Deja las manos, déjate ser

Desde que tengo uso de la razón, muevo las manos al hablar.

Quien me conoce por primera vez apunta a la inquietud de mis expresiones. Han causado desde risa y curiosidad hasta ternura.

Sea como sea, a mí me parece de lo más normal y ciertamente, necesario. Mi lengua no para si mis manos están dispuestas a bailar a su ritmo, caprichosa como su dueña.

La casualidad me encontró con dos conocidos que el día de hoy apuntaron a mi usual expresividad: “¡Es que casi nadie lo hace!”.

Tiempo atrás y tras varios comentarios había intentado dejar de hacerlo, pero como buen vicio, jamás lo logré. Aun así, no pude evitar disculparme. Uno nunca sabe, puede resultar un tanto agresivo/intenso para algunos -pensé.

Pero este elefante no se trata de mis manos y su carrera eterna y perdida contra la liebre de mi lengua, se trata de nuestra actitud frente a los demás.

En efecto, todos los días nos levantamos y no pensamos cómo diremos buenos días, qué cara tendremos frente a la computadora o cuál tema trataremos a lo largo del día… Es decir, hay ocasiones especiales y específicas para las cuales nos preparamos pero no vamos por la vida y sus días planeando lo que diremos y haremos de manera casual. ¿No?

Últimamente me he visto envuelta en una burbuja donde no se planea pero ya está predispuesto el tema, las personas, los ‘argumentos’ y ‘contraargumentos’. Nadie quiere nada ni nadie nuevo.

Me quedo observando y me siento detrás del cristal del centro de interrogatorio que aparece en toda las series policíacas: Todos hablan, todos van, todo desde el mismo punto y al mismo lugar.

El círculo cada vez se cierra más y con ello queda menos espacio para la diversidad de objetos, ideas, mundos… Si no puede unificarse, ir con la corriente, seguir la línea… Gracias por participar (eres el rival más distinto, adiós).

Sin darnos cuenta, de círculo pasamos a cuadrado y ya nada diverso es permitido, nos apena lo que no es igual ni aprobado por una mayoría al grado de esconderlo, evitarlo y terminar olvidando los rasgos propios tan particulares, nuestras verdaderas preocupaciones y aspiraciones, gustos o aficiones…

Nada ni nadie vale tanto la pena para dejar de ser (o hacer).

Monse.

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