Frente al cuadro

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En la escena número uno, David se encuentra en París: es el día de visitar el Louvre.

Ha quedado con Erica, pero llega un poco tarde y la fila, aun para los que ya tienen boleto (porque los nervios de David hicieron que se anticipara), es larguísima. Estresado y a regañadientes, David se forma y llega a encontrar a Erica, tras dar vueltas intentanto obtener el wifi gratuito, frente a la Venus de Milo. El único mensaje que logra entrar de Erica ha sido: Venus. David corre, se pierde entre las esfinges egipcias, pasa por unas salas de utensilios griegos y luego baja a un foso medieval. Luego, sensatamente, pide un mapa. Se pelea con el mapa, pide instrucciones a un guapísimo. Sube una escalera, gira a la izquierda, atraviesa una, dos, tres salas y: tarán, la Venus rodeada por tantos turistas que hasta podría decirse que ellos le han robado el brazo como souvenir. Pero eso no es lo importante de la escena uno, sino el encuentro con la Monalisa, un pequeño cuadro dispuesto por la museografía para sonreirte desde lejos y atraparte enseguida. Lo que sorprende a David, aunque ya lo imaginaba, es el amontonamiento de la gente frente al pequeño cuadro, como si la mujer pintada fuera, en cualquier momento, a eructar, estornudar, cantar o hacer una declaración en una conferencia de prensa.

En la escena número dos, David se encuentra en Madrid, a las puertas del museo Reina Sofía. Es un jueves por la noche y esta vez va a prisa porque, entre las 19 y las 21 horas, la entrada es gratuita y, claro, se le han acabado los euros. Hace unos minutos, mientras caminaba por las calles laberínticas de la ciudad, en donde un barrio es tan cercano pero tan diferente al otro, recordaba sus clases de Historia Universal. En 2013 y en 2014 impartió la materia para alumnos de primero de prepa. David sonreía, pues realmente atesora esos momentos. En las clases que más disfrutaba dar, las de la dictadura española, aparecía una imagen con la que esta noche, en esta escena, tenía una cita. Es poco lo que David recuerda de los otros cuadros que están en el museo, pues agotó su tiempo frente al Guernica, de Picasso. La escena ha cambiado: ahora David está inmóvil, sorprendido, contiene el aliento: el cuadro es más doloroso de lo que imaginaba. No es bello, no es lindo. Es puro dolor. El blanco, el negro y todos sus grises. La multiplicidad cubista empalma con la fragmentación de los cuerpos que corren del incendio. Los ojos no pueden más que llorar.

De regreso a la primera escena, David se pregunta: ¿Cómo era visitar un museo antes de tener teléfonos celulares con cámara? Es verdad que las personas sentimos la necesitad de atesorar y presumir los momentos vividos, y más cuando estamos frente a un destino , artista u obra acreditada por el canon. Queremos, incluso, salir en la foto para que la gente no vaya a creer que tomamos la imagen de google y le pusimos el filtro Amaro o el Clarendon.

Ahora volvamos a la segunda escena: David finge no estar llorando porque una mujer lo mira con ternura y él siente vergüenza. David procede a continuar su recorrido, no sin antes sacar el celular de su bolsillo y querer tomar una foto del enorme Guernica. Recuerda que, en sus diapositivas, la pintura ocupaba toda la pantalla, pero la magnitud de la realidad sobrepasa cualquier escala o dimensión comunicativa. Antes de oprimir el botón para hacer la foto, otra mujer, esta uniformada, corre hacia él y dice –en un inglés muy malo–: “¡no pichurs!”. Un poco decepcionado, David procede a atesorar el momento contando únicamente con su mirada. Una noche después, cenando con Mario, este le dice: “cuando era pequeño, yo veía el Guernica en casa de mis abuelos, una pequeña copia. Me daban un poco de miedo las figuras, eran feas, sobre todo el caballo y el toro. Luego, al crecer y tener conciencia histórica, esas imágenes vacías se llenaron de significado”.

Casi todas las veces, al estar frente a la obra de arte, participamos en una paradoja. Si miramos con atención, toda imagen es la posibilidad de pensar un problema: entre mi tiempo y el de la obra, entre mi contexto y el suyo, entre mis colores, mis sombras, mis sonidos y los suyos. La obra nos afecta en mayor o menor grado, nos conduce a la afección. Indescriptible, irrepresentable, la afección es un regalo, un tesoro que se produce en ese encuentro. A veces puede producir tristeza, antojo, alegría, placer. Pero otras, produce lo que no tiene nombre y es mejor que no lo tenga para así volver a encontrarlo. A veces las afecciones se pierden al nombrarse: se fijan, se mueren como los bodegones.

Me llama la atención cómo la prohibición de las fotografías nos plantea un reto interesante: si ya no puedo apropiarme del momento, y llevar la imagen entre mis gigabytes de bolsillo, necesito otro medio para tener un recuerdo de ese momento, llamémosle otra forma de “aprehender” la obra. Entonces no nos queda más que poner el cuerpo, poner-se, pero ¿cómo poner el cuerpo si no puedo tocar, oler o probar la obra sin ir a la cárcel? Nos quedan la mirada y sus formas.

La mirada es siempre un espejo. Lo que vemos, nos mira. No lo digo yo sino muchos pensadores que han escrito sobre filosofía del arte y estética como Georges Didi-Huberman o Gilles Deleuze. Lo que miramos nos devuelve una imagen de nosotros. Lo que vemos, nos mira y debemos ser capaces de mirarnos mientras miramos el cuadro.

Lo que toca al cuerpo, lo que lo quiebra, lo que lo hace temblar, lo que exprime el ojo, lo que despierta el deseo, lo que enoja o lo que grita adentro de nosotros. Muchas veces el arte, pocas veces las palabras suficientes.

Yo sí que he temblado y he reído mucho.

Regalos de la vida que no puedo sino compartir. Estas imágenes, en forma de palabras, no son mías. El viaje apenas comienza.

Madrid, (aquí ya es sábado), octubre 2016.

David Loría.

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