JEFE BUENO – JEFE MALO

Siempre he considerado el buen trato al prójimo como un requisito vital para convivir tranquilamente dentro de una sociedad, aplicando esto en todos los ámbitos del hombre, ya sea oficina, escuela, familia o amigos.

Razón por la cual la frase “trata a los demás, como quieras que te traten”  funge como regla básica en la educación de los niños: si no quieres que te peguen, tú no pegues. Si no quieres que te griten, tú no les grites, claro, como niño en pleno crecimiento donde sus necesidades van solo desde un “tengo hambre, quiero hacer popo y dame mi juguete”. Posiblemente (sin necesidad a menospreciar a los niños) su contexto sea fácil de calificar y englobar en blanco y negro. Sin embargo, en un ambiente más complejo, ser adulto, a veces no es tan sencillo aplicar el “trata para que te traten”. Aquí podría agregar el “trata para que te traten pero no te confíes ya que intenciones no sabemos”, así que prácticamente tú podrías ser alguien muy amable de buen corazón pero la otra persona por dentro solo quiere verte fracasar y  simplemente está siento políticamente educado. El punto es que, uno nunca sabe.

A lo que voy con esto. A lo largo de mi vida he desempeñado varios papeles que implican cierto tipo de “liderazgo” por así decirlo: catequista, maestra, encargada de compras, coordinadora y ahora algo así como pseudo “jefa”, cosa que en lo personal siempre odié. No me gusta regañar, no me gusta castigar, no me gusta reprobar, siempre justifico a las personas, siempre busco llevarme bien con ellas, prácticamente ser alguien agradable. Cosa que honestamente nunca me había causado problemas,  todo el mundo me lo agradece. Por lo que desarrollé esta creencia de que el buen trato siempre será mejor para todo y para todos: alumnos felices, empleados felices, clientes felices, todos felices.

Hasta que un día te das cuenta que no puedes ser siempre la maestra barco, no puedes ser siempre el jefe amigo, desgraciadamente en este mundo adulto las personas necesitan límites, porque quedas expuesto al “entregas las manos y te jalan los pies”.

No puedes ser considerado con todo el mundo, tiene que haber consecuencias si algo se hizo mal después de haberlo corregido varias veces, a veces tienes que imponer o estar seguro de algo que dices porque al menor momento te comen y corres el riesgo de que ocurra algo peor: los que realmente se esforzaban, al no ver alguna diferencia terminan cayendo en la mediocridad de los demás. “Si todos llegan tarde y no les dicen nada, ¿por qué sigo llegando temprano?”. Entonces en lugar de mejorar, las personas de tu alrededor empeoran.

Es cuando viene a nuestra mente la típica maestra estricta contra la buena onda. Como odiábamos a la primera y como amábamos a la segunda, sin embargo, cuántos años después nos venimos a dar cuenta que esas reglas y esa presión que sometía en nosotros eran con el único objetivo de obligarte a ser mejor.

El día de hoy, debido a una situación laboral, aprendí algo muy valioso: no se trata de ser buena onda, ni de ser un dictador, se trata de ser alguien justo, que valore el trabajo de los demás, que los motive a ser mejores, que regañe cuando haya algo que corregir y muy importarte (aunque se quejen) a obligarlos a esforzarse, porque aunque te digan “es mucho trabajo, imposible terminar para esta semana” al final te amarán porque fueron capaces de lograr algo que no creían que podrían. 

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