Crónicas viajeras: Caminar para dormir

No era mi primera vez en Francia.

Dos años atrás, en el 2009 había ido por primera vez. No fue la ciudad que más me agradó en aquel viaje por que conocí un París bastante desordenado y sucio. Pero en esta ocasión conocería la capital de una forma totalmente diferente, con otra cara y sobre todo, viajando solo.

La primera vez que fui me había hospedado en un hostal bastante económico que se encontraba en frente de una parada de metro que estaba en medio de un mercado de inmigrantes. En aquel mercado, que se veía bastante desordenado, había personas que por su físico parecían provenientes de varios países asiáticos y africanos y trabajaban las 24 horas del día. No era la mejor zona y eso justificaba el precio del hostal. En ese viaje había estado 5 días en París por lo que recordaba las vialidades más importantes, prácticamente la línea uno del metro.

Eran las primeras horas de la mañana y la plaza de St. Michelle estaba rodeada de turistas caminando a todas las direcciones posibles. Cámaras, mapas, gorras y pasos de prisa abundaban en las calles pero la emoción de estar en París era lo que más resaltaba en el rostro de todos. Yo también sentía esa emoción, pero antes de poder disfrutar de la ciudad tendría que encontrar un lugar donde dormir. Parte de ser mochilero es arriesgarse y dejarse llevar con el viaje, esa es la parte emocionante y aventurera, pero también hay que admitir que viajar sin un itinerario y sin planes también ocupa mucho tiempo, ya que utilizas aquel que podrías utilizar para visitar lugares, en buscar hospedaje. Y meramente esa era mi situación en aquel momento.

Mi buzón de Couchsurfing (CS) estaba vacío. Ninguna propuesta para hospedarme. Tenía pila suficiente y WiFi para seguir enviando solicitudes durante unos minutos más y así fue hasta que el hambre me interrumpió. Además de las plazas públicas, McDonalds tenía el mejor WiFi, ya se imaginan la cantidad de personas que ahí estaban. Compré la primera de muchísimas Cheeseburgers que comería en ese viaje. La pila del iPod se acababa mientras comía y con cada canción de Coldplay que escuchaba y para mi mala suerte, no había conectores en dicho lugar.

Al no encontrar amparo en CS, opté por buscar un cuarto para rentar pero las páginas de hoteles y hostales me decían que todo París estaba repleto de turistas, no había cuartos en ningún solo lugar, pero siempre he sido testarudo y no confiaba en lo que me decía el internet. No quería perder más tiempo y decidí empezar a caminar por las calles parisinas para encontrar alojamiento, todo eso alrededor de las diez de la mañana.

Algunas calles me parecían familiares, otra eran totalmente nuevas para mi. Había conseguido un mapa de la ciudad con el cual me ayudaba para poder ubicarme y mientras, caminaba y preguntaba. Caminaba y preguntaba de nuevo. Pero por cada puerta nueva que tocaba y con cada pregunta que hacía la gente me confirmaba lo que el internet me decía: todo estaba lleno.

Busqué en internet sobre hostales y posadas. Pensé que sería más fácil llamar y preguntar que caminar todo el día. Compré mi tarjeta telefónica e intenté hacer llamadas a los alojamientos posibles, pero el teléfono público nunca reconoció mi tarjeta y no solo eso, nadie tenía la intención de ayudarme a marcar a esos números por más que pidiese ayuda. El número era incorrecto o no existía. Sentía que había desperdiciado mi dinero en ese momento.

El sol y la falta de sombra me recordó que ya había pasado el medio día y aun no había empezado a disfrutarlo por no tener hospedaje. Me puse nervioso y sujeté mi mochila lo más fuerte posible para distribuir el peso en mi cuerpo y empezar nuevamente la caminata. Llevaba un rato caminando pero tenía que continuar.

Caminé por horas y horas y seguía preguntando. El día de la Bastilla me había dejado desamparado. Después de caminar toda la tarde mi pila, y la de mi iPod se acababa poco a poco. Llegué a todos los hostales que el mapa marcaba, llegué incluso a aquel mercado de inmigrantes donde había dormido dos años atrás, pero en esta ocasión no había lugar para mi. Seguí caminando. Ya no sentía lo pesado de la mochila.

Le faltaba un par de minutos a mi iPod para que se apagase cuando encontré otro McDonalds. Después de un buen bronceado por la caminata era momento de descansar y cargar lo más preciado que tenía aquel entonces, mi único medio de comunicación. Mi buzón de entrada seguía vacío, y mis solicitudes ya invadían a muchísimos de los locales de la comunidad CS en la capital.

Por un momento sentí tan solo un poco del estrés que había vivido para llegar a Francia.

Ya era la tarde, alrededor de las cuatro si la memoria no me falla, había caminado por horas con todo y mochila hasta antes de entrar a McDonalds. Más que hambre, debía cargar mi iPod por si alguien me contestaba. En todo el local solo existían dos conectores ubicados en la misma placa de los cuales solo uno funcionaba. Me senté, lo cargué y no habían pasado más de diez minutos ahí cuando una señora se me acercó.

Una señora de la tercera edad, pelo canoso, pequeña y supongo que, por razones de edad, ya empezaba a encorvarse. A pesar del calor de verano llevaba puesto un suéter negro y muy mala actitud. Se acercó con un tono molesto y empezó a hablarme en francés. Mi francés era pobre y no lograba entenderla pero definitivamente estaba molesta. Le pedí que me hablase en español, inglés o alemán, creo que eso la molestó aun más. Hasta que con un inglés, al mismo nivel que mi francés, me dijo que me fuera porque yo estaba utilizando el único enchufe del lugar, que era de ella, porque ella iba todos los días ahí para usar su computadora. Mi intención no era pelear, así que le dije que si aunque tendría que esperar un poco más para que yo también cargase lo mío. Aun más molesta me insistió en que me retirara del lugar, con un tono que todos en el lugar habían escuchado. Yo me molesté, pero era una persona mayor.

Desconecté mi iPod. Me senté junto a ella y vi como lentamente sacaba una antigua laptop para cargarla. Ignoraba exactamente qué hacía pero mientras ella terminaba yo seguía enviando solicitudes a la gente de CS por el tiempo que mi pila aguantara.

Después de un buen rato me di cuenta que la intención de esa señora era quedarse por mucho tiempo. Ella me vio desesperado. Y me preguntó qué estaba haciendo.

Le expliqué que había llegado apenas ese día a su ciudad, que me la había pasado horas caminando y no había encontrado dónde dormir. Le dije que tenía 19 años, era mexicano pero que en ese momento vivía y trabajaba en Canadá.

Cuando escuchó aquello. Su mirada y actitud se transformaron por completo.

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