Diario de Viaje: 1

No puedo creer lo mucho que me gustó Madrid. Además, estar en una ciudad que es tan importante para personas que amo, le daba un aura aún mejor.

Desde que salí del subterráneo, luego de un vuelo muy cansado (el avión iba lleno de españoles que todavía olían al bloqueador de la Riviera Maya) me pareció una ciudad muy amigable y acogedora. El sol se refleja sobre el suelo de sus callejones y en los ladrillos de sus altos edificios y arroja luces color sepia, mostaza o mango. Mientras cae la tarde, el cielo –bellísimo y despejado– se va pintando de rosa, anaranjados y rojos. Aunque hace calor y los madrileños andan en pequeñísimos bermudas (enseñando pierna), las hojas de los árboles anuncian un pronto otoño.

La gente es un poco tosca al principio. Pero tal vez es porque, como mexicanos, llegamos con cara de ardilla asustada. Pero luego son amables, “majos”, desvergonzados, llevaderos. Pero eso sí: son guapísimos. Los hombres más que las mujeres (no me dejen mentir). Hay algo en sus miradas, sus barbas bien recortadas, su piel apiñonada o sus nalgas que no es posible dejar de observar. Me enamoré, fácil, unas veinte veces en seis horas. Del sobrecargo del avión, del que me sirvió la primera cerveza del viaje, del que pasaba por ahí de la mano de su novio y del policía al que le rogué me indicara cómo encontrar el metro (estaba fácil, había letreritos, pero el coqueteo era necesario).

Estuve ahí sólo la tarde del lunes. La compartí con Casandra, una de las mejores amigas de Paty. Comprobamos que Quito, Mérida y Madrid tienen los mejores (y más rosados) atardeceres del planeta. (No es como que yo tenga demasiados puntos de comparación, pero me vale.) Tomé muchas fotos: todas las esquinas, los edificios constructivistas, los edificios más clásicos, los árboles, las fachadas, pero sobre todo, de nuevo, la luz. Por la noche salimos a tomar unas cañas y a tapear. Madrid es laberíntica, tiene plazuelas en todas partes y cada una con sus respectivos bares de tapas. Se respira olor a jamón ibérico (serrano) y lo amargo de la cerveza de barril. Antes de regresar a mi hostal, probé una bebida de antaño: Vermut. Les recomiendo no tomarla nunca.

El martes comenzó muy bien. Madrid fría pero soleada. Tuve que desayunar rápido en un pequeño café, luego dejar mi hostal y, cansadísimo, (trés fatigué), tomar el metro de Madrid al Aeropuerto, un avión de Madrid a París, un RER de la terminal 3 a la terminal 2 del Aeropuerto, un Tren de París a Poitiers y, por último, caminar sin WiFi, en la noche, por la MÁS laberíntica Poitiers hasta mi hospedaje AirB&B. Lo logré, con muchos “Excusez moi, ¿est-ce que vous parlez l’espagnol?”. Me recibieron Anne-Flore y Romain, preocupados porque tardé en reportarme, pero lindísimas personas. (Tengo la fantasía de que él se parece a Tom Daley, pero tal vez estoy muy loco).

Mi próximo elefante, promete contarles todo de Poitiers. Gissely no me dejará mentir: es como viajar en el tiempo.

Aquí es sábado y son las 3:38 AM,

Poitiers, Francia – 14/15 de octubre 2016

David Loría Araujo.

 

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