¿Feminismo? ¡Ya basta!

[Nota aclaratoria: ¡Hemos vuelto! Me picaban las manos mientras pasaba el mes que estuvimos fuera de la red. ¡Gracias a los y las que estuvieron pendientes del regreso!¡]

Me gustan realmente pocas películas de Julia Roberts, pero debo decir que tengo un cariño especial por La sonrisa de Mona Lisa (2003). Tal vez porque me proyecto en las ficciones con maestros inspiradores y heterodoxos (como es el caso de los filmes La sociedad de los poetas muertos o Escritores de la libertad, y las series Merlí o Rita en Netflix); sin embargo, hay otra razón. En La sonrisa…, Roberts interpreta a Katherine Watson, una maestra de Historia del arte en los Estados Unidos de la postguerra (se desarrolla en 1953).

La institución educativa en la que trabaja, una escuela para “señoritas”, está anclada en tradiciones muy conservadoras.

Además de romper con el programa de clase y sustituir a los clásicos griegos por Chaim Soutine o Jackson Pollock, Katherine anima a las alumnas a pensar por sí mismas, a continuar sus estudios de grado, y a no ver la idea de casarse como el máximo logro de sus vidas. Muchas de las alumnas abren los ojos ante la vasta cantidad de posibilidades que les esperaban. No obstante, una de ellas, Joan (interpretada por Julia Stiles) decide no entrar a Yale (donde había sido aceptada en la carrera de Derecho) para casarse y tener hijos. Katherine se muestra desconcertada, pero Joan le pide respetar su decisión. 

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Justo ayer, le platicaba a Alicia López, por teléfono, el argumento principal de La sonrisa… Además de saludarla, deseaba decirle que, a diferencia de lo que muchos creen (o creíamos), nuestras posturas sobre el feminismo están más cercanas que lejanas. Opté por el diálogo y la conciliación. Mientras que a mí me preocupa la categoría de “anti-feminismo”, a ella le incomodan algunas posiciones “radicales” o “extremas” (por llamarlas de alguna forma) que condenan como “oprimidas” o “machistas” algunas elecciones “libres” de las mujeres (como la de asumir el rol en la cocina, por ejemplo). A los dos, desde posiciones políticas distintas, nos interesa el reconocimiento de la libertad corporal, genérica y sexual de las personas. [Utilizo aquí demasiadas comillas para dejar en claro que hay que tratar con pinzas los conceptos, debido a que estamos, tal vez, en un proceso complicado de transición entre los lenguajes que configuran nuestras posiciones respecto a estos temas].

¿A dónde quisiera llegar? Aquí va: Hoy en día, el significado al que refiere la palabra feminismo es tan extenso como múltiple. Es un movimiento defensor, una teoría política y una ética: una forma de estar en el mundo. No existe un solo feminismo, como tampoco una sola teoría feminista. Es preciso comenzar a hablar de Feminismos, en plural. Esta enunciación indica, por un lado, que los feminismos pugnan por otorgar voz, voto, valor y representación a una variedad variable de sujetos; y por el otro, que las teorías feministas, paradigmas epistemológicos derivados de esta misma variedad, ofrecen líneas de investigación interdisciplinarias a partir de las cuales estudiar los modos de producción de dichas subjetividades plurales. Cuando surgió el primer feminismo, hace ya dos siglos, las encrucijadas entre los múltiples ejes identitarios, como la raza, la orientación sexual, la condición económica o la religión, no estaban representadas ni en la teoría ni en el activismo de tales movimientos. Con el título me refiero a que, como proponen teóricas como Meri Torras o Neus Carbonell, ¡ya dejemos de hablar de feminismo en singular!

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Frente a las luchas unidireccionales de los feminismos “separatistas” y “excluyentes” (de nuevo, cuidado con las comillas) surge el concepto de la interseccionalidad. El concepto data de principios de los años noventa. Es introducido por la activista y académica Kimberlé Williams Crenshaw en su artículo “Cartografiando los márgenes: Interseccionalidad, políticas identitarias y violencia contra mujeres de color” para explicar cómo el género y la raza se intersectaban en la opresión de las mujeres afroamericanas. 

La interseccionalidad nos invita a mirarnos como sujetos situados (el concepto es de Donna Haraway), es decir, inscritos en un contexto, un aquí y ahora, que condiciona nuestra subjetividad. Lo anterior quiere decir, en palabras más coloquiales, que cada quien habla de cómo le fue en la feria y que, cada uno/cada una de nosotros(as) está atravesado por una serie de ejes (como raza, etnia, religión, género/sexo, poder económico, idioma, edad, capacidades físicas) que nos convierten en una maraña de categorías. (Para conocer más, consultar a Raquel (Lucas) Platero)

No se trata de decir “todos somos iguales”, porque no lo somos. Los diversos feminismos, abogan por sujetos distintos y en constante cambio (lo que somos hoy, tal vez no lo fuimos ayer ni lo seremos mañana) y, ante el reconocimiento de nuestras diferencias y nuestras convergencias, nuestras encrucijadas, podemos tejer redes, comunidades, fraternidades. Tal vez mi lucha no sea igual que la tuya, pero defenderé tu derecho a lucharla. 

A decir de Fina Birulés, “nadie elige nacer hombre o mujer, ario o judío, sino que toda persona al aparecer por primera vez en el mundo recibe algo de carácter contingente y no elegido. […] Nacer es entrar a formar parte de un mundo de relaciones, de discursos y de normas que no hemos elegido y que, en cierta medida, nos constituyen” (Birulés 241). No obstante, las categorías pueden tanto determinarnos como empoderarnos. Las categorías pueden ser, a veces luz, a veces prisión. La categoría puede dar vida, pero también matar. Si te asumes como “mujer”, “indígena”, “lesbiana” y “madre de familia”, ninguna de estas categorías constituye todo lo que eres, ni todo lo que no eres. Las categorías de ninguna manera deben, ni agotar o absolutizar la identidad, ni tomarse como prescindibles. Somos seres enmarañados por diversas historias de vida y, como en toda maraña, es difícil encontrar el centro, el nudo: todas nuestros ejes son importantes, y EL RECONOCIMIENTO DE CADA UNO DE ELLOS TAMBIÉN. 

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Yo, David estoy escribiendo esto. En 2017, soy un hombre de veinticuatro años, homosexual, yucateco, que estudia un posgrado en literatura. Desde mi posición situada, muchas de mis luchas no han sido tan difíciles como las de otras personas. Y debo asumir esa situación como una posición política que no pisotee a las demás, sino que evalúe su capacidad de maniobra y áreas de oportunidad para apoyar a las otras situaciones. La interseccionalidad implica, entre otras cosas, reconocer las posiciones de privilegio que habitamos y, desde ese reconocimiento, dejar de juzgar a los y las que, por algún motivo anclado en su maraña de ejes identitarios, no practican como nosotros su identidad.

Tengo amigos y amigas interesados en la des-patologización del cuerpo gordo, algunos otros(as) en señalar que también hay discriminación para las personas delgadas. Tengo amigos interesados en el reconocimiento de que a los niños(as) con más privilegios económicos se les discrimina en las escuelas. Tengo amigos que quieren señalar cómo en Mérida hay empresas que contratan a jóvenes homosexuales para disponer más de su tiempo (por no tener novia o planes de casarse y mantener a una familia). Tengo amigos que trabajan con las diferentes masculinidades en comunidades del interior del estado de Yucatán. Tengo amigas que quieren no ser desacreditadas por su libre elección de seguir las tradiciones de casarse, tener hijos y aceptar la “caballerosidad”. Tengo amigas que creen y defienden el poliamor, el amor libre, las relaciones abiertas. Tengo amigos que defienden su derecho a experimentar, a ser y sentir diferentes situaciones. Tengo amigos que reclaman decir “todes” en vez de todas y todos. Tengo amigos que dicen que “todo mejora” y otros que no lo creen tan cierto.

La solución no está en hacer bandos, en nombrarnos groseramente feministas, antifeministas, feminazis, entre otras categorías. El núcleo está en reconocer que las diferencias entre los seres humanos están cruzadas por muchos ejes culturales que activan o desactivan pertenencias, oportunidades, beneficios, privilegios, espacios de interacción. Lo que para algunos parece una opción elegida en total libertad para otras personas es un grillete que no les permite vivir en autenticidad. Es urgente crear redes y no bunkers de posiciones políticas. Desde este punto de vista, se trata de recuperar el dinamismo y la validez de las masculinidades, las femineidades, las sexualidades, las corporalidades, todas facultades y posibilidades, sin que estas se conviertan en prisiones u obligaciones para un sujeto determinado.

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La interseccionalidad, ese conjunto de líneas, por un lado, borra las fronteras entre nosotros y los otros (es decir, nos hace comunidad); y por otro lado nos entreteje políticamente (nos hace asumirnos, por poner un ejemplo, como mujer-homosexual-indígena sin que esta combinación sea todo lo que somos, ni nada de lo que somos). SOMOS DIVERSOS Y MÚLTIPLES. TAL VEZ MAÑANA NO SEAMOS LOS MISMOS. LAS POSIBILIDADES DE SER, SENTIR Y RELACIONARSE SON MUCHAS, Y SON VÁLIDAS MIENTRAS NO SE DIRIJAN HACIA LA VIOLENCIA. LOS FEMINISMOS (o como les quieran llamar) SON RESPONSABILIDADES ÉTICAS.

Tal vez, leída desde una postura muy relativista, las postura de Alicia es feminista. Y tal vez, leída desde una postura muy radical, la mía no es propiamente feminista. Está claro que la opción de Joan, en La sonrisa de Mona Lisa, no es una opción para muchas personas que no gozan de los mismos privilegios para pensar, escribir o decidir sobre su sexualidad como nosotros (as). Lo que no hay que olvidar es que las luchas feministas no son siempre iguales, y que cada una defiende vidas que muy probablemente no entendemos porque no estamos en sus zapatos, en sus situaciones, en sus trazos (como las múltiples líneas en las obras de Pollock), en sus secciones, pero que defendemos por el gusto de ser humanos en el contexto de un mundo cada vez más dividido por muros.

Si llegaste hasta aquí, gracias por leer. Bienvenidos(as)(es)(us)(is) de nuevo.

David Loría.

Ciudad de México a 27 de enero de 2017.

Algo de bibliografía:

  • Carbonell Neus y Meri Torras. Feminismos literarios. Madrid, Arco Libros, 1999.
  • Haraway, Donna. Ciencia, ciborgs y mujeres. Valencia, Cátedra, 1995.
  • Mouffe, Chantal. El retorno de lo político…  Buenos Aires, Paidós, 1999.
  • Platero, Raquel (Lucas). Intersecciones…Barcelona, Edicions Bellaterra, 2012.
  • Solá Miriam y Elena-Urko. Transfeminismos… Tafalla, Txalaparta, 2013.
  • Torras Francés, Meri (ed.). Cuerpo e identidad… UAB, 2007
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Un pensamiento en “¿Feminismo? ¡Ya basta!

  1. Me encantó tu artículo. Me gusta tu claridad y concreción, raras avis, sobre todo, Unidas en el mismo texto.

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