de cuerpo que solo deseas que te lo cambien por otro nuevo. Más botado aún, sin ganas de nada, asqueado, nauseabundo, intolerante. Cuento esta amarga anécdota ya que tiene más de psicológica que física.

“¿A qué le estás huyendo?” me pregunta la psicóloga después de contarle mis penurias. ¿Huir? Si según yo soy muy valiente para afrontar las cosas, para no rendirme ante los retos y hacer frente a las dificultades. Resulta que ni tanto. He vivido ciertas experiencias místicas que me han dotado de un sentido de la corporalidad como ‘algo más’ que solo materia. Nuestro cuerpo es energía, la fisionomía posee un lenguaje, pero no sabemos escucharla. Cuando te enfermas, aparte de múltiples factores ambientales, tu cuerpo te habla inconscientemente. En ocasiones, como en estas dos semanas, quería decirme “Alto macho, ya no quiero continuar”.

Mi cuerpo tiene miedo. Y no por cosas malas, sino por cosas buenas (irónico). La incertidumbre en varios aspectos de mi vida como el trabajo, el servicio social, la tesis, ser maestro novato (Santa Teresa, échame la mano por fa), entre otras, me paralizan. “Es demasiado”, pienso. Acto seguido, mi cuerpo se sabotea así mismo para anclarme a la cama, a las medicinas, al “estoy enfermo, no puedo ir”.

 

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Entonces, en terapia, se me presenta la siguiente imagen: “Dios te creó a su imagen y semejanza. Tú tienes la capacidad de crear. Tú eres como Dios”. No, no en un sentido de vanagloria, ni soberbia, ni comparación (no seamos ridículos, por fa). Es obvio que no soy como dios en un sentido divino ni figurado, ni pretendo serlo, pero a pesar de que no soy omnipresente, omnisciente ni omnipotente, sí soy creador.

Para ponerlo de un modo más gráfico, ¿recuerda al boggart del armario en Harry Potter? Suponiendo que sí, esa criatura obtiene la forma de a lo que le tememos. Viéndolo de otro modo, nosotros creamos al boggart. Si bien nuestra capacidad creadora tiene sus límites, es inmensamente poderosa, tanto que nuestro propio cuerpo puede encargarse de no dejarlos salir a la calle con tal de no afrontar ciertos temores. En mi caso, el boggart del armario tiene forma de pendientes y nuevos retos, es decir, de mí mismo saliendo de mi zona de confort.

Lo más curioso, es que está bien sentirme así. ¿No así debes de sentirte cuando eres nuevo en algo? ¿No es cierto que nadie nace siendo experto de nada? Claro que sí, la “parálisis” ante lo desconocido es perfectamente normal, pero no una justificación. Entonces, ante la entropía y el miedo, a uno no le queda más que crear una realidad que lo ayude a afrontar el día a día.

Haciendo un análisis hermenéutico del génesis bíblico, es decir, si me pusiera en el lugar de dios pero para mi vida propia, debería comenzar mis días creando aquello que considere conveniente, ameno, disfrutable. Todo para que al final del día sea capaz de decir: Y vio Gallo que todo era bueno…

No se trata de enfrentarse a los cambios de la vida creyéndonos los más chingones del mundo, sino de aceptar que no lo somos, que tenemos miedo y que eso está bien, que si nos movemos podremos llegar a ser los más chingones maestros de PEPS de la ciudad (por poner un ejemplo).

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Qué ridículo es que seamos producto de una posibilidad tan ínfimamente factible como lo fue el Bing Bang. Pero es precisamente así como se vence al boggart, con un Riddikulus. Por ello la creación es de lo más liberador que hay, porque carece de reglas y manuales. Somos los creadores de nuestras enfermedades y miedos, pero también de nuestras mejores circunstancias. Decía Winston Churchill: “Tú creas tu propio universo conforme vas caminando”. Y es verdad, dios se encargó de crear una maravilla de universo solo para que nosotros pudiéramos crear uno propio. Solo nosotros creamos nuestra vida y lo que en ella habita: luz y oscuridad, alegría y tristeza, lo visible y lo invisible, a nuestra imagen y semejanza.

 

Y vio Dios que El Elefante en la Sala era muy bueno…

Nos leemos en Twitter: gallo_molina

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