Tiempos jóvenes

No había tenido oportunidad de verla y me sentía culpable. Su voz timbrada se alzó entre la vegetación de su jardín y se olvidaron los pendientes, las preocupaciones… Solamente su persona era reconfortante.

Y lo sabía. La gente la había mal acostumbrado a que su vida girara en torno a ella y eso la hacía sentir cierta responsabilidad  sobre sí misma. Desde su forma de vestir, el tamaño de su sonrisa y los tópicos de una conversación. Todo mantenía bajo control.

¿Todo?

Se le olvidaba la tranquilidad de su mente y la reflexión de sus propios actos en el vaivén de todos los días, no podía parar ni un segundo ni quería. Cada momento contaba y debía ser invertido.

Se repetía la cantaleta porque era más fácil convencerse y huir del qué, dónde y quién que anhelaba. Vivir para todos resultaba más sencillo que detenerse  a suspirar por aquello que no debía.

Mis tiempos, mis tiempos… Me lo repetía como lamento a sabiendas de la excusa que era. No era la época, era lo que ella creía y quería que le impusiera.

Si tuviera tu edad, me levantaría a las 11 de la mañana, me comería todos los pasteles del mundo y me iría un día a un lugar que nadie conozca… A los 20 creía que tenía todo el tiempo para disfrutar después y  a los 30 años pensaba verdaderamente que los 40 sería mi plenitud, cuando me di cuenta de 50 había pasado a 60 y  puedo disfrutar pero no con la misma intensidad, las mismas piernas, irresponsabilidad…

Los tiempos jóvenes no son para ser prudentes, apréndelo muy bien.

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