Recordatorio a mis elefantes

Eran las 9:00 p.m. de un 26 de abril de 1996: Simplemente no pude esperar unas horas más y ser el regalo de cumpleaños de mi madre; inquieta y desesperada desde el vientre.

El primer recuerdo que tiene mi abuela de mi nacimiento es un ser diminuto lampiño y rosado con el pulgar en la boca…”Esa niña tiene hambre”. La pregunta del millón es ¿de qué?.

Hay que tener hambre de ser y no estar, de no pasar a través sino trascender, de hacer lo que se quiera y disfrutarlo tres veces más de lo que lo deseó.

Llegar a una cima no lo es todo, es el camino, tan largo como incierto, que debemos disfrutar… Como los peces en el agua y su tranquilidad al dejarse llevar por las olas de mar.

A diferencia de los peces, los seres humanos tenemos la capacidad de manejar las riendas de nuestras vidas, de elegir nuestras batallas y horizontes.

Bien se dice que uno quiere lo que no puede ni requiere, pero ello no debe ser considerado una generalidad: Todos los días tenemos el derecho y la obligación de salir a la calle a seguir construyendo nuestros sueños.

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