Decir “Yo” en tiempos feroces

Para los familiares y amigos de Rafael Aristi Gasque. Porque, entre la discusión sobre si su triste partida fue o no un crimen de odio, se nos va el duelo entre dimes, diretes y acusaciones que únicamente revelan la ineptitud del Estado protector, la homofobia de la prensa y nuestra poca o nula capacidad para hacer fraternidad con el dolor de los demás.

[Nota aclaratoria: algunos fragmentos del siguiente texto los escribí como una reseña del texto Senses of the subjetc (Los sentidos del sujeto), el libro de ensayos más reciente de Judith Butler, una de las teóricas que más admiro y cito en la tesis. Omito la referencia a cada uno de sus capítulos, pero dejo aquí dos links: para leerlo en INGLÉS o para leer la traducción al ESPAÑOL. Así mismo, muchas de las siguientes reflexiones están basadas en Los muertos indóciles, un libro de ensayos de Cristina Rivera Garza, con cuyos manuscritos pude trabajar en Francia hace unas pocas semanas].

Ante la puerta del palacio de Creonte, Antígona discute con su hermana en la primera escena de la tragedia de Sófocles. Frente a las intenciones de Ismene por disuadirla de hacerse cargo del cadáver deshonrado de su hermano, con base en el edicto del tío que detenta el poder, la protagonista exclama: “Puedes alegar ese pretexto. Yo, por mi parte, iré a levantar el túmulo de mi muy querido hermano”.

Muchos siglos después, en 2010, una mujer mexicana, Luz María Dávila, madre de Marcos y José Luis, dos víctimas de la masacre de Villas de Salvárcar, se presenta ante el presidente Felipe Calderón en Ciudad Juárez y, haciéndose con el micrófono le dice: “Yo no le puedo dar la bienvenida. Usted no es bienvenido, nadie lo es”, palabras que Cristina Rivera Garza inmortaliza en su poema “La reclamante” compilado en Dolerse. Textos desde un país herido.

Dos mujeres que dicen, en distintos contextos y espacios narrativos, “yo”

¿Están Luz María y Antígona hablando del mismo “yo” que se duele, que reclama, que no da la bienvenida ni obedece el edicto del poder? 

Indaguemos un poco en el mecanismo discursivo que se produce para que podamos decir, en un proceso aparentemente sencillo, “yo”. Cuando alguien dice “yo”, cuando hace uso del “pro-nombre”, ¿está hablando exactamente de sí mismo? La primera persona del singular, que gramaticalmente constituye la capacidad lingüística de autorreferencialidad, es utilizada por el sujeto para hacer alusión a un estado anterior, donde se ha llevado a cabo la afección a la que éste alude. En otras (y más sencillas palabras): Cuando digo “Yo me equivoqué”, realmente el que se equivocó no fue “yo”, sino un “mí” anterior al que puedo hacer referencia cuando digo “yo”. Está bien, no es TAN sencillo. Además, que seamos capaces de decir “yo” es el resultado de que somos humanos formados por el lenguaje.

Cada vez que un sujeto dice “yo”, está refiriéndose también a todos los que conjugan en ese pronombre, no como si existiera un único “yo”, sino porque el sujeto hablante comprende el proceso reflexivo por el que él-ella y otro-otra se configuran y ello implica un replanteamiento de la responsabilidad colectiva. Quien dice “yo” reconoce la vida del otro y, a su vez, reconoce que es un ser mediado a priori por el lenguaje. Quien dice “yo” se atreve a des-conocerse en esa escisión lingüística de la subjetividad.

Estas reflexiones, aplicadas a las lógicas políticas, culturales, estatales y sociales, deberían producir las condiciones dignas y justas de la vida para cualquier cuerpo. Los otros, que también son “yo”, quedan impresos en mi “yo” mío de mí. Ello consiste en sabernos humanos afectados y afectantes, comprender que el “yo” no es “yo” sin el “ellos”, o sin el “tú”. Y, por supuesto, reparar en el poder lingüístico, afectivo, ético y estético del “nosotros”.

¿Cómo se transformaría nuestra ética contemporánea si nos detuviéramos a pensar un poco en que el dolor, la muerte, el hambre, amor, la fe, el miedo o LA VIDA del “otro”, son también “nuestros”? ¿No es esta experiencia del “yo un atentado en contra de la soberanía del individualismo? 

Si Antígona y Dávila dicen “yo”, ¿no están interpelando al personaje que vive el duelo, que acepta que la pérdida del otro le afectará en su constitución? 

[Nota aclaratoria 2: Escribo lo anterior porque la próxima semana quisiera hablar sobre la revolución. No la que compete a los hechos históricos de hace un siglo en nuestro país, la que se escribe con mayúsculas en los libros de Historia, sino más específicamente la que refiere a ¿qué es lo que puedo hacer, en mi aquí y mi ahora, para generar un acontecimiento positivo en mi contexto? ¿Qué entiendes tú por revolución?]

Ciudad de México, 11-12 de Noviembre 2016

David Loría.

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