Crónicas viajeras: De la desesperación a la emoción II

Para comprender esta segunda parte del capítulo será necesario que lean la primera.

https://elefanteenlasalablog.com/2016/10/31/cronicas-viajeras-de-la-desesperacion-a-la-emocion-i/

Fui la primera persona en leer  y responder aquella publicación.

Vincent era aun universitario y con la corta edad de veinte años ya tenía un buen trabajo en Axa y vivía solo en un buen departamento en las afueras de París. Durante mucho tiempo había escuchado sobre CouchSurfing pero nunca se había animado a ser miembro de la comunidad, sin embargo, para mi buena suerte, ese nueve de julio se unió al grupo y su bienvenida sería recibir a dos personas en su departamento.

En ese momento y por segunda vez en mi día (la primera fue cuando la señora decidió por fin ayudarme) tenía suerte.

Inmediatamente después de haber leído aquel mensaje de Vincent, le escribí una solicitud de hospedaje por que debo admitir que, a pesar de que la señora había cambiado su actitud a una totalmente agradable y servicial, me costaba trabajo confiar en ella por el mal trato al conocerla. La respuesta del nuevo miembro fue casi inmediata. Después de un largo día ya tenía un hospedaje seguro. Me envío las indicaciones de cómo llegar a su casa, su domicilio se encontraba en la última estación de una de las muchas líneas del metro.

Le comenté a la señora que ya había conseguido hospedaje. Y me preguntó que cómo era posible que vaya a hospedarme con una persona que no conocía. Es difícil explicarle a una persona de avanzada edad (o a cualquier persona que no ha viajado en un plan mochilero) que esa era la mera esencia de CS: un intercambio cultural con personas locales del lugar que visitas, sean conocidos o no. Pero era más complicado explicarle a ella que incluso hospedándome con ella me encontraba en la misma situación: a ella tampoco la conocía. Al final del día todo recaía en la confianza.

No le agradó la decisión, parecía en ese momento que no quería despegarse de mi, no quería dejarme ir.

Se ofreció a llevarme hasta el departamento. La línea de metro de París es de las más largas del mundo, para llegar a dos puntos extremos puede haber una hora y media tiempo en el metro. El departamento de Vincent se encontraba en la última parada de una de las líneas del metro, por lo que sí tardaría casi una hora en llegar. Aun así insistió en acompañarme durante todo el transcurso. Nos dirigimos a la estación, pagó mi boleto del metro (probablemente el único boleto de metro que “pagué “ en dos meses viajando). Nos sentamos juntos y mi cuerpo recordó el largo y estresante día que había tenido. Dormí profundamente todo el recorrido, pero de alguna forma me sentía bien cuidado.

Llegamos al destino y ya me esperaban. Era hora de terminar una insólita relación. Podía sentir que no quería despedirse, no quería irse de ahí. Me preguntó una vez más si no había cambiado de opinión y no quería irme con ella, pero en ese momento ya no sentía desconfianza, sino todo lo contrario, de alguna extraña forma tenía un sentimiento familiar, me sentí acompañado, protegido y bien cuidado. Alguien estaba muy pendiente de mí incluso en un país lejano. Antes de irse me dejó sus datos, su nombre, teléfono, dirección, el número de su hermano y su código postal. Apunté todo en una libreta que semanas después, en un inesperado regreso a París, perdí. La postal nunca le llegó. Fue una rara pero emotiva despedida, me abrazó y se marchó.

Junto con Vincent estaba Mike Yarbrough. Un gringo de Chicago de veintiún que tenía el trabajo más perfecto del mundo. The Huffington Post le había ofrecido siete mil dólares para que viaje durante tres meses en todo Europa para hacer un reportaje sobre cómo es viajar como mochilero después de Highschool, la única condición era que solo podía hospedarse con miembros de CS. El fue la segunda persona en responder el comentario de Vincent cuando dijo que aceptaría dos personas en su departamento.

Nos instalamos en el departamento y la primera invitación de nuestro anfitrión era encontrarnos con otra viajera que no había alcanzado cupo en el departamento (que al final si encontró) e ir todos juntos al río Sena a tomar vino, como buen parisino.

El día había cambiado por completo. De la desesperación de ser homeless un par de horas a la emoción de pasar la primera noche del viaje de mi vida tomando vino con buenas personas de todas partes del mundo sentados sobre el césped del Campo Marte con vista a la Torre Eiffel.

En el buen ambiente de las copas, conocería a un grupo de mexicanos que, después de una pelea, marcarían parte de mi viaje y que el destino nos volvería a reencontrar en otra situación y otro país.

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