Crónicas viajeras: La odisea europea

Antes de seguir con algunas anécdotas que continúan los tres capítulos anteriores (mis últimas tres publicaciones), si eres mi papá o mi mamá, deja de leer esto porque son aquellas historias que me han dicho que nunca les cuente. De lo contrario, no me regañen y sigan confiando en mí. Jeje.

Dormí todo el vuelo.

Había pasado cuarenta y ocho horas en total estrés y desesperación. El descanso había sido poco pero a los diecinueve años lo mejor que me salía era improvisar planes.

Llegué a Francia, el reloj marcaba las ocho de la mañana en el Aeropuerto Charles de Gaulle. Era mi segunda vez en ese país, la última fue dos años atrás, había viajado con un grupo de amigos de cuyo viaje aprendí, que a pesar de que quiero mucho a mis amigos, me gusta más viajar con muy pocas personas, o completamente solo, como lo hacía en ese momento. A pesar de ser la segunda vez en Francia, era la primera vez que pasaba por migración, porque en la primera había ido en tren y jamás revisaron pasaportes. Esta vez, era imposible eludir la migración.

En toda la planeación que hice para hacer ese viaje, que en verdad fue casi nula, nunca me tomé la molestia de investigar si necesitaba visa para entrar a la Unión Europea. Había escuchado en muchas ocasiones que no era necesario, por lo que fui muy confiado.

Viajaba solo, tenía 19 años, un mexicano que llegaba de Canadá con un boleto de avión que regresaría dos meses después, me veía cansado y estaba pasando por una etapa hippie, por lo que mi ropa me quedaba ancha (porque aunque no lo crean también estaba flaco) y era muy sencilla, cargaba únicamente una mochila de color gris oscuro de esas especiales para hacer largos viajes que pesaba alrededor de dieciséis kilos, ocupaba toda mi espalda, nuca y cabeza y cuyos broches de seguridad amarraban mis hombros, pecho y abdomen (SÍ, ABDOMEN, NO PANZA) para poder distribuir mejor el peso y hacer el viaje más llevadero y por último, una mochila de mano, donde guardaba mis navaja, que al mismo tiempo eran mis cubiertos para comer, mi cámara y todo las demás, cosas básicas que servirían para sobrevivir un día normal de mochilero.

Llegó mi turno para ser entrevistado por el agente de migración. Cuando me vio, no le causé la mejor impresión y desgraciadamente para muchos países desarrollados, el pasaporte de México no es la mejor carta de presentación y mucho menos era mi aspecto en ese momento. Tomó mi pasaporte y me preguntó: ‘’¿Y tu visa?”

Por que Murphy dice que si las cosas salen mal, pueden salir peor. Francia me quería dar una terrible bienvenida. Le dije al de migración que no necesitaba visa porque era mexicano, pero él insistía en que sí era necesario y no me dejaría pasar. Discutimos algunos minutos y mi infundada seguridad le causó duda, por lo que decidió ir a preguntarle a sus superiores. Tardó diez minutos en regresar, y en esos diez minutos me vi tomando un vuelo de regreso a Canadá y veía mi viaje frustrado, no me constaba en verdad que la visa no fuera necesaria para mí. Llegó y dijo las palabras que quería escuchar, había sido su culpa y estaba equivocado, sin embargo, la discusión nos había dejado con la cabeza caliente y comenzó a cuestionarme de todo para ver de qué lado flaqueaba y no me dejara pasar, su principal punto fue el tema económico. Yo llevaba lo suficiente para morirme de hambre en el viaje y en su gran mayoría era efectivo que distribuía por todos lados en mi mochila y en mi ropa por si me llegaran a asaltar. Me preguntó si traía alguna tarjeta de crédito. No tenía ninguna, pero si tenía varias tarjetas de débito que no especificaban si eran crédito o débito. Me hice al ofendido cuando preguntaba sobre el tema económico y le mostré varias de esas tarjetas. Se la había creído. No le quedaba más remedio que dejarme pasar porque al parecer… me sobraban las tarjetas de crédito.

Salí del aeropuerto caminando en la misma dirección en la que todos iban y me condujeron a una estación de tren. No tenía idea de a dónde llevaba aquel tren pero el instinto me indicaba que se dirigía a París, así que lo tomé. Tampoco sabía dónde me bajaría, en verdad no sabía nada, no sabía dónde dormiría, qué haría, a dónde iría, solo me dejé llevar por la inercia. Hasta que en un momento, entre el pobre francés que hablaba y entendía, escuche “St. Michelle”, ese nombre se me hizo muy familiar e impulsivamente me bajé del tren.

Salí por aquél típico arco de metro parisino de estilo gótico y topé con una plaza que tenía una fuente muy famosa. Ya había estado ahí dos años antes y recordé que era un lugar muy bien ubicado, pero mi principal razón para quedarme ahí fue que había WiFi.

Mi único medio de comunicación con el mundo era un iPod generación 2 que mi hermana me había regalado para “estar comunicado” en el viaje y que solo contenía canciones de Coldplay y de Zoé Unplugged. Ese iPod sería un buen acompañante y fiel amigo en todo el viaje. Lo conecté al WiFi para checar mi cuenta de Cochsurfing.

Previamente a ese viaje, Ralf, mi hermano finlandés, me había introducido al mundo de Couchsurfing. Una red social para viajeros que consiste en conectarte con más gente viajera que adopta y hospeda viajeros gratis o sale con viajeros para compartir su cultura y su ciudad. Mi presupuesto me alcanzaba para vivir y dormir de Couchsurfing durante la gran mayoría del viaje. París tenía la mayor comunidad de locales que hospedaban viajeros en todo el mundo y previamente había enviado muchas solicitudes a varias personas para que me adoptaran, pero había olvidado un gran detalle. Era el 11 de julio y faltaban 3 días para el Día de la Bastilla, el día nacional de París por lo que evidentemente muchos locales ya habían hospedado viajeros y los hostales estaban al tope.

Mi misión en el primer día del largo viaje era: Buscar un lugar donde dormir en una ciudad de doce millones de personas y un millón de turistas.

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Un pensamiento en “Crónicas viajeras: La odisea europea

  1. Te comento que no lo leí, porque sé que hará daño leerlo. Espero que pronto termines este capítulo y en tu siguiente viaje que será a machupichu yo te acompañaré. Besos hijo, te quiero mucho.

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