¡Ora sí, culeros!

[Nota alcaratoria: este será un ejercicio de narrativa, y también una lucha interna contra la inseguridad ¿Qué es lo que ocurre durante los breves segundos en los que uno(a) viaja de la ficción a la realidad? ¿Cuáles son, en corto, las fases del miedo, del horror? Yo, siendo un provinciano muy confiado en la Ciudad de México, nunca había vivido tal cosa. Voy a contar lo que sucedió tal como lo recuerdo. Tal vez ni siquiera pasó así, pero aquí va la historia].

Primer Acto – Patricia y Luis Enrique me esperan en el vestíbulo de la biblioteca. Yo termino de agregar unas palabras a un párrafo de la tesis, bajo la pantalla, desconecto y guardo todo en la mochila. Son las 19:55 PM. Me reúno con ellos en la puerta, saludan a una profesora. Reviso mis bolsillos y no encuentro monedas para completar los seis pesos del camión. Algo llama mi atención. No tengo la cartera en los bolsillos. Cuando la profesora se ha ido, les comunico: creo que he perdido la cartera. Me siento en el suelo, abro la mochila y saco todo, desesperadamente.

Encuentro la cartera hasta el fondo y respiro aliviado. Ahí la dejo (esto será importante más adelante). Nos encaminamos a la salida de la Universidad, dispuestos a tomar el camión urbano que tarda 50 minutos, cuesta 6 pesos y nos deja a unas cuantas cuadras de casa. Al cruzar la avenida, Patricia y Luis se burlan de mí, dicen que soy un antisocial en el camión. No mienten, es verdad. Me mareo mucho en el camión y prefiero encontrar un asiento libre y dormir todo el camino. Si platico con alguien y/o miro el camino me da mucho dolor de cabeza. Subimos y les abandono para sentarme. Ellos se van hasta el fondo del transporte, yo me quedo en la tercera fila, junto a la ventana. Son las 20:15 horas.

Segundo Acto – Despierto. Son las 21:10 horas. Ha pasado casi una hora y no hemos avanzado nada en el camino a casa. Seguimos relativamente cerca de la Universidad. El tráfico es indescriptible. Me resigno. Vuelvo a cerrar los ojos, pero el sonido de una guitarra me hace abrirlos de nuevo. Acaban de subir al camión tres jóvenes, dicen ser universitarios. “No tenemos suficiente dinero para costear los estudios, y nos vemos en la necesidad de subir a cantarles una canción y alegrarles el viaje. Ahí nos dan lo que gusten”. Comienzan los acordes de una de las peores canciones en todo el desarrollo de la raza humana, “Historia de taxi”, de Ricardo Arjona. Esa que dice la tan poética frase ¿qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida? La cantan de principio a fin. Incluso imitando la voz de Arjonita, el gran cantautor guatemalteco.

Volteo, intento ver a Patricia y a Luis, para hacerles cara de “¿por qué nos está sucediendo esto?, ¿a quién le hicimos tanto daño?”, pero no lo logro, la disposición de los asientos me lo impide. Será mejor que vuelva a dormirme, prefiero soñar incómodo que seguir aquí escuchando el relato de la rubia y el Wolkswagen del año 68. Concilio el sueño por un momento. Pasan diez, quince minutos. De repente, un hombre entra por la puerta trasera del camión, corre hasta adelante, saca una pistola de su chamarra, la carga (inserte sonido que David únicamente había oído en las películas) y dice: “Ora sí, culeros, saquen todo: carteras, celulares. De una vez”. Esto no es una ficción como la historia del taxi. 

fullsizerender-3Tercer Acto – Tengo la chamarra verde que parece sleeping bag. Cuando abro los ojos para procesar lo que está pasando, me encuentro abrazado a mis rodillas, hecho bolita, queriendo ser casi invisible a costa de mi gran abrigo. Sólo pienso en que llevo la computadora en la mochila y que no soy bueno subiendo mis documentos a la nube. ¡La tesis!, pienso. (De verdad es lo primero que pienso). Quiero, a toda costa, meter el celular en mi zapato. Quiero, a toda velocidad, encontrar la cartera en la mochila, sacar algunas tarjetas, meterlas en mis calcetines. Estoy ya en pánico cuando escucho el disparo. Contundente. Un estallido. Un grito ahogado. Dirigido a la parte posterior del autobús. La disposición de los asientos no me permite confirmar si mis amigos están bien.

El asaltante camina por el camión, dice al chofer: “Oríllate, apaga las luces, cierra las puertas”. El conductor obedece. Nadie se ha movido, los pasajeros siguen en estado comatoso. Nadie le ha entregado nada al hombre de la pistola. De repente, el hombre sale corriendo por la parte de atrás. Luego me enteraré, por Patricia y Luis, que se llevó el celular de un joven, al que encañonó para amenazarlo. Las personas tardan en reaccionar. Me sorprende el poco sentido de comunidad. El disparo fue dirigido hacia una ventana trasera, para aterrarnos. Sólo alguien dice, levemente, “¿Están todos bien?” pero nada más. La gente prefiere que no sea su problema, su pedo pues. Me levanto del asiento, veo que Patricia está muy asustada y llora, Luis la abraza un poco. El chofer dice algo aterrador: “es la segunda vez que se sube ese wey a mi unidad”.

Cuarto Acto – Estamos en un Uber hacia el depa de Patricia. Caminamos hasta una gasolinera iluminada y lo pedimos. Diez o quince minutos antes, tras el suceso, escribo a algunos de mis amigos. Mabel y Gallo me marcan: “Todo bien, estoy entero y con todas mis cosas”. En el coche me tiemblan las rodillas. Es tal vez el viaje más silencioso en taxi. Pienso: En esos breves segundos uno no piensa que el asaltante no tiene ánimos de matar a nadie. Pienso: En esos breves segundos uno no piensa que la pistola probablemente sea de balines. Pienso: En esos breves segundos uno piensa que todo ya fue. Hemos llegado al depa de Patricia. Bajamos, entramos a un lugar seguro. Nos soltamos a llorar los tres.

[La obra se llamó: fuimos muy ilusos y confiados. La inseguridad en la CDMX es aleatoria. Por momentos más y por momentos menos. Nos tocará pagar el autobús de la Universidad, que es muy seguro. Pero, ¿y toda la gente que no goza de esa protección? A pesar de los momentos de horror que se puedan vivir aquí, siempre tengo en mente lo que Medé Solís (mi ex jefa y directora del Piaget) me dijo cuando me iba a ir a Francia: “ten cuidado con los asaltantes, te pueden dar un susto y han pasado cosas terribles con los atentados. Pero no por eso hay que dejar de habitar los espacios. Total, te puedes quedar encerrado en Mérida, se cae la ‘ese’ de tu hamaca, te descalabras y ahí quedaste”.]

David Loría Araujo

Ciudad de México a viernes 3 – sábado 4 de febrero 2017.

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