Crónicas viajeras: Conspiración vs Javo II

Basha era un restaurante de comida libanesa donde yo trabajaba, cuyos dueños eran unos hermanos libaneses que más que jefes, se volvieron grandes amigos míos, ellos eran Mohammed, Suzan y Noor .

Basha fue el segundo trabajo cuando llegué a Canadá, el primero fue trapeando los pisos de un supermercado durante la madrugada, porque cuando necesitas trabajo, cualquiera es bueno, aunque para ser honestos solo duré un día. Al día siguiente me contactaron del restaurante para una entrevista de trabajo. Estaba muy emocionado porque llevaba tres semanas donde literal, tocaba puerta por puerta de todos los negocios del centro de la ciudad solicitando trabajo, hasta que el “Chef” me llamó para entrevistarme para Basha. Era un negocio de tres hermanos que apenas empezaba, el primer negocio familiar, y para serles sinceros, fui a la entrevista y al primer día de prueba, pero al día siguiente no me llamaron para que regresara. Eran tantas mis ganas de no regresar a trapear pisos en el supermercado que decidí yo mismo llamarle al “Chef” para pedirle un oportunidad y me aceptó. A partir de ahí empezó no solo una relación laboral, sino también excelente relación de amistad de la cual algún día hablaré más a fondo.

Al llegar al trabajo por mi último cheque me topé con que Suzan, que era la administradora del negocio, y por ende, la encargada de mi último pago. Aquel día tan estresante y ajetreado Suzan tenía cosas que hacer en Missisauga, que es una ciudad que se encuentra a media hora de Toronto (la distancia es similar a la que hay entre Mérida y Progreso) y junto con ella se encontraba mi último cheque, que en verdad necesitaba para mi siguiente viaje. Al llegar a Basha, Suzan fue avisada de mi llegada y se le pidió que vaya al restaurante a verme, le expliqué mi situación de urgencia lo cual entendió y se dirigió inmediatamente al local. Por supuesto que no había forma de calmar mi desesperación pero tenía que forzarme y apelar a mi paciencia para soportar el paso del tiempo. Llegó Suzan al tiempo esperado, treinta minutos aproximadamente y muy apenada me entregó el último cheque. Y como he mencionado, teníamos un lazo de amistad al cual tuve que restarle relevancia al despedirnos por el que el tiempo aligeraba. Les agradecí y tenía que correr a mi próximo destino: el banco.

15.30: Llegué al lugar que, no importante en qué parte del mundo estés, siempre pondrá a prueba tu paciencia (siempre y cuando nunca vayas a un juzgado): El TDI Canadá, sin embargo entre mi prisa y cuasi desgracia tenía que haber algo de suerte y la fila de las ventanillas era bastante corta. En verdad tardaron menos tiempo de lo que pensé en atenderme, pero al mismo tiempo, la buena suerte de la fila corta se acabó, cuando al entregar mi cheque en la ventanilla del banco me dijeron las peores palabras que podía escuchar en esos momentos:

“El cheque no tiene fondos”

Me pregunté a mi mismo si algo podría salir peor ese día.

Inmediatamente tomé mi teléfono para llamarle a Suzan y decirle lo acontecido. Pero las cosas si podían salir un poco peor: Ya se encontraba otra vez en camino a Missisauga y lo peor, ya casi llegaba a su destino. Al contarle lo que pasó dio la media vuelta al auto y se dirigió de nuevo hacia Toronto.

A esperar otra vez.

16.00: Aún debía cobrar mi dinero, hacer mi maleta, viajar una hora hacia el aeropuerto y tomar el vuelo a las siete de la noche, todo eso en las siguientes tres horas. Minutos después de las cuatro Suzan llegó al restaurante y muy apenada me dio el dinero en efectivo. En esos momentos cualquier centavo era bueno para el viaje, luego les contaré por qué. Me despedí otra vez desesperado y tenía que ir de nuevo al banco, pero esta vez para cambiar mis dinero a euros.

16.20: Llegué al banco y no corrí con la suerte de la fila corta. Pero la desesperación me llevó a actuar. Hablé con el penúltimo en fila sobre mi situación y el vuelo que debía tomar y amablemente me cedió su lugar. Por fin cambié mi dinero para al menos arrancar el viaje con algunos euros. De nuevo corrí hacia el depa de Damian.

17.00: Mi ropa aun estaba húmeda pero no podía darme el lujo de secarla. La doblé lo más rápido posible e intentaba cerrar mi mochila, pero ésta no se dejaba. Ahí aprendí que enrollar tu ropa para “ahorrar espacio” no sirve de nada, por eso les recomiendo, cuando se trata de un mochilazo, únicamente doblar una vez la ropa y meterla semiextendida. Entre la prisa logré meter casi todas mis cosas, con excepción de las tarjetas de memoria de mi cámara y mis adaptadores a mis enchufes europeos. A día siguiente, en mi primer día en Francia, no dejaría de arrepentirme de no haberme fijado en eso.

17.30: Hora y media para despegar. En ese momento se supone que debía estar sentado en la sala de espera y contrariamente me encontraba aun en una esquina del centro pensando en cómo llegar más rápido a aeropuerto. No tenía otra opción más que pagar un taxi. Le agradecí mucho a Damián y levanté la mano para llamar a mi transporte. Pagaría ochenta dólares por ese maldito taxi y gracias a eso comería pan de baguette francesa y té durante dos días. Me subí y le dije al taxista:

“Please, drive as fast as you can!”

18.15: Llegué al aeropuerto. El aeropuerto de Toronto es el más concurrido de todo Canadá. No había veinte personas en la fila del mostrador para realizar su check in, sino había como doscientas personas con la intención de viajar al viejo continente. Tuve que hacer la fila y las manchas de sudor en mi axila junto con mi cara de desesperación, llamaban la atención de toda la gente. Aún debía hacer la fila y buscar en un aeropuerto gigante la sala de donde se abordaría el vuelo. Mientras yo sufría, los pasajeros de mi vuelo comenzaban a abordar.

Alrededor de las seis con treinta minutos mientras me bañaba en mi sudor, escuché en las bocinas del aeropuerto mi nombre. Los nervios aumentaban. Me esperaban para abordar, pero al menos no era el único al que esperaban. Una trabajadora de la aerolínea se acercó a la enorme fila preguntó quiénes eran del vuelo de las siete a parís. La suerte regresaba a mi. Me pasó directo al mostrador para documentar mi maleta, sabía que tenía prisa y se apuró. Al terminar solo me dijo:

“Run!”

Nunca corrí tan rápido en mi vida.

Mientras corría buscaba desesperadamente la sala de donde abordaría.

18.50: “Sir, you are the last one”

No encuentro otra expresión más para describir lo que sentí cuando escuché eso y entregue mi pase de abordaje más que: me cagué. En sentido figurado.

A las seis con cincuenta y cinco minutos, ya estando en mi asiento recordé que mi familia no sabía nada de mi desde que salí de Nueva York. Tomé mi celular y llamé a mis padres, pero como buenos padres no modernos nunca contestaron el celular. Le llamé a mi hermana y al escuchar su voz sentí como la tensión se liberó, me dolió la espalda y sentí el sudor en mis axilas por primera vez, le dije:

“No sabes por todo lo que acabo de pasar, pero ya estoy en el avión a punto de despegar hacia Francia”.

Por eso y mucho más creo que cuando viajas el mundo conspira para que no llegues a tu destino, o mejor dicho te pone a prueba para ver que tan capaz eres de aguantar un largo viaje.

Sentí tranquilidad en el momento en el que me encontraba sobre los rascacielos de Toronto y veía todas sus luces, me despedía de la ciudad en la que trabajé más que nunca para realizar ese viaje.

Me dormí a los diez minutos de haber despegado.

 

No tenía idea de todo lo que me esperaba en mi primer día en Francia.

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Un pensamiento en “Crónicas viajeras: Conspiración vs Javo II

  1. Siempre es grato leer tus cronicas Javo, a pesar de todo, confío en que ese primer día en Francia tuvo más cosas buenas de lo que pudiera imaginar. Saludos amigo.

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