Revolución

Para AnnaLaura, Regina, Guillermo, Gustavo, Patricia y Carlos. Y también para Tere, por su generosidad y por regalarme la primera idea para escribir este texto.

“And I think that’s what our world is desperately in need of – lovers, people who are building deep, genuine relationships with fellow strugglers along the way, and who actually know the faces of the people behind the issues they are concerned about.”
― Shane Claiborne, The Irresistible Revolution: Living as an Ordinary Radical

Hace poco más de un siglo, en contra del gobierno dictatorial y elitista de Díaz, se gestó la que hoy conocemos como Revolución Mexicana. A pesar de que a las más de tres décadas del porfiriato se les considera como épocas de prosperidad para el país, el aclamado “progreso” sólo llegó para unos cuantos. En oposición a la dictadura, con más de la mitad del país sumido en la miseria, lucharon tantos personajes a los que hoy escribimos con mayúscula y anotamos en los exámenes de Historia.

Algunos argumentan, con base en la situación que continuó (y continúa) enmarcando el contexto nacional, que la revolución mexicana fue un fracaso. Que más que una revolución, fue la evolución del mismo individualismo, la misma corrupción y el mismo sistema. Que las tierras no son de quien las trabaja, sino de quienes los explota; que cada vez hay más clases altas-altas y bajas-bajas. En México tuvimos que esperar 90 años para que sucediera la alternancia de un partido político en el gobierno, y luego regresar a la misma gata revolcada, sin que los dos sexenios del PAN fueran realmente acontecimientos de cambio. Hoy en día, son el crimen, la publiarquía (el dominio de los medios y la publicidad) y el absurdo los verdaderos gobernantes de este país. Y ello hablando únicamente de nuestro México, pero ¿qué pasa con otros contextos y con otras luchas que se han abanderado con la palabra que aquí nos convoca?

¿Qué nos queda cuando hablamos de revolución? ¿Qué nos queda al intentar hacer de lado el contenido patriótico y pensar en los cambios que nos tocan, en el contexto de un país tan dolido, tan apático, en un 2016 lleno de pérdidas y malas noticias? La semana pasada, algunas personas me hicieron llegar, cada uno desde sus luchas, el significado que esta palabra tiene para ellxs. Entre mis reflexiones, están sus palabras, porque las he plagiado como mías, porque no vienen desde un lugar de poder, de autoridad, sino de comunidad. Los resultados fueron muy variados, pero aquí van unos de ellos:

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Está claro que la revolución es adjetivo y verbo, pero yo diría más que es predicado. Es decir acción, impacto, objeto directo e indirecto: para qué revolucionar, para quién revolucionar. [Carlos dice que nos  han convertido en sustantivo histórico. Estático, con inicio y fin, como cuando nombramos de “movimiento” al grupo de personas que revolucionan con el fin de definirlas, designarlas, etiquetarlas]. No hay que hacer sólo actos revolucionarios, sino darles continuidad, protegernos de las llamaradas de petate, de las euforias finitas de los proyectos que nos emocionan, por los cambios que decidimos implementar y las iniciativas a las que nos sumamos. Revolución es, ante todo, un cambio de estructura, un dinamismo, un devenir que nos compete a todos los “YO” que conforman el “nosotros”. 

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Se habla de las pequeñas formas en que los seres humanos de hoy podemos ser revolucionarios: “desde lo ordinario, las acciones sutiles, constantes y firmes”. Decidir por nuestro cuerpo, nuestra subjetividad, nuestra familia y nuestra sexualidad. Decidir por nuestra educación, nuestra información y nuestro lenguaje. Revolución es anteponerse ante el miedo de decidir a quién amar, Revolución es creer en el otro, a pesar de que esta sociedad nos empuje al encierro de la individualidad. Revolución es no ceñirse al “qué dirán”, al “no se puede” o al “mejor me callo”.

Revolución es decir “no” cuando es necesario negarse para no permitir que una serie de injusticias continúe repitiéndose, Revolución es leer el mundo de manera crítica e inconforme. Revolución, para una persona que quiero mucho, es “Que unos chicos de Mérida escriban a diario para ser escuchados y leídos”. Revolución es señalar y juzgar públicamente “la chafa, la contaminación, la violencia, la discriminación, hasta que ése sea el discurso dominante”.

Revolución para mí, debe ser dejar de criticar al que llamo “amigo”; tener la valentía para decir de frente lo que guardo; amar en contra del rencor y el resentimiento; compartir las oportunidades que se me otorgan; construir espacios seguros donde prevalezcan la confianza, la generosidad y la aceptación; seguir escribiendo -y autocriticándome- sobre mis posturas “feministas”; tender puentes, sentarme a dialogar con quienes no piensan como yo, recibir con humildad las oposiciones.

Seamos sinceros, digamos las cosas de frente: la verdadera revolución, la más contundente, la más poderosa, la más revolucionaria, es la más simple: dejar de chingarnos entre todos. Que la persona que está al lado tuyo no sufra, que no se sienta menos. Que la persona que te rodea, tu más próximo, disfrute de la misma alegría de vivir que tú. Que, como dice Shane Clairborne, construyamos relaciones profundas y sólidas, basadas en el amor -o como le queramos llamar-, pero que no dejemos de estar al tanto de lo que acontece y de quiénes mueven los hilos de lo jodido que está el mundo.

Así sí, que viva la revolución y siga cambiando el mundo. 

Ciudad de México a 18 de noviembre 2016

David Loría (a mi lado, les mandan saludos Fersita Ruz y Gallo Molina)

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